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Atilio A. Borón
2004
  Textos selectos  
 

Imperio e imperialismo
Lectura crítica de un libro de Michael Hardt y Antonio Negri
(Fragmento)

Primero, un poco de historia. En septiembre de 2001, Tariq Ali, uno de los editores de la New Left Review, nos invitó a escribir un capítulo en un volumen colectivo a publicarse por Verso, en Londres, a mediados del corriente año. El libro reúne una serie de comentarios críticos a Imperio, a los cuales se les agregará la respuesta de Michael Hardt y Antonio Negri. Dado que aquél debía ser entregado en inglés, y habida cuenta de nuestras catastróficas experiencias previas en materia de traducciones, decidimos escribirlo directamente en esa lengua. Fue enviado a Londres y distribuido entre algunos de los coautores del volumen consignado y, por supuesto, a los autores de Imperio. Con ocasión del segundo Foro Social Mundial, celebrado en Porto Alegre a fines de enero del corriente año, entregamos el texto a algunos colegas y amigos con el objeto de recabar comentarios. Al poco tiempo comenzamos a recibir urgentes pedidos de autorización para traducir el texto al idioma español. Preocupados también por los riesgos que entraña cualquier traducción, decidimos asumir por nuestra cuenta el esfuerzo. Al traducir la versión original a nuestra lengua materna, lo que ocurrió fue que la rescribimos por entero, ampliando comentarios, agregando datos y sugiriendo nuevas reflexiones. El resultado es este texto.
Lo anterior es historia y circunstancia. Hubo también razones más de fondo. En primer lugar, la necesidad de considerar muy seriamente una obra producida por dos autores del calibre intelectual de Michael Hardt y Toni Negri (H. y N. de ahora en adelante). Su trayectoria intelectual y política, dilatada y fecunda especialmente en el caso del segundo, los hace merecedores de todo respeto y nos obliga, por eso mismo, a examinar muy cuidadosamente el mérito de los planteamientos que desarrollan a lo largo de un libro tan polémico y de tan notable impacto público como Empire (Cambridge, 2000). En segundo término, por la importancia sustantiva del tema que se aborda en ese trabajo: el imperio o, tal vez, en una definición que nos parece más apropiada, el sistema imperialista en su fase actual.
Las dificultades para acometer una empresa de este tipo no son pocas. Se trata de dos intelectuales identificados con una postura crítica en relación con el capitalismo y la mundialización neoliberal y que, por añadidura, tuvieron la valentía de acometer el examen de un tema de crucial importancia en la coyuntura actual. En efecto, por profunda que sea nuestra disidencia teórica con la interpretación que H. y N. acaban proponiendo, es preciso reconocer que una revisión y una puesta al día como la emprendida por nuestros autores era necesaria. Por una parte, porque las deficiencias de los análisis convencionales de la izquierda en relación con las transformaciones experimentadas por el imperialismo en el último cuarto de siglo eran inocultables y exigían una urgente actualización. Por la otra, porque las falencias del «pensamiento único» sobre esta materia –divulgado urbi et orbi por el FMI, el Banco Mundial y las agencias ideológicas del sistema imperialista– y que se plasma en la teoría neoliberal de la «globalización» son aún mayores. Para quienes, como para el autor de este ensayo, la misión fundamental de la filosofía y la teoría política es cambiar el mundo y no sólo interpretarlo –para citar la recordada oncena «Tesis» de Marx sobre Feuerbach–, una teoría correcta constituye un instrumento insustituible para que los movimientos populares que resisten la mundialización neoliberal puedan navegar con un margen razonable de certidumbre en las turbulentas aguas del capitalismo contemporáneo. Uno de los factores que más nos impulsaron a escribir esta obra es la rotunda convicción de que la respuesta que ofrecen H. y N. a este desafío es altamente insatisfactoria y puede ser fuente de renovadas frustraciones en el terreno de la práctica política.
Es evidente que un fenómeno como el del imperialismo actual –su estructura, su lógica de funcionamiento, sus consecuencias y sus contradicciones– no se puede comprender adecuadamente procediendo a una relectura talmúdica de los textos clásicos de Hilferding, Lenin, Bujarin y Rosa Luxemburgo. No porque ellos estuvieran equivocados, como le gusta decir a la derecha, sino porque el capitalismo es un sistema cambiante y altamente dinámico que, como escribieran Marx y Engels en el Manifiesto comunista, «se revoluciona incesantemente a sí mismo». Por consiguiente, no se puede entender al imperialismo de comienzos del siglo XXI leyendo solamente a esos autores. Pero tampoco se lo puede comprender sin ellos. No se trata, por supuesto, de la monótona y estéril reiteración de sus tesis. El objetivo es avanzar en una reformulación que, partiendo desde la revolución copernicana producida por la obra de Marx –que nos suministra una clave interpretativa imprescindible e irremplazable para explicar la sociedad capitalista–, relabore con audacia y creatividad la herencia clásica de los estudios sobre el imperialismo a la luz de las transformaciones de nuestro tiempo. El imperialismo de hoy no es el mismo de hace treinta años. Ha cambiado, y en algunos aspectos el cambio ha sido muy importante. Pero no se ha transformado en su contrario, como nos propone la mistificación neoliberal, dando lugar a una economía «global» donde todos somos «interdependientes». Sigue existiendo y oprimiendo a pueblos y naciones, y sembrando a su paso dolor, destrucción y muerte. Pese a los cambios, conserva su identidad y su estructura, y sigue desempeñando su función histórica en la lógica de la acumulación mundial del capital. Sus mutaciones, su volátil y peligrosa mezcla de persistencia e innovación, requieren la construcción de un nuevo abordaje que nos permita captar su naturaleza actual. No es éste el lugar para proceder a un examen de las diversas teorías sobre el imperialismo. Digamos, a guisa de resumen, que los atributos fundamentales de aquél señalados por los autores clásicos en tiempos de la Primera Guerra Mundial siguen vigentes, toda vez que el imperialismo no es un rasgo accesorio ni una política perseguida por algunos estados, sino una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo. Esta etapa está signada, hoy con mayor contundencia que en el pasado, por la concentración del capital, el abrumador predominio de los monopolios, el acrecentado papel del capital financiero, la exportación de capitales y el reparto del mundo en distintas «esferas de influencia». La aceleración del proceso de mundialización acontecida en el último cuarto de siglo, lejos de atenuar o disolver las estructuras imperialistas de la economía mundial, no hizo sino potenciar extraordinariamente las asimetrías estructurales que definen la inserción de los distintos países en ella. Mientras un puñado de naciones del capitalismo desarrollado reforzó su capacidad para controlar, al menos parcialmente, los procesos productivos a escala mundial, la financiarización de la economía internacional y la creciente circulación de mercancías y servicios, la enorme mayoría de los países vio profundizar su dependencia externa y ensanchar hasta niveles escandalosos el hiato que los separa de las metrópolis. La globalización, en suma, consolidó la dominación imperialista y profundizó la sumisión de los capitalismos periféricos, cada vez más incapaces de ejercer un mínimo de control sobre sus procesos económicos domésticos. Esta continuidad de los parámetros fundamentales del imperialismo –no necesariamente de su fenomenología– es ignorada en la obra de H. y N., y el nombre de tal negación es lo que estos autores han denominado «imperio». Lo que pretendemos demostrar aquí es que así como las murallas de Jericó no se derrumbaron ante el sonido de las trompetas de Josué y los sacerdotes, la realidad del imperialismo tampoco se desvanece ante las fantasías de los filósofos.
No es un dato menor el hecho de que una reflexión como la que nos proponen H. y N. tenga lugar en momentos en que la dependencia de la periferia y la dominación imperialista se han profundizado hasta llegar a niveles desconocidos en nuestra historia. Por ello, la necesidad de contar con un renovado instrumental teórico para comprender al imperialismo y luchar contra él es más urgente que nunca. Sin pecar de teoricistas, nos parece que será muy difícil librar con éxito dicha batalla si no se comprende muy claramente cuál es la naturaleza del fenómeno. Precisamente debido a esa necesidad de saber es que Imperio ha tenido tan extraordinario impacto entre las enormes masas de jóvenes y no tan jóvenes que desde Seattle en adelante se han movilizado en todo el mundo para poner coto al sistemático genocidio que el imperialismo practica a diario en los países de la periferia capitalista, a la regresión social y la desciudadanización que tienen lugar en las sociedades más avanzadas y atrasadas por igual, a la criminal destrucción del medio ambiente, al envilecimiento de los regímenes democráticos maniatados por la tiranía de los mercados y al paroxismo militarista que, desde el atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono, se ha adueñado de la Casa Blanca y otros lugares privilegiados desde los cuales se toman las decisiones que afectan las vidas de miles de millones de personas en todo el mundo. Pese a sus nobles intenciones y la honestidad intelectual y política de sus autores, temas sobre los cuales no albergo duda alguna, este libro –saludado por muchos como «el Manifiesto comunista del siglo XXI» o como un redivivo «librito rojo» de los mal llamados «globalifóbicos»– contiene gravísimos errores de diagnóstico e interpretación que, en caso de pasar inadvertidos y ser aceptados por los grupos y organizaciones que hoy pugnan por derrotar al imperialismo, podrían llegar a ser la causa intelectual de nuevas y más duraderas derrotas, y no sólo en el plano de la teoría. Es por eso que nos hemos aventurado a plantear nuestras críticas y a asumir los costos y riesgos que conlleva el cuestionamiento a un texto que, por distintas razones, se ha convertido en una importante referencia teórica para los movimientos críticos de la globalización neoliberal. Creemos que un debate franco y sincero con las tesis planteadas en Imperio puede ser un poderoso antídoto para despejar tales acechanzas.