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Héctor Díaz Polanco
2008
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De Elogio de la diversidad

Tema central de este ensayo son las relaciones entre pluralidad sociocultural y sociedad globalizada. Como observó L. Grossberg, la globalización se ha convertido en una noción sintomática de nuestro tiempo, hasta el punto de reemplazar “a la 'posmodernidad' como el concepto preferido para concebir la especificidad de la formación contemporánea”. En particular, en el curso de la obra se debate la idea de que la globalización conduce a una especie de homogeneización de las sociedades. Esta conjetura, tan repetida en los últimos lustros que alcanzó cierto viso de verdad incontestable, involucra diversos planos. Dos pueden destacarse sobre los demás: que la globalización conduciría más o menos gradualmente a igualar las condiciones socioeconómicas (equilibrio de las circunstancias de los países empobrecidos, por lo que hace a bienestar y prosperidad, con las de los centrales o “desarrollados”), lo que a la larga terminaría con desigualdades internas y con asimetrías entre naciones; que la globalización impulsa un sostenido proceso de uniformidad cultural, merced a la “hibridación”, entre otros procesos, lo que iría esfumando la diversidad que ha caracterizado hasta ahora a las sociedades humanas.

Respecto del primero, el pensamiento crítico reciente ha hecho polvo la conseja ideológica de la globalización como agente de la generalización del bienestar económico y la equidad social, mostrando que, por el contrario, la expansión sin precedentes del capital en los últimos decenios ha provocado un incremento de la desigualdad en todos los ámbitos y ha agravado las condiciones de reproducción socioeconómica y ecológica en el planeta, poniendo incluso en peligro la misma sustentabilidad humana. Esta demostración es tan contundente en sus argumentaciones y tan concienzuda en sus pruebas fácticas que la tomaremos aquí para excusarnos de mayores abundamientos. Quizá las descarnadas palabras de J. K. Galbraith en el sentido de que la globalización es el término inventado por el centro del imperio “para disimular nuestra política de avance económico en otros países y para tornar respetables los movimientos especulativos del capital”, resumen una convicción cada vez más extendida y mejor fundada.

El tema de la homogeneización cultural ha corrido con mejor fortuna, penetrando más profundamente en los pliegues del pensamiento académico y en el imaginario que alimenta el sentido común. Como esperamos establecerlo, carece también de fundamento. La globalización no sólo no provoca la uniformidad cultural esperada o anunciada, sino que complica el hecho cultural y en su seno se registra un fuerte renacimiento de las identidades, acompañado de luchas reivindicatorias en crecimiento. Más aún, adoptamos aquí el enfoque de que, bien vistas las cosas, la globalización ha implicado mutaciones en los fundamentos teórico-políticos del liberalismo que le da sustento, especialmente por lo que toca a la pluralidad, y en el comportamiento del capital frente a la diversidad, de modo tal que el sistema en su conjunto ha desarrollado en la actual fase una perspectiva y prácticas (que se sintetizan en el nuevo enfoque denominado multiculturalismo) orientadas a dar tratamiento “adecuado” a la esfera cultural y sus desafíos. Como resultado, en esta fase globalizadora no sólo se procura uniformar –como si fuese el gran desiderátum cultural del capitalismo-, sino que por el contrario se trata de aprovechar la diversidad a favor de la consolidación del sistema y, específicamente, de los grandes negocios corporativos.

Ése es el marco de los retos a los que se enfrentan hoy las identidades en todo el mundo. No es que el sistema haya abandonado el propósito de someter a sus leyes a todas las sociedades. Por el contrario, uniformar la dominación del capital es un impulso primigenio que se mantiene invariable. Pero los capitanes del capital han descubierto que la homogeneidad del mundo bajo su dominio no pasa necesariamente por la uniformidad cultural a la vieja usanza –la del colonialismo y el imperialismo tempranos- y que la “valorización” de la diversidad, según la lógica de promover cierta “politización” de la cultura que provoca la despolitización de la economía y la política misma, favorece sus metas.

Como preparación para abordar estos temas, la primera parte del ensayo es un ajuste de cuentas con las concepciones liberales que han desarrollado los más altos y refinados valladares al avance del punto de vista pluralista (desde el contractualismo kantiano hasta su brillante e influyente reformulación como una teoría de la justicia “igualitaria” por John Rawls en el último tercio del siglo XX, atendiendo también a las críticas realizadas por los llamados “comunitaristas”, en el propio seno de la tradición liberal, a los inflexibles enfoques deontológicos que contradicen la diversidad. El examen del curso reciente seguido por esta tendencia individualista para comprender las nuevas rutas del sistema en la actual fase globalizante, especialmente por lo que hace al sorprendente giro cultural del capitalismo.

El libro se enmarca sin disimulo en la vuelta al “gran relato” y la reafirmación de su fuerza a un tiempo analítica y política. Implica un no a las que Eduardo Grüner denomina atinadamente las “pequeñas historias”, propugnadas dentro y fuera de la academia por las llamadas perspectivas post (posmodernismo y ciertas versiones de los estudios culturales y pos-coloniales). Se busca, en cambio, contribuir a la comprensión de la mecánica global del sistema capitalista frente a la diversidad; o dicho de otro modo, cómo el capitalismo proyecta que el juego de la pluralidad humana devenga en una colosal maquinaria de la “diversidad” alienada. Como lo ha indicado Fredric Jameson, al referirse a las elaboraciones de Jean-François Lyotard, detrás de la propuesta de abjurar de los metadiscursos se sitúa siempre otro gran relato, más o menos oculto o “enterrado”; de hecho, “la propia teoría lyotardiana del fin de los grandes relatos es otro gran relato”. Jameson advierte que “resulta más fácil denunciar los relatos históricos que prescindir de ellos”; de ahí las dos primeras de las cuatro máximas que el autor propone para comprender la noción de modernidad: “No podemos no periodizar” y “La modernidad no es un concepto, ni filosófico ni de ningún otro tipo, sino una categoría narrativa”. Es necesario re-construir, frente a los relatos de los teóricos del fin de los metarrelatos, un gran relato de las nuevas formas que asume el control cultural, la fetichización y la manipulación de la diversidad en el capitalismo tardío o la “tardomodernidad”, y de las contradicciones que, por ello, atraviesan al sistema en su conjunto. Esta obra quiere ser una modesta y muy ajustada contribución a esa escabrosa tarea.

Un tema que recorre toda la obra es la crítica al universalismo abstracto, tan característico de la filosofía liberal, que ha cobrado nuevas formas en la fase del capitalismo globalizante. Esta crítica no supone un abandono o rechazo de la continua tarea dialogante que procura allanar el espacio de un “terreno común” de los pueblos, sino subrayar la “urgencia” sociopolítica y cultural que revista la construcción de un nuevo horizonte que entrañe la denuncia de la falsa totalidad que contiene la universalidad liberal. Dice Erasmo de Rótterdam, refiriéndose a su célebre Elogio de la locura, que aunque ha “alabado la locura”, no lo ha hecho “del todo locamente”. El elogio de la diversidad que aquí se hace no tiene como propósito erigir una civilización o alguna identidad en el nuevo referente de la cultura o en el criterio de lo universal. Más bien se contenta con señalar la obscena ausencia del Otro en las formulaciones universalistas, y con mostrar la enorme soberbia (y “lo ridículo”, en el talante de Erasmo) que acompaña a un sistema cultural tan particular como el que llamamos Occidente cuando se planta ante el mundo como el alfa y omega de todo lo humano.