

Cuenta José Bianco que estando en La Habana en 1961,
como jurado de novela del segundo premio convocado
por la Casa de las Américas, coincidió con Ezequiel Martínez
Estrada, jurado de ensayo. Otorgados los premios
fueron invitados a hablar por televisión y allí su compatriota,
ante el asombro de todos, afirmó que los premios
literarios no servían para nada. A Tolstoi nunca le
dieron el Premio Nobel, clamaba. Él, que había recibido
las máximas distinciones en su país, y que justamente
un año antes había ganado el primer premio de ensayo
que otorgara la Casa (no en balde el que se entrega cada
año con carácter honorífico a libros de ensayo, lleva su
nombre), no vacilaba en declarar el efecto nocivo y esterilizante
de los premios. La prueba, argumentaba, era
que después de haber obtenido el premio nacional de letras
había pasado doce años sin escribir. Bianco confiesa
que se sintió en la obligación de responder, quizá porque
estaba presente en el estudio Haydee Santamaría,
de modo que cuando le tocó el turno hizo una defensa
de los premios y le recordó a Martínez Estrada que poco
después de recibir el premio nacional de letras había
publicado esa obra fundamental que es Radiografía de
la pampa. Pero Martínez Estrada, apasionado, no aceptó
sus argumentos.
La anécdota ilustra una pregunta que nunca puede ser resuelta del todo: ¿para qué sirven los premios literarios? Es cierto que ningún galardón convierte a libro alguno o a su autor en mejores o peores de lo que ya son; a lo sumo les dan apoyo y contribuyen a su circulación y reconocimiento. A fin de cuentas la literatura, ya lo sabemos, no es una carrera de caballos. Y sin embargo, los autores confían año tras año en la confrontación con otros y en el juicio de colegas y entendidos. Las decenas de miles de manuscritos concursantes en el Premio Literario Casa de las Américas, los centenares que cada año nos inundan desde que el autor de En Cuba y al servicio de la Revolución cubana pusiera sobre la mesa aquella pregunta, no hacen sino refrendar la pertinencia de premios como este. Cincuenta y seis años de celebración ininterrumpida de este certamen son también un modo de responderla.
La anécdota ilustra una pregunta que nunca puede ser resuelta del todo: ¿para qué sirven los premios literarios? Es cierto que ningún galardón convierte a libro alguno o a su autor en mejores o peores de lo que ya son; a lo sumo les dan apoyo y contribuyen a su circulación y reconocimiento. A fin de cuentas la literatura, ya lo sabemos, no es una carrera de caballos. Y sin embargo, los autores confían año tras año en la confrontación con otros y en el juicio de colegas y entendidos. Las decenas de miles de manuscritos concursantes en el Premio Literario Casa de las Américas, los centenares que cada año nos inundan desde que el autor de En Cuba y al servicio de la Revolución cubana pusiera sobre la mesa aquella pregunta, no hacen sino refrendar la pertinencia de premios como este. Cincuenta y seis años de celebración ininterrumpida de este certamen son también un modo de responderla.


