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William Ospina
2003
  Textos selectos  
 

Los nuevos centros de la esfera
(fragmento)

“Si huyen de mí, yo soy las alas”
4. La poesía del porvenir

“El mundo –escribió algunas vez Bertrand Russell- acaba de ser creado, provisto de una humanidad que recuerda un pasado ilusorio”. Hoy sentimos que el tiempo es hijo de la memoria, que sólo existe para las criaturas que la poseen, y que el resto de la diversa y compleja naturaleza vive en la eternidad, en una suerte de instante perpetuo. Es verdad que hay animales que participan parcialmente de nuestra memoria, por su vecindad biológica con nosotros, por el tamaño de su cerebro o porque hace mucho tiempo han unido su destino al de la especie humana. Pero las especies parecen en general sujetas a esa ley del instinto donde casi no cabe lo individual, programadas para una repetición incesante. El eterno instante sin ayer ni mañana, sin innovación ni nostalgia, en que la abeja cumple su ciclo de libar y espesar su miel y su cera, en que el tigre cae sobre su indistinta gacela, y el árbol entrega su dádiva de fruto y de sombra. Allí cada critura es la especie, no fluye en el tiempo de la transformación y de la individualidad sino en la intemporalidad del instinto: esa idea de nuestro tiempo está bien razonada en Schopenhauer y bien cantada en la “Oda a un ruiseñor” de John Keats.

Para el hombre, en cambio, ese instante que es todo el tiempo se ahonda en dos reinos inasibles e ilustres: uno, donde cabe toda nuestra memoria, y otro donde vuela toda nuestra esperanza. El pasado, podemos decir, es de hierro; el futuro, de cera. Ello significa, no que el pasado sea inmodificable, sino que alterarlo suele ser más difícil; pero también es dócil a las trampas de la memoria y a los halagos de la ilusión. Por ese doble reino legendario llegamos a fundar algunos de nuestros más indiscutibles valores: la voluntad, la libertad. $Cómo creer en la libertad y en la voluntad si no existiera el pasado, la acumulación de nuestras experiencias, si no existiera el futuro, el reino donde podemos ejercerlas? Se dirá que también el presente es un campo de acción donde ejercer la libertad, pero no por inmediato ese futuro deja de serlo. Sólo existe la realidad o la ficción del tiempo cuando podemos hacer cosas inesperadas, y por eso las abejas y las estrellas no están inscritas en esa red maravillosa y terrible del tiempo humano, abierto por igual a la previsión y a la incertidumbre. El tiempo, al que alarga y abrevia caprichosamente nuestra ansiedad, es la sustancia de lo humano, la red misma de nuestros nervios, el tigre y el río que según Borges nos devora y nos arrastra.

Una antigua tradición literaria de Occidente juega a suscitar en el lenguaje todo aquello que fue alguna vez y que ya no es más que memoria: “$Mais oú sont les neiges d’antan?” pregunta insistentemente Villon en su “Balada”. “$Qué se fizo el rey don Juan/ los infantes de Aragón/ que se ficieron?”, pregunta Jorge Manrique, para no tener que preguntar sin tregua: $Qué se ha hecho mi padre, dónde estará mi propia vida, qué río es éste a la vez generoso y despiadado? Todas esas variaciones del viejo ubi sunt latino expresan el modo como nuestra cultura vio siempre en el tiempo un saqueo incesante, a la manera de aquellos versos de Quevedo:

Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido,
falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Pero otra vez en tiempos más recientes la fuga del pasado empezó a ser vista como una dádiva: a medida que el imperfecto ayer huía, el tiempo generoso y próspero vendría a nosotros trayendo los tesoros del porvenir. Casi se hacían verdaderos en nuestra conciencia esos versos de Miguel de Unamuno que sostienen que el tiempo mana del futuro:

Nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial que es el mañana
eterno.

Los futurólogos de la Edad Media eran anunciadores de desastres, porque la mirada que hundía la civilización de Occidente en las entrañas del porvenir estaba demasiado marcada por las promesas de la escatología cristiana, y todo futuro era región de ruinas. $No se oía en sus lejanos desiertos el galope de los portos del Apocalipsis? A partir del Renacimiento, de la irrupción de América, de las sucesivas utopías, de las nuevas atlántidas, de los falansterios y de las migraciones, el futuro empezó a hermosearse, primero como una versión fabulosa de la Tierra Prometida, como los desbordantes graneros de un reino feliz, y después gradualmente como el modificador de nuestra vida, hasta que un día el pasado fuera irreconocible por rústico, por precario y oscuro.

Otra vez la historia era un camino recto hacia mejor, no un laberinto circular que nos dejaba siglo a siglo en el mismo lugar o en uno análogo. Los siglos XVIII y XIX se embriagaron de ese licor bautizado por Voltaire, el optimismo: todo sería óptimo, el futuro nos liberaría de las opresiones seculares, de las enfermedades milenarias, de las supersticiones intemporales. El hombre libre, vigoroso, razonable, haría de esta tierra su cielo.

Ya era un logro notable que el cielo antes prometido en el orbe inasible y perfectísimo de las ideas platónicas volviera a ser concebible en este bajo mundo de nuestros destinos, que el cuerpo dejara de ser excluido en la economía de la redención. Pero la obsesión del paraíso y la tentación de lo absoluto seguían firmes en la conciencia cristiana de Occidente, y los evolucionismos del siglo XIX –los biológicos y los históricos, los antropológicos y los psicológicos-, siguieron estimulando la idea de una suerte de creciente perfección y de creciente beatitud a expensas del pasado. La síntesis de ese optimismo fue la consagración de la palabra modernidad, a la que Baudelaire llenó de trazos audaces y de presentimientos, y en cuyos altares oficiaron por igual rebeldes cerriles como Rimbaud, y enamorados de la tradición como Victor Hugo.

Para ser absolutamente modernos había que descartar el peso del pasado. El error de la Revolución Francesa había sido su veneración de viejos modelos y de viejos símbolos. Se había dejado fascinar muy a menudo por los señuelos de edades remotas, había asumido los ropajes de la república romana en los tiempos de la Convención y del Consulado, y después los ropajes del Imperio Romano. Estaba inventando el porvenir, pero con tal veneración por el pasado, que finalmente ese pasado terminaba pesando demasiado sobre la realidad, y lo inaudito naufragaba en las ceremonias de la repetición. Ello llevó a los más impacientes a proponer, con mayor radicalidad que nunca, la necesidad de decir adiós en la historia a todo pasado.

“La tradición de todas las generaciones muertas –escribió Karl Marx- oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Argumentó brillantemente la idea de que las épocas renovadoras, las grandes revoluciones, siempre se ven atrapadas por la evocación y por la nostalgia, toman prestadas las consignas y los trajes del pasado, y representan la nueva escena de la historia universal vestidas con un “disfraz de vejez venerable”. Eso tenía que cambiar. “Las revoluciones del siglo XIX –añadió- no deben sacar su poesía del pasado sino únicamente del porvenir”. Había llegado el momento de la mayor aventura: ahora sólo existiría el futuro, y se nutriría sólo de sí mismo.