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Sobre literatura, crítica y globalización en la América Latina*

VÍCTOR BARRERA ENDERLE

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Estas notas son, como su nombre sugiere, una meditación que no ha terminado; en cierta medida, son impresiones de un momento cuya sospechosa intemporalidad, lejos de producir la certidumbre de una inequívoca significación, aumenta la sensación de confusión o, peor aún, de tergiversación. Primero porque hablar de literatura y crítica latinoamericanas en el contexto de la globalización parece una contradicción: ¿cuál es el sentido de utilizar categorías nacionales o regionales para un fenómeno en teoría mundial? ¿Seguirá siendo pertinente hablar de literatura latinoamericana? ¿Cuál sería entonces el objeto de estudio de la crítica literaria latinoamericana? Asimismo, estos cuestionamientos atañen invariablemente a otros espacios de discusión, como el de la universidad, los medios de comunicación y la industria cultural; y, al mismo tiempo, ponen en contradicción algunas nociones claves de nuestra formación discursiva: nación, identidad y ciudadanía. Sin embargo, es preciso no precipitarse ni caer en el fárrago de una visión posmoderna a ultranza, y reparar en cada uno de sus elementos, tomando en cuenta su historicidad y su función contextual.

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Considero, asimismo, importante empezar estas notas haciendo referencia a otras escritas hace muchos años en una ocasión similar a ésta. Me refiero por supuesto a las «Notas sobre la inteligencia americana», de Alfonso Reyes, esbozadas dentro de un congreso internacional en Buenos Aires en 1936 y con las cuales estas notas mías tienen una enorme deuda. En esa ocasión, Reyes se vio en la necesidad de reflexionar sobre la cultura latinoamericana y su relación con la cultura occidental. ¿Cómo describir este encuentro o, quizá sea mejor decir, este entuerto? Una imagen, una metáfora (y, al final, una alegoría) fue la mejor manera de explicar esta situación: «El banquete de la civilización», ese largo simposio de discusiones, reflexiones e imposiciones que había significado el desarrollo de la cultura occidental. Dos preguntas yacían debajo de esta alegoría: ¿cuándo había llegado la cultura americana a este banquete y cuál había sido su aporte? Reyes omite cuidadosamente hablar de civilización y cultura americanas, la primera porque remitía, en su lectura, a las «regiones arqueológicas» del mundo prehispánico, y la segunda porque sugería el simple traslado de las culturas metropolitanas a nuestro suelo, reafirmando el desgastado símil de la rama local alimentada y determinada únicamente por la savia emanada del árbol occidental. Bien mirado, estas dos opciones no hacían más que desviar el asunto. Una se instalaba en un pasado exotizado e idealizado por el sentido de culpa o por un afán de ser esencialmente diferentes; la otra caía en la fácil costumbre de enganchar nuestras preocupaciones a las ajenas. Los dos gestos habían sido ya descritos perfectamente por Pedro Henríquez Ureña en sus fundamentales Seis ensayos en busca de nuestra expresión. En consecuencia con los postulados de su amigo y mentor dominicano, Reyes describe, en pleno proceso dialéctico, una tercera alternativa, una estrategia crítica de corte transculturador. «En cambio», nos dice, «podemos hablar de la inteligencia americana, su visión de la vida y su acción en la vida. Esto nos permitirá definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América.» Huelga decir que Reyes entiende por América la parte del continente que José Martí denominó como nuestra, basándose más en una comunión cultural que en una dominación territorial.

Ahora bien, ese matiz americano consistiría principalmente en un tiempo: el presente, y en la descripción de su movimiento, un ritmo original, que se apresura a emparejar su paso con la marcha de las civilizaciones metropolitanas. «Pero falta saber», nos advierte a tiempo, «si el ritmo europeo –que procuramos alcanzar a grandes zancadas, no pudiendo emparejarlo a su paso medio–, es el único “tempo” histórico posible, y nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura» (83). Como bien señaló don Alfonso, la inteligencia americana opera, así, sobre disyuntivas que podríamos definir como búsquedas de identidad. Esas persecuciones estaban y están aún marcadas por un carácter o, podrán advertir otros, por un estigma: la improvisación, ésta es el complemento del presente latinoamericano y, a la vez, su distancia con las metrópolis. La identidad aparece aquí en tres formas concomitantes:3  la primera sería una «básica», de corte aristotélico, y tendría como fondo la autoconciencia, pero no se entendería a sí misma como una «esencia innata», y sí en cambio como un proceso cognitivo, individual y colectivo a la vez. La segunda forma tendría que ver con los bienes y la producción materiales; allí el espíritu americano sería una consecuencia de su propio referente cultural y geográfico, y en la cual el concepto de nación ocuparía un lugar determinante, pero sobre ese punto volveré luego; finalmente, la tercera forma se ocuparía de nuestra diferencia, esto es, se haría cargo de la manera como enfrentamos a lo otro o a los otros u otras, y, desde luego, al hablar de literatura y crítica latinoamericanas directa e indirectamente estamos dialogando con esta forma. Esas tres formas equivalen al ritmo original del tiempo americano y a su actor principal, la inteligencia.

Pero hablemos un poco más de este actor principal de nuestra relación epistémica con Occidente. Es evidente que Reyes no lo saca de la nada, sino que lo reconoce en una tradición escritural que él describe a lo largo de sus notas. «Nace el escritor americano como en la región del fuego central» (86), nos dice el mexicano, describiendo con ello una seña de identidad. En muchos sentidos, considero yo, estas notas son la continuación de un texto también nacido del fuego, escrito cuarenta y cinco años antes. En él, José Martí, enfrentado también a una coyuntura parecida (la incorporación subordinada de la América Latina al sistema mundial del imperialismo, en un peligro, por cierto, muy parecido al actual), había anticipado la clave para el reconocimiento propio y ajeno, inscribiendo nuestras preocupaciones en el orden de la representación y la coherencia discursivas. «Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud...», nos enseña Martí, quien, a su vez, actualizaba los anhelos del Bolívar exiliado en Jamaica y los hacía programáticos. A su modo, Martí es el más claro representante de esa inteligencia americana. Y lo es principalmente porque su escritura se halla en constante proceso de formación. Martí anuncia la clave para la integración equilibrada de la cultura americana en la civilización occidental.

Quiero rescatar esa tradición, lo advierto desde ahora, en términos, más que discursivos, de experiencia, y por experiencia entiendo aquí, siguiendo en algunos aspectos a Gadamer, un carácter inacabado y nada dogmático, esto es, una capacidad para recibir, a la vez, nuevas experiencias y hacerlas productivas. Memoria y experimento a un tiempo. Y si las corrientes filosóficas de vanguardia (pienso sobre todo en los discursos posmodernos y poscoloniales) han eliminado sistemáticamente la noción de sujeto moderno y dado por nula la supervivencia de su experiencia, creo ahora necesario rescatar selectivamente lo mejor que ese sujeto moderno pudo producir, tratando en lo posible de corregir sus errores y llenar sus ausencias, haciendo hablar sus silencios. No pretendo de ninguna manera atrincherarme en una obsoleta obsesión chovinista, sino recuperar esa experiencia primaria y hacerla efectiva a la hora de enfrentarnos con esa nueva fase del capitalismo mundial que ha adquirido (o ha construido) una dimensión complejamente global, pero de ninguna manera esencial, y sobre la cual es también menester señalar al menos algunos puntos.

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Hablar de globalización en la América Latina ha sido, principalmente y hasta ahora, la justificación discursiva de una desmedida estrategia de privatización que ya ha afectado instancias concebidas como propias del campo cultural. Cada país de la región se ha apresurado a enrolarse en este «destino»; las universidades privadas, por ejemplo, han desarrollado un aparatoso abanico de profesiones «modernas» y las han bautizado con el ya gastado epíteto de las «carreras del futuro», únicas opciones para la supervivencia del mañana, tiempo al que describen con un término cada vez menos «humano»: la competencia.

Voy ahora a describir muy brevemente los supuestos que sobre la globalización se dan ya por hechos (incluso se miran como naturales en algunos casos). Para la gente del Convenio Andrés Bello, por ejemplo, este fenómeno de mundialización del planeta «consiste en la creciente interpenetración de mercados y comunicaciones que atraviesan las sociedades y los Estados nacionales con un importante componente de desterritorialización». Lo trascendente de este proceso sería el cambio de un mundo geopolítico a uno de orden geoeconómico y, también, aunque en menor medida, geocultural. Estos desplazamientos vienen acompañados, desde luego, de una serie de cambios que, aunque conocidos, no está de más recordar. El primero consistiría en la transformación de la información en un bien de consumo (aunque, como sabemos, el acceso a ella mantiene, siguiendo la lógica de mercado, un carácter privado y especulativo), soporte de la llamada «era digital». El otro trastorno radicaría en el fin de dos grandes proyectos de la modernidad: el de ciudadanía soberana y el del Estado nación. Ahora bien, en lo particular me interesa ver cómo afectan estos cambios al campo literario latinoamericano (agente activo en la formación de esos dos grandes proyectos de la modernidad) y la manera en que éste puede contrarrestar los efectos negativos de dicha transformación. Porque una cosa es clara: en la supuesta globalización del planeta la dichosa desterritorialización ha operado en lugares y momentos muy precisos, y, en lugar de hablar de un espacio equitativo y libre de las «amarras» nacionalistas, se impone un nuevo orden mundial con sus jerarquías bien definidas. Y con él se instala una cartografía del conocimiento, en la cual quedan claramente establecidas las divisiones de los discursos críticos y creativos, clausurando de paso cualquier participación alternativa en el debate. Es entonces cuando la revisión se hace más que necesaria.

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Sería menester preguntarnos primeramente por la configuración de la literatura latinoamericana: ¿Es sólo un producto que se da dentro de las fronteras territoriales? ¿Cuál es su peculiaridad? ¿Cuál su crítica? ¿Por quién y de quién nos habla? Como se puede observar, estas problemáticas distan mucho de ser nuevas. Simplemente hablar de literatura latinoamericana es ya describir un complicadísimo proceso de imposición, contacto y diálogo entre este espacio de enunciación y el resto del mundo: primero, porque los dos términos han venido de Occidente; segundo, porque nuestra formación discursiva se ha dado teniendo casi siempre como referencia los modelos metropolitanos. El nombre y la palabra para nombrarnos revelan un violento trayecto de incorporación al universo occidental. Es también evidente que la propia literatura latinoamericana se con-figuró a sí misma como continental a partir de diversos sucesos, casi todos ellos de orden extraliterario y todos en relación con esa parte del mundo denominada Occidente: las dos oleadas independentistas, la de 1810-1824 y la (inconclusa) cubana de 1895-1898, la Revolución Mexicana y las reformas universitarias, la división mundial de la Guerra Fría, y, ahora, la globalización del capitalismo tardío (bueno es notar que, en la mayoría de ellos, la violencia es un factor determinante). Eso en el nivel continental. En el plano de las nacionalidades, la literatura fue, primeramente, un instrumento político e ideológico para superar heterogeneidades y hacer efectivos los proyectos de los Estados-naciones, luego un rechazo a los estrechos límites geográficos, y, durante buena parte del siglo xx, un elemento vital del cuestionamiento identitario. Ahora, pienso yo, es, entre otras, un espacio de resistencia, pero no me adelanto, y, mejor, regreso al punto.

Hace algunos años, el crítico Franco Moretti proponía, en una prosa algo farragosa y de suyo característica de la estética poscolonial, la elaboración de un sistema literario de dimensiones planetarias, donde la literatura mundial no fuera un objeto, sino un problema, esto es, que dicho sistema fuera uno y desigual a la vez. Partiendo del modelo metropolitano de «literatura mundial», propuesto por Goethe en su famosa conversación con Eckerman de 1827, Moretti se proponía establecer un modelo aplicable a todas las literaturas periféricas, construyendo como método y balanza el término de «literatura distante», esto es, la descripción de los encuentros y desencuentros entre la «forma occidental» y el referente local de las culturas periféricas. En su lectura (que él aplica sobre todo a la novela), indirectamente mete en el mismo saco las formaciones discursivas de regiones tan opuestas como la América Latina o el Asia: ¿será tan sencillo el problema? ¿Bastará, entonces, con describir la implementación de la «forma occidental» (cualquiera que sea la significación de un término tan nebuloso como ése) en nuestras culturas locales para entender la ambigua significación que el fenómeno literario posee en nuestras sociedades? Creo que no, y ahora me explico: esa «forma occidental» dista mucho de ser completamente ajena, y en más de una ocasión representa un componente sólido de la tradición local, entiéndase la lengua impuesta por los conquistadores y su organización e interpretación del mundo. En pocas palabras, ha sido muchas veces esa forma occidental el instrumento con el cual hemos «construido» nuestro referente local.

No, aquí el dilema consiste en que, en muchas maneras, somos parte de Occidente y, aunque a veces cueste aceptarlo, ha sido en la relación con él que nuestras literaturas (y culturas) han desarrollado su propio repertorio de temas y estrategias discursivas. Pero, me apresuro a señalar, también ha sido en la diferencia con ese «centro» que el quehacer literario ha cobrado en nuestras regiones una significación que en muchos momentos podríamos llamar autónoma.

Porque la literatura ha cumplido aquí una función más trascendental que la simple expresión de los grupos hegemónicos; ha sido y es un espacio alternativo para la reflexión y para la experimentación. Es cierto, el fenómeno literario fue desplazado y «transplantado» de Europa, pero bien pronto manifestó sus diferencias. Y si en la Colonia la sacralización de la escritura se convirtió en medio para legitimar discursivamente la violencia de la Conquista, también fue la vía y el soporte para la instalación de una modernidad diferencial. Pienso en este punto en la «Respuesta a sor Filotea de la Cruz» (1691), de sor Juana, y en la «Carta a los españoles americanos» (1791), del abate Viscardo, por mencionar sólo dos ejemplos notables; y qué decir de la formación identitaria, brotando en la cordialidad ruizalarconiana o en los trazos en espiral de Guamán Poma de Ayala. La era de la emancipación representó, a su vez, un interesante esfuerzo de reconocimiento, no sólo de los nuevos espacios públicos que las letras debían ahora describir y llenar, sino de las mismas subjetividades que impugnaban ya una vía de expresión y una respuesta compatible. La literatura exigía como nunca de una recepción activa, estimulante, que propagara la formación de sujetos críticos a los que José Joaquín Fernández de Lizardi ya anunciaba, desde las páginas explosivas de El Pensador Mexicano, como «ciudadanos». Lo mismo en el periodo de formación republicana, donde el quehacer literario iba más allá de la llana instalación del ideario liberal y perseguía, en el fondo, una modernización cultural que miraba a toda la región. En este punto es inevitable pensar en el proyecto literario, crítico, jurídico y educacional de Andrés Bello y en la forma en que éste hace efectivo el anhelo bolivariano, aunque sea sólo en el plano cultural, de consolidar una anfictionía continental.

Entonces, me pregunto de nuevo, ¿cómo ha sido este desarrollo de lo literario? Sea como receptáculo del ideal liberal o como proyección de una modernidad diseñada para la realidad latinoamericana, el quehacer literario está conectado a esa «relación global» que implica un lugar en el mundo. No sé si sea claro, pero lo que he querido señalar es que el ejercicio literario es ya un proceso de integración, aunque lo es en dos planos. En el primero, un autor, una autora, establece un lazo con una comunidad –imaginada o real– de lectores, de interlocutores a quienes no sólo transmite un mensaje sino una visión de la realidad, una capacidad de imaginar un espacio compartido. En el segundo plano, la obra producida (el fruto de su trabajo) se incorpora a una constelación de obras existentes, consolidando un bloque, un corpus literario múltiple, diverso y heterogéneo, al que sin embargo se le puede clasificar, ordenar y explicar desde diversos puntos de partida: lingüísticos, políticos, estéticos, regionales, ideológicos, etcétera.

La problemática actual radica en la intervención de la industria cultural en el campo literario, pero antes es menester una breve digresión. El siglo xx, o buena parte de él, se caracterizó por la tendencia a «cientificizar» los estudios humanísticos y a hacerlos objetivos con la finalidad de producir un conocimiento positivo. La teoría literaria esbozada desde los albores de esa centuria centró prontamente su problema en el aspecto formal y lingüístico de la obra literaria. Sea desde la perspectiva de «extrañamiento» o desde los sistemas modalizantes secundarios de comunicación, el texto literario fue entendido ya como un territorio autónomo o ya como dependiente de las macroestructuras del lenguaje. Este inmanentismo, nada inocente, difundido sobre todo durante los primeros años de la Guerra Fría, fue puesto bajo la lupa en las décadas posteriores y se le observó desde la perspectiva de movimientos sociales y artísticos que sacudieron a la región desde los años 60. Es durante ese momento, que considero el más importante, después del modernismo decimonónico, tocante a integración continental, cuando se empieza a desbrozar toda la problemática y riqueza del fenómeno literario en el subcontinente. Allí, la literatura latinoamericana se concibió ante sí y ante los otros como un todo, como una unidad heterogénea. Esa explosión, que algunos bautizaron con formas onomatopéyicas sajonas, fue, más que una etapa experimental discursiva, un momento importante de reflexión crítica. Allí se rescataron las experiencias de Martí, Henríquez Ureña, Reyes y Mariátegui, se incorporaron las propuestas de reflexión de la crítica brasileña (en especial, las de Antônio Cândido), y se ensayaron ya los primeros pasos para una historia crítica de la literatura latinoamericana que estuviera sobre las repetitivas monografías de autores y obras que hasta entonces se realizaban. Esta tendencia eliminó las limitantes que las estrechas miras de los nacionalismos políticos habían impuesto a los estudios literarios.

En los años 70, las tendencias integracionales fueron completadas con los procesos diferenciadores. Ya desde las advertencias teóricas de Roberto Fernández Retamar o de la descripción de los procesos creativos y discursivos hecha por Ángel Rama, hasta los alcances de Antonio Cornejo Polar con respecto a la heterogeneidad cultural interna, o la necesidad de revisar el concepto de lo literario planteado por Carlos Rincón, los estudios literarios experimentaron una serie de profundos cambios que tendían a proponer una lectura mucho más horizontal sobre las expresiones literarias y culturales y sus relaciones con los espacios nacionales, regionales y mundiales.

Sin embargo, el desarrollo de estos importantes procesos reflexivos se vio interrumpido por una ola de golpes de Estado y la imposición de gobiernos reaccionarios que implementaron una fuerte censura acompañada de reformas económicas neoliberales, donde la literatura pasó a ser una mercancía con potencial explotable, sobre todo para las editoriales transnacionales que ahora se instalaban sobre el reducido mercado local. En una irónica contradicción, la literatura latinoamericana –que vivía entonces uno de los momentos de más alta experimentación– se transformó en un bien de consumo regulado por las leyes de mercado. Al trasladarse el eje del mercado editorial a España, comienza una complicada etapa de transición en los campos literarios locales. Poco a poco, la literatura pasa de ser un objeto de estudio a un modo de lectura determinado por clasificaciones extraliterarias: libros de playa, novelas de aeropuerto, etc. La siempre complicada decisión sobre el valor de las obras, pasa ahora a regirse por listados de venta y estrategias de promoción. La experimentación formal ya no es vista como una exploración estética o identitaria, sino como una novedad aprovechable para las librerías.

El adjetivo latinoamericano se convierte, así, en una fórmula y, al final, en una reducción lamentable. La industria cultural privilegia para la difusión de su nuevo producto una sospechosa lectura pública que, lejos de responder a la necesidad de una interpretación cultural del fenómeno, responde a simples intereses particulares. Para ella, los lectores son consumidores, sujetos económicos, incapaces de intervenir (a no ser como mera referencia numérica o como un público pasivo) críticamente en los procesos de producción y difusión literarias.

Y en este punto no estoy diciendo que la literatura latinoamericana haya sido subsumida enteramente en este proceso, sino que nuestro contacto con ella está mediado por esta industria cultural que afecta también el otro aspecto constitutivo del fenómeno literario: la reflexión crítica. Sin embargo, la escritura literaria seguirá siendo una actividad liberadora (el último reducto de las utopías posibles), una forma de purificación ética y estética, y en este punto no puedo sino recordar aquellos extraordinarios versos del poeta chileno Enrique Lihn: 

Porque escribí no estuve en la casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable.

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Ahora bien, estas transformaciones en la función de la literatura tienen una lectura doble y en ella se hace evidente, desde luego, una transformación en la crítica. ¿Qué ha sido de ella? O mejor, ¿cuál será su futuro? Antes de seguir, creo oportuno definir un poco lo que entiendo por crítica literaria. Primero voy a recurrir a las clasificaciones que sobre ella realizó Edward Said hace poco más de veinte años. Para él había cuatro formas de practicar la crítica literaria. La primera consistiría en una crítica práctica o pública «que puede encontrarse en las reseñas de libros y en el periodismo literario»; la historia literaria, herencia directa de las disciplinas cientificistas del siglo xix, sería la segunda práctica; la tercera sería de corte impresionista, cimentada en la valoración e interpretación literarias, esto es, «principalmente académica pero, a diferencia de las otras dos, no confinada a profesionales o a escritores que frecuentan las páginas de la crítica»; la cuarta forma de ejercer la crítica sería la teoría literaria. Ahora bien, a esa categorización básica de Said, considero necesario agregar al menos una forma más, ésta, claro, más cercana a nuestro contexto: la crítica ejercida dentro y sobre las literaturas marginales. Y esta práctica, desde luego, va (o debería ir) más allá del simple acercamiento inmanentista a las obras. Tiene o tendría que preguntarse por todo aquello que yace detrás de la escritura de un texto literario. Debe indagar su función en el campo literario, su relación con los modelos discursivos hegemónicos; preguntarse a qué tipo de lectores apela; dentro de cuál tradición se instala, etc. Pero, sobre todo, debe ser un ejercicio transdiciplinario. Ahora más que nunca, la crítica latinoamericana debe presentar una plasticidad tal que la haga transitar del espacio académico a los medios públicos y viceversa, y, desde esa dinámica, revitalizar la historia literaria, haciéndola el soporte de una teoría mucho más moldeable. Sólo así será posible dar cuenta de las falacias de la llamada era digital y denunciar su sospechoso discurso democratizador.

No es casualidad que, en el «infinito» y «democrático» espacio abierto por la tecnología virtual, la crítica no tenga –o tenga muy poco– espacio. Ella representa, ahora más que nunca, un fuerte –quizá el mayor– contrapeso contra la hegemonía de la globalización tecnológica y económica. La crítica es, pues, el nexo entre el espacio académico, entiéndase la universidad autónoma o pública, y las transformaciones en el campo literario ejercidas por la hegemonía de la industria cultural. Y en este punto me gustaría señalar de manera sucinta dos labores pendientes de su quehacer. La primera es una urgente necesidad de recuperar el espacio público, estableciendo su distancia con respecto a los discursos mercantilistas de la industria cultural y las políticas neoliberales sobre los bienes culturales. La segunda labor tendría que ver con una re-configuración interna de sus preocupaciones básicas; allí tendrían que revisarse y renovarse tanto las historias literarias nacionales como las estrategias que configuran y transmiten esa selección de obras y autores «representativos» que llamamos canon. Será sólo a través de una lectura crítica de la literatura latinoamericana que se podrá recuperar su función constitutiva de las identidades locales. Todo ello sin dar la espalda al momento histórico actual, es decir, sin negar el hecho de que el mundo se está globalizando y que atrincherarse en un regionalismo desmedido no sólo es absurdo, sino inoperante. Como siempre, la crítica deberá enfrentarse de manera creativa (casi diría plástica) al continuo desarrollo instrumental de los centros metropolitanos y seleccionar de allí lo que más convenga, porque, como bien señaló Reyes en sus «Notas...»: «hemos tenido que ir a buscar nuestros instrumentos culturales en los grandes centros europeos, acostumbrándonos así a manejar las nociones extranjeras como si fueran cosa propia. En tanto que el europeo no ha necesitado de asomarse a América para construir su sistema de mundo, el americano estudia, conoce y practica a Europa desde la escuela primaria» (87).

Retomo en este punto la noción de inteligencia americana. La crítica latinoamericana debe ser la expresión de ese proceso cognitivo. Y no sólo para la determinación de su propio territorio discursivo, sino para constituirse en un nuevo y a la vez antiguo espacio para la discusión; me explico: la nueva crítica deberá, en cierto sentido, continuar y completar la labor iniciada en los días previos a la emancipación política de nuestras naciones, esto es, tendrá que promover un discurso alternativo a las instancias oficiales y mundiales. En pocas palabras, necesitará formar lectores activos y autónomos: nuevos ciudadanos que sean capaces de asumir y compartir no sólo sus diferencias culturales e identitarias, sino los diversos modelos de gobernabilidad, haciendo de la cultura, de las culturas, una dimensión fundamental a la hora de re-pensar los proyectos nacionales y globales. Sólo así será posible replantear el problema de la literatura latinoamericana en los procesos de la globalización sin caer en los excesos de la jerga antihistoricista y desterritorializada de la posmodernidad.

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Es también necesario hacer mención de otros dos elementos (implícitos a lo largo de estas reflexiones) que tienen mucho que ver con las nociones de crítica y literatura latinoamericanas y que, concientemente, he dejado para esta última nota. Me refiero, por supuesto, a las nociones de nación y cultura. Es evidente que parte fundamental de las crisis identitarias de los latinoamericanos pasa por el concepto de nación. La nación había sido, hasta ahora, el receptáculo de las manifestaciones particulares de la identidad, transformándolas en una visión homogénea de la cultura y la personalidad colectivas. Ésa era la lectura corriente de la nación elaborada desde el Estado moderno: una proyección al futuro de los ideales cívicos ilustrados. La crisis de representatividad de lo nacional, sin embargo, no es –o no debería ser– un emplazamiento para su extirpación de las discusiones públicas, sino un momento privilegiado para volver a pensarla como una «significación incompleta», esto es, como una instancia factible de incorporar todo aquello que en su afán modernizador había dejado de lado, sea a través de negociaciones o transacciones, sea a través de políticas culturales abiertas, donde las expresiones artísticas (entre ellas la literaria) y críticas formen parte de los procesos identificadores de la «expresión de los pueblos». Sería, pues, fundamental entender a la nación como un proceso hecho, a diferencia de su pasado iluminista, desde «abajo», como el cimiento de una comunidad de individuos que, sin ser necesariamente iguales, comparten una memoria histórica común; poseen un repertorio de símbolos culturales; reciben una educación sentimental y estética compartida; y enfrentan retos similares.

Y, si hemos de hacer caso a los pronósticos más optimistas de esta etapa histórica, la cultura debería ser el eje de las nuevas políticas de gobierno y de las nuevas estrategias de integración a los procesos globalizadores. Porque si entendemos por cultura un vasto abanico que cubre tanto el patrimonio acumulado como las nuevas expresiones y prácticas (tanto «espirituales» como materiales), y va de los diversos procesos individuales y sociales (incluidas aquí creencias, ideologías e identidades particulares) de integración hasta la capacidad de procesar símbolos, entonces la compatibilidad entre políticas culturales y las definiciones de los nuevos espacios nacionales no tienen por qué ser situaciones contrarias. La defensa de la dimensión cultural es, pues, una estrategia de identidad que muy bien puede pasar de lo individual a lo colectivo, de lo regional a lo nacional, y de lo nacional a lo mundial.

Finalmente me gustaría pensar que en esa relación entre identidad, cultura y nación, la literatura y la crítica desempeñan una labor vital, y de allí mi empeño en reflexionar sobre ellas en estas breves notas. En la medida en que reincorporemos estos temas en nuestra agenda diaria y pública, la discusión se mantendrá como una fuente importante de reflexión cotidiana, y el cuestionamiento sobre el objeto y la utilidad de la literatura y su reflexión dejará de ser una inquisición pragmática y se convertirá en un estímulo intelectual y en un deber cívico. Tal es nuestra labor. Al terminar sus notas, Alfonso Reyes desafió el orden mundial del conocimiento: «Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros» (90). Tiempo es de que nos habituemos a contar con nosotros mismos.

 

* Ponencia presentada en el simposio Globalización, nación y nueva ciudadanía en la América Latina, realizado en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, en Santiago, los días 18 y 19 de agosto de 2004. (N. del A.)

 

1 Se trata, de manera precisa, de la VII Conversación del Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, realizada en Buenos Aires del 11 al 16 de septiembre del ya mencionado año de 1936. En ella participaron intelectuales de la talla de Pedro Henríquez Ureña, Baldomero Sanín Cano, Alcides Arguedas, entre otros.

2 Alfonso Reyes: «Notas sobre la inteligencia americana», Obras completas, vol. XI, México, D.F., 1960, p. 82. Todas las citas del texto provendrán de esta edición, y, en adelante, sólo señalaré, entre paréntesis, el número de página.

3 Jorge Larraín: Identidad chilena, Santiago de Chile, 2001.

4 José Martí: «Nuestra América», Política de Nuestra América, edición de Roberto Fernández Retamar, México, D.F., 1984, p. 42.

5 Sobre el tema véase Martin Jay: La crisis de la experiencia en la era postsubjetiva, edición de Eduardo Sabrovsky, Santiago de Chile, 2003.

6 Manuel Antonio Garretón (coord.): El espacio cultural latinoamericano. Bases para una política cultural de integración, Santiago de Chile, 2003, p. 19.

7 Franco Moretti: «Conjeturas sobre la literatura mundial», New Left Review, No. 3, julio-agosto de 2000, pp. 65-76.

8 Enrique Lihn: Porque escribí. Antología poética, edición de Eduardo Llanos Melussa, Santiago de Chile, 1996, p. 176.

9 Edward Said: El mundo, el texto y el crítico, traducción de Ricardo García Pérez, Barcelona, 2004, p. 11.