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Chorus perpetuus: bailar la plenitud del hombre

Vivian Martínez Tabares

Chorus perpetuus, uno de los cuatro espectáculos cubanos que recibieran el Premio de la Crítica 2002, es otra muestra de cómo Marianela Boán y DanzAbierta avanzan cada vez más a fondo en un proceso de búsquedas que fusiona géneros y explota recursos diversos hacia un teatro total, esa noción que asumimos sirve, teóricamente, para caracterizar las experiencias escénicas, pero que con frecuencia se pervierte o se falsea, en aras del privilegio de un nivel expresivo en detrimento de los otros.

Un coro de cantantes -originalmente bailarines en su trayectoria devenidos eficaces actores, pero a los cuales, como ya he escrito, prefiero calificar de performers o performeros-, interpreta ante el público su repertorio. La música de Mozart, Pergolesi, Moisés Simons, Gershwin, Curiel, o de la propia directora coral y arreglista Nadia Ponjuán, sampleada con virtuosismo por seis bailarines -una "rueda" de tres hombres y tres mujeres enlazados por las muñecas con un pulso elástico rojo-, es el lazo de unión y el desencadenante de contradicciones, cuando las individualidades pugnan por una expresión propia y discrepan del canto unánime del resto. Unos y otros tratan de hacer por su propia cuenta, cambiando el tiempo de la música, introduciendo una melodía no programada o simplemente guardando silencio.

El colectivo vocal atraviesa sucesivas crisis que tienen que ver con manifestaciones aisladas y alternas de alguno de sus miembros. Una cantante prefiere cantar una melodía diferente a la que impone el programa prefijado de la agrupación; otra casi se desploma rendida por el sueño que la asalta en plena faena artística, ajena al desempeño de los demás y hastiada de aburrimiento; en un momento se esboza una división de géneros en dos bandos: femenino y masculino. La tensión entre el individuo y el colectivo estalla cada vez que alguno quiere hacer por su cuenta, y el grupo trata de detener al rebelde, de impedirle disentir del camino elegido por la mayoría: un coreuta se va y es reducido a la obediencia hasta que, entre cargadas y tensiones, es elevado y "crucificado" sobre la masa.

La propuesta elige un camino austero y minimal: sólo están presentes en la escena los actores-bailarines-cantantes -los hombres vestidos de gris y negro, las mujeres de dos tonos de gris, todos descalzos-, con sus capacidades para la danza, el canto y la interpretación, sobre un linóleo neutro y rodeados por una cámara negra, la luz y las seis ligaduras. No hay banda sonora ni escenografía corpórea. La expresividad es siempre una construcción creativa que nace de la inteligencia, que trasmuta el concepto en formas corporales o variaciones vocales y que despierta pensamientos, sensaciones y emociones diversas.
El grupo se mueve, gira, intenta alterar el ordenamiento de sus componentes sin romper el enlazado, para encontrar el mejor espacio, su espacio. Los cuerpos giran sobre sí mismos de cabeza, ruedan longitudinales, dibujan los más imaginativos trayectos, se congelan en fugaces evocaciones de la estatuaria épica o legitiman la gestualidad más desenfadada. La música acompaña a la danza a través de conocidas melodías que encuentran en las voces de DanzAbierta arreglos novedosos y se cruzan con otras en un debate sonoro, o desaparece para dejar la primacía absoluta al movimiento.

Los tensos vínculos entre el individuo y el grupo, la dicotomía entre el ser humano -como el teatro, único e irrepetible- y el variado mosaico de entes que configura la sociedad contemporánea, así como la necesidad de compatibilizar sus respectivos intereses, son las ideas que impulsan cada acción dramática, tarareada o traducida al movimiento de los cuerpos que se enredan, avanzan sincopados o deshacen el grupo en lanzadas al aire, desplazamientos a suelo rasante e infinitas combinaciones en solos, dúos, tríos, cuartetos y quintetos que se intercambian y empastan en alianzas coyunturales, o cruzan melodías y tonos.

En medio del forcejeo entre orden y posibilidad de cambio se van perfilando personajes esbozados con sutileza pero que apuntan a una caracterización dramática, en tanto potencial de contradicciones y diferencias: la intransigente, la conciliadora, la autómata que quiere quedar bien con todos, el apático, el eterno inconforme, el entusiasta. Y la polémica trasciende la armonía de una organización artística para implicar el debate social de más amplio alcance, efectivo tanto para el contexto cubano en el que la unidad, comprometida y voluntaria, ha sido y es factor esencial para la vida de la nación, pero reclama cada vez más un espacio para la diversidad; como para otros contextos, amenazados por el afán homogeneizador de la globalización que diseñan el mercado y los medios. El desenlace es un equilibrio no ingenuo ni socarrón: después de defender sus posiciones y de aprender a tolerarse, después de cada uno encontrar su espacio y el punto común por sobre las diferencias, todos volverán a unirse, de voluntad propia, pero sin lazos ni ataduras externas, porque el hombre en solitario no es nada.

En la hora y cuarto de música, danza y actuación de las mejores, se canta y se rapea en español y en inglés y se improvisa, o se simula que se improvisa -en realidad, en solo una de sus salidas del coro, una bailarina recrea libremente con sus gestos, entre las pautas marcadas del inicio y el fin, la libertad del acto mismo que ejecuta a nivel del discurso, los otros "escapes" han sido cuidadosamente aprendidos y marcados. El poderoso sentido del discurso que sostiene el montaje está dado por la precisión del gesto y los desplazamientos de la coreografía de danza-teatro, en la cual más que el movimiento puro y abstracto de la danza, interesa explorar la expresividad de cada cuerpo y cada rostro, desde las diversas gamas de lo dramático: el histrionismo risueño o la agonía trágica.

La carga conceptual aflora de un entrenamiento basado en las técnicas de soltura y contacto que han guiado la impronta de DanzAbierta, para que la naturalidad pueda sobrevivir bajo el virtuosismo, y lo extraordinario coexista con lo cotidiano. Así, el ser humano, el personaje, la acción dramática, la fábula, la emoción y el argumento se privilegian por sobre el paso que ejecuta el bailarín formalizado. Y la palabra no se soslaya -en El pez de la torre nada en el asfalto (1996), El árbol y el camino (1998), o en el unipersonal de Marianela, Blanche Dubois (2000), sus espectáculos anteriores, fue un medio expresivo elocuente-, pero no es pauta obligada ni centro.

La palabra ha pasado a ser aquí simplemente un elemento más, usado con mesura al aparecer en alguno que otro estribillo intercalado en el tarareo de conocidas melodías cubanas e internacionales, y cuando aflora, el discurso lingüístico que revela es lo suficientemente eficaz para capitalizar un instante de atención que hace evocar también infinitas asociaciones. Un coreuta cita el estribillo de un hit de la música popular cubana de ahora mismo y la hilaridad se desata. En medio de la festiva "Vereda tropical" -referente cultural de amplio alcance para cualquier espectador cubano, en la interpretación paradigmática del desaparecido cantante Tito Gómez- los miembros del coro articulan una frase: "¿por qué se fue?", en reclamo directo a uno de los bailarines circunstancialmente ausente, pero que ahonda en un tema dramático en la vida social cubana y en la memoria personal de cada espectador, con repercusiones afectivas, vinculadas con la ideología en el sentido más amplio, a la vez que puede hasta llegar a aludir esa infinita corriente de desplazamientos que impulsa a ciudadanos de cualquier punto del planeta en la búsqueda de mejor suerte.

Y si en El pez... y en El árbol… los arreglos proxémicos encaraban las contradicciones del momento en que se gestan -las tensiones en el duro empeño de resistir y no claudicar- a través de desplazamientos arriba-abajo, en secuencias de acciones donde el motivo reiterado de movimiento era caerse y levantarse, y en Blanche..., ganada la supervivencia, el movimiento predominante eran infinitas variantes de ir atrás-alante, dentro-fuera, como un tanteo para encontrar el espacio exacto de posicionamiento; ahora en Chorus... la movilidad horizontal no es lineal ni unívoca sino que opera como un doble juego de fuerzas centrífuga y centrípeta, en el que se prueban y se calibran las propias potencialidades y se valora el complemento necesario que entrega -y a la vez reclama- el otro. Del caos al cosmos se aprende a usar la libertad y a disfrutar el estallido de la elección.

La presencia de excelentes intérpretes: Maylín Castillo, Orialys Hernández, José Antonio Hevia, Grettel Montes de Oca, Julio César Manfugás y Alexander Varona, este último relevado luego por Odwen Beovides, revela una sólida formación multidisciplinaria y el aprovechamiento de las potencialidades y destrezas de cada uno. Sus cuerpos también descubren aristas de la cubanía más genuina, como resultado de una postura consciente y autoconsciente: aparecen aquí la sensualidad y el regodeo erótico, a través del disfrute de saber el placer que puede causar el propio cuerpo en el otro, o de contactos audaces, que en contextos distintos pudieran interpretarse como acoso o agresividad pero que aquí forman parte del modo de ser cotidiano; la gestualidad subrayada que sirve más que para enfatizar para esconder los "trapos sucios"; la esencia mestiza y transculturada que está en la génesis de nuestra identidad; la voluntad de "guardar las formas" y la habilidad para generar oportunas máscaras; la disposición festiva y el choteo que nos sirven para superar la precariedad y los malos momentos; el juego deliberado con la multiplicidad de sentidos; la cita de la cultura popular en el pregón en "El manisero", de Moisés Simons, o en la parodia de un famoso cuarteto vocal de los años 60; y la presencia de sentimientos solidarios y de una raigal vocación colaborativa entre la gente.

Marianela Boán y DanzAbierta han sabido vertebrar sencillez y conceptualización, ligereza y hondura, los reflejos espontáneos que expresan los cuerpos jóvenes y entrenados, y una férrea disciplina para encontrar la precisión necesaria, que permita aflorar la organicidad y el hallazgo creativo.
La selección musical, de lo sacro a lo más profano, del horizonte sonoro universal al despelote salsero que recuerda los salones de La Tropical, tiene su apoteosis en el negro spirituals "Deep river", euforia colectiva polirrítmica y multitonal, orgasmo de los sentidos con los que el hombre y la mujer, a plenitud, festejan la elección de su camino y provocan en el espectador, destinatario final y multiplicador, una respuesta activa y catártica, también coral, alborozada y lúdica.

En 1998, quizás mientras construía en el espacio la fábula de El árbol y el camino, Marianela Boán pasaba revista a diez años de búsqueda para llegar a DanzAbierta, y al concluir, enunciaba algo así como su credo:
DanzAbierta, en tanto que estructuras abiertas de composición, en tanto que significados abiertos a partir de estructuras de collage, en tanto que abierta a otros lenguajes. El movimiento como núcleo flexible que se proyecta y pide otros medios expresivos; el gesto y la postura cotidianos, la voz, la máscara, el espacio emotivo, la acción natural, la acción teatral, el bailarín que canta, que actúa, que toca un instrumento, que pinta y siempre el movimiento preguntándose cómo ser cada vez nuevo en el mismo cuerpo.

Y todo esto para una llaga, la llaga abierta señalándole a mis dedos un país, un hombre, una atmósfera, una historia, unos dolores, unos deseos, unas carencias, una nostalgia y una alegría muy específicas. Pidiéndole a esos dedos que se armen de todos los sistemas disponibles de adentro, más adentro y afuera para ser precisos en el momento de tocarla y que sea un dolor tan profundo que haga gritar no sólo con la emoción sino también con el pensamiento.

Chorus perpetuus es un grito de la emoción y el pensamiento, y también es una risa estentórea, un aprendizaje para la razón desde lo vital y lo sensible, el dolor hecho arte para cantar y bailar a la plenitud del hombre.