Odin Teatret en Cuba
Eugenio Barba
Queridos
amigos del ISA,
Al darles las gracias, ustedes ya saben que este reconocimiento no
se me da sólo a mí, sino al Odin Teatret, a sus actores
y colaboradores que trabajan desde hace treintiocho años, y
a todos los que integran la cultura del teatro de grupo de cualquier
parte del mundo -este Tercer Teatro al que el Odin se siente orgulloso
de pertenecer.
Debo admitir que estoy emocionado y muy satisfecho. Aquí culmina
un vínculo con vuestra isla que empezó en 1946 en Buenos
Aires, en el café Rex, donde el escritor polaco Witold Gombrowicz
solía reunirse con sus amigos para traducir Ferdydurke,
una novela que ha significado mucho en mi vida. En sus memorias Gombrowicz
recuerda sobre todo a dos de aquellos amigos, su fantasía y
empatía creativa a la hora de trasladar al castellano las excentricidades
y las paradojas lingüísticas de su libro. Los dos eran
cubanos y se llamaban Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez
Torneu. De esta forma Cuba entró en mi vida: a través
de la solidaridad de artistas desterrados.
Fue en 1963 que conocí por primera vez a un cubano. Era el
jovencísimo director del Teatro Nacional de La Habana. Durante
un congreso de teatro en Varsovia, tomó la palabra y expresó
su emoción por un espectáculo que había visto
fuera de la programación oficial: Akrópolis,
de Grotowski, que en aquel entonces estaba marginado por el régimen
socialista. Recuerdo el trastorno que la intervención de Eduardo
Manet -representante de una Cuba socialista, tropical y atrevida-
creó en el ambiente ortodoxo del Partido y del teatro polaco.
Su discurso contribuyó a legitimar el trabajo de Grotowski
permitiéndole extenderse fuera de Polonia como una provocación
y un estímulo incesante para todos nosotros.
Más de veinte años después, en la pequeña
ciudad danesa de Holstebro, un actor sueco de un grupo de teatro político
llamó a la puerta del Odin Teatret. Acompañaba a un
joven cubano, que quería visitarnos. Era Helmo Hernández,
todavía hoy muy activo en vuestra vida cultural. En aquella
época los vientos del teatro político soplaban vigorosamente
sobre Europa. El Odin era acusado constantemente por su manera de
tomar posición, por su "formalismo", por su decisión
elitista de limitar el número de espectadores. También
en Cuba, cuando el nombre del Odin aparecía en los debates
o en las publicaciones, el escepticismo y la desconfianza eran más
que evidentes. La visita de Helmo Hernández me hizo redescubrir
la curiosidad intelectual y el deseo de diálogo profesional
de los pocos cubanos que había conocido. Lo invité a
la cuarta sesión de la ISTA, la International School of Theatre
Anthropology, que tuvo lugar en septiembre de 1986, en Holstebro.
Algunos meses después, de camino a Uruguay por una gira del
Odin, decidí aterrizar en La Habana y visitarlo. Permanecí
unos pocos días y, a pesar de que mi visita no era oficial,
Helmo organizó encuentros y conferencias. Así nacieron
algunas amistades tenaces con Flora Lauten, con Marianela Boán,
Víctor Varela, Magaly Muguercia, Rosa Ileana Boudet, Vivian
Martínez Tabares. Helmo me llevó al Teatro Escambray,
que conocía a través de mis lecturas y al que admiraba.
Nos acompañó Vicente Revuelta. En mi memoria permanece
imborrable el lago del Hanabanilla, sus aguas cobalto y esmeralda,
las montañas alrededor cubiertas de palmas reales, una pequeña
barca con Helmo a los remos, y Vicente Revuelta y yo discutiendo,
como dos niños crédulos, de fantasmas y sirenas, de
dragones, ogros y ángeles; es decir de teatro y política.
La aceptación del herético Odin Teatret tuvo lugar en
1989. Alentada por el director peruano Miguel Rubio, esta vez fue
Raquel Carrió el sagaz caballo de Troya que introdujo oficialmente
el Odin en Cuba con Judith, el espectáculo unipersonal
de Roberta Carreri, y un curso mío en vuestra sede, el ISA.
También participamos en la primera sesión de la Escuela
Internacional de Teatro de la América Latina y el Caribe (EITALC)
en Machurrucutu. Aquí se originó el fuerte vínculo
con Osvaldo Dragún, uno de los artistas más puros y
comprometidos que he conocido, uno de los habitantes más queridos
de mi patria profesional.
Luego ya no recuerdo cuántas veces el Odin ha visitado Cuba.
A veces he venido yo solo, otras veces Julia Varley. La larga gira
de todo el grupo en 1994, en plena crisis económica del "período
especial", fue mérito de Lecsy Tejeda y Eberto García
Abreu.
Y heme aquí de nuevo, rodeado por mis compañeros del
Odin Teatret, entre algunas de las personas que dan sentido y valor
a mi quehacer teatral, y cuya perseverancia y compromiso me sostienen
en mis momentos de desaliento. Esta última visita de seis semanas
en varias ciudades de provincia y en La Habana, también tiene
su origen en aquello que, para mí, es la esencia de la cubanidad:
tomar posición, impulsados por una motivación inaplazable.
El Odin está hoy en Cuba gracias a la motivación de
Omar Valiño, secundada por Maité Hernández-Lorenzo
y un puñado de amigos leales del Odin, y gracias a las intervenciones
taumatúrgicas de Julián González. Hoy toda la
gente del Odin les da las gracias con la alegría de una certeza:
que durante años y años seguiremos encontrándonos
resistiendo juntos al espíritu del tiempo.
LA
DANZA DE LO GRANDE Y LO PEQUEÑO
Esta lista de nombres y de hechos son anécdotas privadas, pero
también hechos históricos. ¿Qué veo cuándo
pienso en la historia? Veo la danza de lo Grande y lo Pequeño.
Su ritmo grotesco, tierno, al final siempre cruel, impide que el tiempo
fluya de manera uniforme, y en cambio lo araña y sacude, llenando
nuestras vidas de esencia y sustancia, de perfumes y pasiones.
En esta danza hay momentos en que somos arrastrados y momentos en
que somos nosotros los que influimos sobre el curso del tiempo. Entonces,
parece que nuestras manos conducen nuestro destino. Muchos piensan
que esta posibilidad de modelar el propio destino es una mera ilusión.
En realidad, es la ilusión de una ilusión.
Existe la Gran Historia que nos arrastra y nos sumerge, y sobre la
cual muy a menudo sentimos que no podemos intervenir. Ni siquiera
podemos conocerla. No podemos entender en qué direcciones se
mueve, mientras se está moviendo, y nosotros con ella. Sólo
observándola a distancia, una vez que ha pasado el tiempo,
sus vueltas y vuelcos nos parecen claros. La Gran Historia no nos
concede ninguna libertad. Procede inexorablemente sin que sepamos
adónde va ni por qué. A menudo la explicamos con cuentos
de hadas que hablan de Esperanza o Desesperación, todos igual
de insensatos, a pesar de que, a veces, su insensatez enciende una
débil luz en la oscuridad que nos envuelve.
Sin embargo, en la Gran Historia es posible recortar pequeñas
islas, minúsculos jardines donde nuestras manos pueden ser
eficaces, donde podemos vivir nuestra Pequeña Historia.
La Pequeña Historia, tejida con rechazos y "supersticiones",
es la de nuestra vida, la de nuestro hogar y de nuestra familia, la
de los malentendidos, encuentros y coincidencias que nos han conducido
al oficio y al ambiente a los cuales hemos decidido pertenecer.
Es evidente que la Gran Historia y las Pequeñas Historias no
son independientes. Pero las Pequeñas Historias no son simples
porciones de la Grande.
Los niños que construyen un pequeño dique en los márgenes
de la corriente de un gran río para hacer una pequeña
piscina donde bañarse y chapotear, no juegan en la impetuosa
corriente. Pero tampoco están en un agua distinta de la que
fluye en medio del río. Las Pequeñas Historias pueden
crear pausas y hábitats imprevistos en los márgenes
de la Gran Historia y transmitir al futuro las huellas de su diferencia.
Voltaire habló de todo esto en su Cándido. Bajo
un diluvio de aventuras e ironía se derrumba la ilusión
de que el mundo donde vivimos sea habitable, o sea "el mejor
de los mundos posibles". Después de haber participado
largamente en el juego mecánico de la lucha entre optimismo
y pesimismo, en la última página el protagonista de
Voltaire se amarra a la conciencia de que sólo se puede trabajar
sin pensar en el destino del propio trabajo, de que hay que comprometerse
a "cultivar el propio jardín". Esta actitud no significa
rendirse, ceder, no es una llamada al egoísmo o a una visión
restringida y egocéntrica de la vida. Es la afirmación
de la necesidad de contradecir la Gran Historia con una Pequeña
Historia que nos pueda pertenecer. E intentar hacerlas danzar.
El teatro es un intento de estar en el agua del río sin dejarse
arrastrar por la corriente. Esto es la historia del teatro: pequeños
jardines, charcos de agua al amparo del ímpetu de la corriente,
a veces inundados por ella.
LA
OTRA CARA DE LA CONTINUIDAD
Detengámonos un momento sobre la expresión "Historia
del teatro". Para que algo tenga una historia tiene que haber
una cierta continuidad entre su pasado y su presente. ¿En qué
consiste la continuidad del teatro?
Existe una categoría de teatros que son como casas que sobreviven
a sus habitantes y mantienen una identidad propia pasando de mano
en mano. Luego existe otra categoría de teatros que no están
hechos de piedras y ladrillos, cuya consistencia reside en el grupo
vulnerable de personas que los componen. Desaparecen con estas personas.
No pueden ser ni heredados ni rellenados de nuevos contenidos.
La vida del teatro es una danza de continuidad y discontinuidad. Las
historias de los teatros vulnerables a menudo interfieren con las
historias de las casas del teatro, pero se mueven basándose
en diseños independientes. Su forma, su manera de organizarse,
su manera de entrar en contacto con los espectadores y con la realidad
social circundante, no se adapta a los modelos de los teatros duraderos.
Deriva de necesidades personales y del grado de distancia con los
valores de las prácticas reconocidas y consolidadas.
Es la historia subterránea de teatros sin nombre y sin fama.
Es un terreno oscuro y turbulento donde surgen y desaparecen valores
imprevisibles y experiencias imprevistas. El teatro aquí se
renueva y trasciende. Se trata de una trascendencia concreta que consiste
en la superación de los límites que tradicionalmente
distinguen lo que es teatro de lo que no lo es, que infringe las fronteras
entre el trabajo sobre el personaje y el trabajo del individuo sobre
sí mismo, entre la práctica artística y la intervención
política o social.
Al comienzo del nuevo milenio, la energía de la vida teatral
surge de la tensión entre las luces fijas del firmamento teatral
y las turbulencias de los teatros vulnerables, entre las casas del
teatro y los teatros que exploran los desiertos, entre la estabilidad
y la inquietud.
Esta tensión es algo nuevo.
Durante siglos, a partir del siglo XVI, la fuente de energía
para el teatro de origen europeo fue la tensión entre tradición
y experimentación. En el siglo XX la sede de la experimentación
fueron los teatros de aficionados y, a veces, el teatro profesional,
cuando intentó inventar nuevas fórmulas para proteger
la propia existencia y la propia dignidad. Focos de experimentación
fueron los ambientes de los futuristas, dadaístas y surrealistas,
hasta llegar a las corrientes más recientes de las vanguardias
artísticas que han influido en la cultura contemporánea.
Fueron nichos de experimentación teatral los Teatros Libres
y los Teatros de Arte, empezando por Antoine y Stanislavski.
También
en los teatros asiáticos la tensión que es fuente de
energía, fue durante mucho tiempo aquella entre el respeto
a las formas de la tradición y la pulsión de innovación.
Por razones culturales y políticas, esta tensión se
entrelazó a la confrontación entre influjo extranjero
y fidelidad a las formas autóctonas. Por un lado se convirtió
en el impulso de apropiarse de técnicas, estilos y objetivos
artísticos de los países más potentes y colonialistas;
por otro, fue el impulso de rechazar estas formas extranjeras y de
redescubrir el valor del propio saber teatral. Esta dialéctica
de fagocitación y rechazo, con sus numerosas variantes, caracteriza
la creatividad de muchos artistas de los teatros africanos y sudamericanos.
También en el teatro de origen europeo la tensión entre
tradición y experimentalismo ha tenido un encendido color político.
Experimentación y vanguardia, a menudo fueron la expresión
del rechazo frente a la prudencia conservadora, o de la rebelión
contra las instituciones culturales de las castas privilegiadas, y
de sus refinados instrumentos de poder.
Hoy, al inicio de un nuevo milenio, el panorama ha vuelto a cambiar.
La rebelión del teatro es sobre todo creación de una
condición de insularidad, de exilio interior, una forma material,
a menudo no explícita, de disidencia. Toda la órbita
del teatro es marginal respecto a los centros en que pulsa la vida
y la cultura de nuestro tiempo. El teatro parece ser una reliquia
arqueológica de épocas pasadas. Y sin embargo, incesantemente
se renueva. Continúa llevando la marca de una diversidad que
puede tener la debilidad de un límite o la fuerza y la dignidad
de quien se reconoce en minoría.
Hoy el teatro puede ayudarnos a proteger nuestra diferencia. Entonces
se convierte en la práctica de una disidencia.
UN
MODO PARTICULAR DE MOVERSE
Los años me han enseñado lo importante que es redefinir
para mí mismo los términos habituales de trabajo para
destilar nuevas imágenes, sabores y fragancias. Es como si
el oficio teatral me ahogase. La única manera de respirar un
poco de oxígeno es explicándome a mí mismo qué
es el teatro; por qué continúo haciéndolo;
cómo alcanzar un conocimiento que contiene su opuesto,
es decir, cómo huir de la acumulación de la experiencia
que se cristaliza en una identidad y se convierte involuntariamente
en una limitación; dónde hacer estallar con mis
compañeros del Odin estas décadas de prestigio, de soledad
y de orgullo. En qué prisión, castillo, ghetto o isla
lejana establecer aún un trueque, un momento efímero
e ilusorio de reciprocidad y paridad.
Si hoy, queridos amigos cubanos, me preguntaran qué es el teatro,
respondería: es un modo particular de moverse. Este "modo
particular" es un ethos, un comportamiento que manifiesta
un saber artesanal incorporado, y al mismo tiempo es un nudo convulso
de "supersticiones" y fantasmas personales, lo que llamamos
valores, nuestra brújula de la vida. Para un actor y un director,
moverse significa someterse con coherencia y disciplina durante años
a una práctica mental y somática que nos desarraiga
de los lugares comunes y de los prejuicios de nuestra cultura de origen,
y nos impulsa hacia los territorios escabrosos de la "otredad".
Esta otredad tiene dos caras. Es el otro en nosotros mismos, aquella
parte de nosotros que vive en exilio, en la profundidad más
profunda de nuestro ser; y es el otro ser humano, separado y distante
de nosotros por el temperamento, la cultura o el sexo. El teatro no
puede ser un encuentro filantrópico donde se busca comprender,
explicar o aceptar lo diferente. El teatro es una lucha incruenta,
es nuestra necesidad de apropiarnos del otro -los autores, los colegas
de trabajo, los espectadores, los muertos-, de fundirnos con él,
de devorarlo, utilizando todo nuestro metabolismo para absorber lo
esencial y expulsar lo superfluo. La confrontación con el otro
es un rito de transmisión que renueva el reconocimiento de
fuerzas y cualidades recíprocas e inexplicables.
El teatro nos mueve de la realidad inferior a la realidad de la existencia
profunda. Desde la superficie nos proyecta hacia la corriente opaca
de las energías que actúan ocultas. Basta recordar a
Marx, Freud, Niels Bohr y los fundamentos sobre los cuales nos movemos,
el universo subatómico que niega las evidencias de la física
de Newton y escarnece las relaciones de causa y efecto, de tiempo
y espacio, de pasado y futuro.
El teatro mueve nuestro universo interior hacia el mundo de los eventos
concretos e impulsa nuestra Pequeña Historia a bailar con la
Gran Historia. Nuestra rabia, nuestras exaltaciones y nuestros extravíos
se enfrentan a la disciplina del artesanado teatral. Emociones, sensibilidades
e impulsos se someten a un proceso de ficción transformándose
en acción perceptible que acaricia o araña los sentidos
y la Pequeña Historia del espectador.
El teatro nos eleva o nos hace descender socialmente, nos hace ser
aceptados, reconocidos y reconocibles o bien rechazados, a veces perseguidos.
El teatro europeo es la historia de un oficio discriminado, con numerosos
ejemplos de actores que abatieron las barreras sociales gracias a
un consenso de admiración. Rachel, Adelaide Ristori, Jenny
Lind, Eleonora Duse, Johanne Louise Heiberg, y tantos otros procedían
de ambientes despreciados y rechazados, judíos, gitanos, hijos
ilegítimos o hijos de humildes cómicos de la legua.
El teatro nos mueve literalmente, nos hace viajar, es la materialización
de una geografía que atravesamos física y mentalmente
para visitar lugares y ambientes lejanos, para encontrar temperamentos
y temperaturas que sorprenden. El teatro es un vaivén de relaciones,
un nomadismo arraigado en un ethos, un artesanado incorporado.
Afirmo que el teatro es una manera particular de moverse. Sin embargo,
esta definición vale desde el punto de vista de quien lo practica.
Moverse es un verbo reflexivo que se refiere al sujeto, una serpiente
que se muerde la cola. Cualquier definición de teatro debe
tener en cuenta que el espectáculo crea un fajo de relaciones
con distintas realidades y siempre en un tiempo/espacio social. El
teatro es una manera particular de mover al espectador.
Este es el objetivo del largo aprendizaje y de los esfuerzos continuos
de cada actor: mover al espectador, crear una ficción, una
ilusión que alucine. Durante el espectáculo, las características
personales y la pericia de los actores, los comportamientos y los
destinos de los personajes, las tensiones y las peripecias del relato
tienen que perder su consistencia para los sentidos del espectador,
y transformarse en un puente transparente que acerque a cada espectador
a sus heridas y cicatrices interiores, a las huellas de sus luchas
y de sus compromisos. Este diálogo consigo mismo puede acontecer
sólo si el actor logra despertar las energías adormecidas
del espectador y provoca resonancias, sensaciones y memorias que permiten
reflexionar en términos de intimidad, en términos de
Pequeña Historia. Sólo si el actor consigue moverse
crea las premisas para mover al espectador, seducirlo y desplazarlo
provisoriamente de la trinchera de sus convicciones.
Hablando en términos de oficio teatral, mover al espectador
presupone la asimilación de modos paradójicos de pensar
y comportarse sobre la escena. El "si mágico" de
Stanislavski, el efecto de distanciamiento tan apreciado por Brecht,
los principios pre-expresivos evidenciados por la Antropología
Teatral son algunos de los caminos que el actor puede seguir para
estar presente en sus acciones. El actor genera una calidad distinta
de presencia, provoca una ósmosis con las energías del
espectador y realiza un acto social que se convierte en meditación
individual.
Es el triunfo de la presencia absoluta, el compromiso total del individuo-actor
que realiza sus acciones hic et nunc, aquí y ahora,
frente a los espectadores, en el centro de su época y su sociedad.
Pero el actor crea la realidad de la ficción para poder
estar en "otra parte". El teatro es el arte de la ubicuidad:
toma posición frente a las circunstancias en que nuestro destino
personal y la Gran Historia nos han arrojado, y al mismo tiempo nos
transporta a la Utopía, a una cotidianidad ideal. El teatro
permite vivir dentro de las entrañas del monstruo
y al mismo tiempo en una isla de libertad.
¿Dónde está esta "otra parte"? ¿En
qué lugar físico, geográfico, afectivo y mental
se encuentra?
DISIDENCIA
Y UTOPÍA: UN TIEMPO DENTRO DE OTRO TIEMPO
Una mañana serena, en una villa de Roma, un hombre sesentón
corre y salta por los prados como un niño. Ha pasado gran parte
de su vida en prisión, aislado y torturado. Ahora, finalmente
es libre. Nació en 1568, en Calabria, en el extremo meridional
de Italia. Se llama Tommaso Campanella, y es el autor de La ciudad
del sol, una obra sobre una sociedad utópica. La había
escrito en la cárcel en 1602, inspirado en la Utopia,
de Thomas More, el humanista decapitado por negarse a firmar el documento
que reconocía a Enrique VIII como jefe de la Iglesia anglicana.
De origen campesino, Campanella era un monje dominico, teólogo,
filósofo, astrólogo. Tenía visiones y hacía
profecías. Sus enemigos lo llamaban mago y brujo. Escandalizado
por las restricciones intelectuales de la mentalidad eclesiástica
había abandonado la orden monástica, lo cual, en aquella
época, era un crimen. Campanella es encarcelado. Al recuperar
la libertad, se convierte en uno de los jefes de una conjura contra
el gobierno español que dominaba el sur de Italia. La conjura
es descubierta y los ciento cuarenta conjurados, entre los cuales
había catorce monjes, son encadenados y trasladados a Nápoles.
Algunos prisioneros son descuartizados ante la multitud y su muerte
se transforma en espectáculo. Otros son ahorcados en los palos
de las naves de la flota española. Los restantes son torturados
para que confiesen los nombres de los cómplices de la revuelta
armada.
Campanella es sometido a la tortura del "potro", es acostado
en una viga de madera y estirado con cuerdas hasta que estas desgarran
sus carnes y dislocan sus huesos. Luego es colgado con los brazos
atados a la espalda. Al final es sometido a la tortura de la "vigilia",
el invento reciente del juez Hipólito Marsilis. Se daba una
abundante cena y vino al prisionero. La difícil digestión
favorecía la aparición del sueño, pero no se
le dejaba dormir. Durante veinte, treinta, cuarenta horas seguidas
se le obligaba a estar sentado en un taburete alto, que no le permitía
apoyar los pies en el suelo, con los brazos atados a la espalda y
tensados por una cuerda. Cada vez que la cabeza se inclinaba por el
sueño los guardianes le pegaban.
Campanella
se da cuenta de que al final de la tortura lo van a condenar a muerte.
Sabe que está prohibido ajusticiar a un pecador, delincuente
o hereje que sea loco. Un loco no tiene la conciencia para arrepentirse
de sus errores. Las condenas y tormentos tienen como objetivo permitir
que el condenado se redima a los ojos de Dios. Por lo tanto es esencial
que el condenado sufra y muera en plena conciencia para que tenga
la posibilidad de aceptar la condena y arrepentirse.
Entonces Campanella simula estar loco. La ficción dura días,
semanas, meses, sin tregua, sin distracciones. Entre una sesión
de tortura y la otra, Campanella se comporta como un demente. Hace
muecas, murmura frases sin sentido, es sacudido por convulsiones,
incendia el lecho de paja de su celda. Durante la última larga
tortura de la "vigilia", a la cual debería seguir
la condena a muerte, responde a cada pregunta con las mismas obsesivas
palabras: "diez caballos blancos".
- ¿Eres consciente de que tus pecados te condenan a muerte?
- Diez caballos blancos.
- ¿Has hecho alguna vez prácticas de magia?
- Diez caballos blancos.
- ¿Alguna vez has invocado a Satanás?
- Diez caballos blancos.
- ¿No has declarado que existen otros mundos habitados fuera
de nuestra tierra?
- Diez caballos blancos.
- ¿Sostienes que el Papa es un usurpador?
- Diez caballos blancos.
- ¿Eres tú quien ha escrito el infame opúsculo
anónimo titulado Los tres impostores, donde incluso
Jesucristo es declarado impostor junto con Moisés y Mahoma?
- Diez caballos blancos.
Al final, la mañana del 6 de junio de 1601, después
de una última y larga "vigilia", es declarado legalmente
loco y condenado a cadena perpetua. Él mismo firma el documento
con una cruz, tal como correspondía a los que no sabían
leer ni escribir. Permanece en prisión hasta 1626 donde compone
La ciudad del sol, su visión utópica de una sociedad
noble y justa, y escribe numerosos libros y poesías. Es su
"otra libertad" -veintisiete años de "otra libertad",
su "otro lugar".
La utopía es el salto a "otro lugar" cuando el mundo
en que vivimos nos enseña su cara repelente. Thomas More y
Tommaso Campanella están entre los primeros intelectuales que
muestran los vínculos entre utopía y disidencia. O mejor,
indican como la disidencia es la capacidad de vivir un tiempo dentro
de otro tiempo, la práctica de una ubicuidad que nos permite
vivir simultáneamente en el tiempo-prisión y en una
isla de libertad, la piscina que a veces nos permite estar en el agua
de la Gran Historia sin dejarnos arrastrar por sus corrientes.
LA
DIFERENCIA INQUIETANTE
Es importante preservar el testimonio de que, en la práctica,
la disidencia es posible y eficaz. ¿Cómo se puede ser
disidente de una manera eficaz?
Según la historia de la palabra, "disidencia" viene
del latín dissidere: sentarse (sedere) separadamente
(dis). Fue utilizada por primera vez para designar a los protestantes
polacos en la Pax dissidentium, firmada en Varsovia en 1573,
cuando el rey, Enrique de Valois, se empeñó en respetar
la libertad de culto y de opinión política. Por tanto,
el disidente no es el cismático, el que abandona, el que se
va, el que se separa. El disidente es el que crea una distancia sin
separarse para evidenciar sus "supersticiones" y su diferencia.
La diferencia en sí misma no es un valor, es una condición.
Puede ser una condición de inferioridad, o una fase que preludia
la integración, o tal vez una segregación escogida o
sufrida. La diferencia se vuelve fecunda sólo si se convierte
en inquietante. Normalmente, los cuerpos extraños, aquellos
que calificamos de "diferentes", generan indiferencia, son
desplazados a los márgenes de nuestra mente y de nuestra sociedad.
O tal vez son experimentados como algo amenazante, lo cual genera
hostilidad. Luego, cuando ya no dan miedo, cuando además de
extranjeros y extraños están vencidos, se convierten
en museo y espectáculo adquiriendo la fascinación de
lo exótico.
El teatro está fuera de esta lógica. Puede ser una diferencia
mimada, subvencionada o incluso sólo tolerada. Puede ser una
diferencia que se contenta de sí misma. O puede convertirse
en la práctica de una disidencia que consigue, al mismo tiempo,
fascinar, hacerse respetar y mostrarse irreductible. Es inquietante
porque no se adapta a las reglas de la lucha. Luchar contra este tipo
de disidencia sería como luchar contra una sombra: cuanto más
estrechamente la agarras más se te escapa de las manos.
La lucha establece que haya un vencedor y un vencido, o -como tercera
y precaria posibilidad- una tregua. Pero al final de todo, la lucha
tiende a eliminar el problema y la contradicción y deja triunfar
la homogeneidad y la integración. Otra cosa muy distinta es
la transmisión de una sombra indeleble atada a una "superstición"
y a una práctica que agujerean la solidez del espíritu
del tiempo. No se trata de vencer o ser vencidos, sino de preservar
una presencia que no se adapta y que no se hunde en las arenas movedizas
de la indiferencia circundante. La diferencia inquietante no vence
en la medida que consigue prevalecer, sino en la medida que
consigue resistir y salvaguardar la capacidad de transmitir al futuro
la marca de la propia no-pertenencia. No es posible no estar en este
mundo. Pero es posible no pertenecer a él.
El
teatro es la experiencia de una diáspora voluntaria de todo
aquello que conocemos, de las certidumbres y las coartadas de nuestra
cultura. A veces alguna de nuestras obras son acariciadas por las
nubes, aparecen bellas y son aplaudidas. Pero su incandescencia y
duración en la memoria de las Pequeñas Historias y de
la Gran Historia están indisolublemente unidas a la acción
anónima, rigurosa y cotidiana, de hombres y mujeres que encarnan
el paradójico oficio de la ubicuidad: tomar posición
en disidencia hacia el mundo que nos rodea para vivir en la utopía.
UN
GRANILLO DE ARENA
El concepto de Utopía está estrechamente conectado al
de isla. La isla no está aislada, es una realidad en el mar,
que es el medio de comunicación por excelencia. La isla está
conectada con el mundo alrededor y es distante. No está separada.
Recordemos los grandes relatos que nos ha legado el pasado. Recordemos
los mitos de los jardines. Todo jardín sereno tiene su insidia.
Siempre hay el veneno de una serpiente que se esconde en la hierba
del Paraíso.
¿Cuál es la serpiente que se esconde en la isla de libertad
del teatro?
Cuando empezamos nuestra profesión, nuestro sueño más
grande es poder echar amarras en la tierra del oficio, cultivar sus
árboles del Conocimiento, encontrar en una lucha-abrazo sus
espíritus familiares y aquellos espíritus que la invaden
desde los puntos remotos de la tierra.
Cuando empezamos, tenemos una llama entre las manos para iluminar
una voz lejana: nuestra vocación. Con los años, nuestras
manos estrechan cenizas, y toda nuestra energía y nuestro saber
se tienden en el esfuerzo de mantener en vida las brasas que todavía
arden.
No
hemos desembarcado en la isla de la libertad, nos hemos precipitado
en las entrañas del monstruo.
El teatro es un monstruo que ahoga tramposamente nuestra necesidad
originaria con la costumbre, la repetición, las coartadas y
la triste fatiga. El teatro se convierte simplemente en un trabajo,
una familiaridad con un oficio que ha perdido su magia, su ethos,
sus ideales. A la hora de cenar nos sentamos a la mesa. A la hora
de dormir bostezamos. Cuando vemos un árbol, recogemos su fruto.
El teatro sobrevive y nos hace sobrevivir envueltos en un sano fatalismo
de indiferencia y tibieza.
Sólo la revuelta nos puede proteger, una rebelión contra
nosotros
mismos, contra nuestros pequeños compromisos, contra nuestro
impulso natural a escoger las soluciones conocidas y seguir el camino
menos arduo. Lo que transforma el monstruo en una isla de libertad
es el camino del rechazo, el trabajo anónimo e incorruptible,
cada día, por años, años y años.
No debemos nutrir aspiraciones ambiciosas. Debemos ser conscientes
que somos sólo un granillo de arena en las entrañas
del monstruo.
Debemos
ser arena, no aceite, en la máquina del mundo.