Inicio
Luis Britto
2005
  Textos selectos  
 

Introducción a Venezuela: investigación de unos medios por encima de toda sospecha

Venezuela inaugura el tercer milenio bajo una amenaza cierta. Los partidos que abandonaron a las masas son abandonados por ellas. Los grandes capitales apuestan a la solución final de la antipolítica. Partidos y dirigencias son abolidos a favor del totalitarismo de un gremio de patronos sindicalizados y otro de sindicalistas patronales, que intentan confiscar el Estado por la fuerza bruta, legitimados o más bien dirigidos por una fracción de los medios que actúa como partido político, designa o destituye a los líderes de la oposición y les dicta estrategias y programas.
Uno de los artículos de fe de la postmodernidad reza que los medios de producción ceden el paso a los medios de reproducción: a artilugios que simplemente replican simulacros de lo real. Inevitablemente los medios privados tienden a proponernos estos simulacros como única realidad. La televisión atiende todos los males mediante cosméticos y terapias alternativas; la pantalla chica dispensa jurisdicción mediante un juez de paz telegénico; las antenas ya no sólo indican por cuál político votar: producen sus propios políticos independientes de toda consulta electoral, salidos de la farándula, los reinados de belleza, la conducción de programas de opinión.
Este modelo opera en dos instancias. Frente al público, tergiversa la información haciendo pasar suposiciones, opiniones o deseos por noticias, omite hechos y suplanta a los actores y poderes políticos clausurando de hecho la democracia al pretender legislar, juzgar, deponer y constituir gobiernos y administrar la República mediante titulares o cuñas.
Pero el modelo de confiscación de lo político por algunos propietarios de los medios opera también en el interior de las redes. Sus primeras víctimas son los mismos comunicadores, a quienes ciertos propietarios proscriben, censuran o cesantean cuando desacatan la línea impuesta. Se desencadena así una purga ideológica que en los primeros meses del año 2003 integra una lista negra de casi medio millar de comunicadores, columnistas y artistas despedidos o vetados. Una fracción de dueños de los medios prohíbe toda disidencia y clausura de hecho la libertad de expresión y creación.
Con esta doble táctica opera un aparato mediático que auspicia y apoya la disolución de los poderes públicos constitucionales, la destitución de todos los funcionarios electos, el sabotaje y la privatización de la principal industria de Venezuela, el desconocimiento de voluntad soberana expresada en el sufragio, el odio étnico y la guerra civil, e instaura la censura. Como bien apunta Augusto Hernández «Esta ley mordaza se le impuso al país el 12 de abril del 2002. Los medios privados no la protestaron, ni antes, ni durante, ni después. Más bien aplaudieron.» («Una buena Ley mordaza»; Últimas Noticias, 1-6-03, p. 31).
De tal manera pretenden algunos inversionistas –muchos de ellos por cierto extranjeros– que comprar un medio es adquirir un actor político, y que poseer el actor es confiscar lo político con miras a la incautación de las reservas de hidrocarburos más grandes del planeta a favor de una potencia hegemónica foránea. Para ejemplo del mundo, a los venezolanos nos ha correspondido mostrar que su poder tiene un límite en la voluntad soberana.
Como regla de esta investigación pionera, privilegio la cita textual, el señalamiento de las fuentes y los testimonios de opositores abiertos, que hablan por sí mismos. Si la lengua es el castigo del cuerpo, las comillas son el de la palabra escrita y la imagen grabada. Como método, adopto la confrontación de unos mensajes con otros, de unos medios con otros, de los titulares con el cuerpo de la noticia, de lo que se denota con lo que se connota. No pretendo haber sido exhaustivo. Apenas abro un campo de indagación inagotable y urgente para las confrontaciones que se avecinan.
Dedico este trabajo a los comunicadores y a los propietarios de medios que, respetando las normas constitucionales y los principios éticos de la profesión, mantienen un difícil equilibrio en situaciones turbulentas y respetan el derecho de su público a una información veraz, imparcial y oportuna. De su exigente tarea cito abundantes ejemplos en las páginas que siguen. Lo dedico también a quienes por mantenerse fieles a su conciencia y a su deber han sido vetados o excluidos, sin que en su defensa se hayan movido hasta el presente gremios ni organizaciones supuestamente defensoras de la libertad de expresión o de los Derechos Humanos. Su escogencia los honra.
En Venezuela, a los intelectuales o los vetan, o se vetan. Cada vez somos más quienes ni nos vetamos ni dejamos que nos veten. Después de todo, a nadie le interesa participar como colaborador o público de unos medios unánimes.
Luis Britto García.