Dramaturgias posibles en América
Latina y el Caribe
Encuentro de Teatristas
Programa
Presentación
Versiones y subversiones
Bacantes, Angelitos empantanados, O Marinheiro y Pinocho,
y El enano en la botella
Raquel Carrió y Flora Lauten, Cristóbal Peláez
y Raúl Martín
Dramaturgia del actor, desdoblamientos y simulaciones
Teresa Ralli (Antígona), Pablo Ruiz (La última
cinta magnética) y Waddys Jáquez (Pargo)
Autores de espectáculos: los directores
Abelardo Estorino, El baile ¿obra original o cuaderno
de dirección? y César Brie, Las abarcas del tiempo
¿experimentar con un actor-poeta?
Narración, límites y contaminaciones
Perrerías, Crónica de una muerte anunciada y
Chorus perpetuus
Aproximaciones de Radhamés Polanco (actor), Gonzalo Callejas
(actor y director) y Alejandro Aguilar (asesor)
Vivian Martínez Tabares: Cada vez más en la
práctica escénica contemporánea el término
dramaturgia se abre a definir nociones movedizas, que abarcan desde
el texto que concibe el autor en soledad, las infinitas maneras de
leer, recrear o crear imágenes audiovisuales que elabora un
director, un coreógrafo o un equipo de artistas y técnicos,
o la construcción de una partitura por parte del actor o del
danzarín. También designa la selección de las
acciones y su organización en el espacio y en el tiempo, o
la autoconciencia de un proceso de contaminación que conforma
sus propias leyes. Y está presente como forma narrativa, ligada
a una "historia" o a una sucesión de imágenes,
y como estímulo que se dirige a la reacción sensorial
del espectador. De cualquier modo, por una u otra vía siempre
el teatro es una colaboración entre texto y escena, un camino
lleno de bifurcaciones y variables que quizás, por la dualidad
literaria y propiamente dramática de una de las partes, pueda
resumirse en tres alternativas básicas: crear para el texto,
crear con el texto (o contra el texto) y prescindir de él.
En un iluminador ensayo de Santiago García, el maestro colombiano
comentaba cómo el surgimiento de dramaturgias propias en la
región era un fenómeno relativamente nuevo, y cómo
la dramaturgia latinoamericana "se nos aparece como un enorme
tejido en el que las múltiples redes de comunicación,
aunque le dan una evidente dificultad de análisis, por otra
parte constituyen la riqueza innegable de cada uno de los procesos
creativos que la conforman."
Para explorar entonces algunas de las dramaturgias posibles en la
escena de la América Latina y el Caribe presentes en esta temporada
Mayo Teatral --en cuya programación coexisten rescrituras de
clásicos, desdoblamientos unipersonales, dinámicas sin
palabras y poemas estáticos--, hemos querido convocarlos a
un cruce de ideas, propuestas y perspectivas que aspiramos sea útil
para cada uno, a la vez que una ocasión de sentarnos a meditar
acerca del quehacer que sostiene las propuestas artísticas
por parte de cada uno de los grupos.
Nos anima una voluntad semejante a aquella que generó desde
esta misma Casa los Encuentros de Teatristas Latinoamericanos y del
Caribe en 1981, 1983, 1987, momentos que sirvieron para analizar la
propia autodefinición del teatro de la región y su participación
en el proceso de reafirmación de la identidad latinoamericana
y caribeña. Por eso, al fortalecer Mayo Teatral como una temporada
de puestas en escena, que deliberadamente rehuye la denominación
de festival y acentúa el carácter de encuentro, el pasado
año decidimos contemplar una jornada especialmente destinada
al intercambio. Y nos reunimos en esta sala para hablar de los grupos
y de las otras formas de organización que elige el teatro latinoamericano
y caribeño hoy, de los cruces interculturales que animan muchas
experiencias contemporáneas y del aporte del arte conceptual
a la noción performativa, entre otros temas.
Hoy, los convocamos a este encuentro, como un momento imprescindible
de reunión, de conocimiento o reconocimiento entre los artistas,
y como complemento necesario a la experiencia viva que tiene lugar
entre actores y espectadores. Y con el tema que hemos elegido, centrado
en las dramaturgias posibles, más que un intercambio académico
buscamos confesiones creativas, testimonios reveladores que nos aproximen
a nuevas conceptualizaciones, como una ocasión para encontrar
potencialidades de desarrollo.
La estructura de organización que les proponemos es sólo
un punto de partida convencional y práctico para aprovechar
el tiempo de esta jornada. La mayor parte de los creadores incluidos
en el guión para alentar las "provocaciones" pudieran
intervenir en varios de los otros puntos y generar temas nuevos. Y
muchos participantes no incluidos en esta primera pauta pudieran aportar
también una experiencia elocuente. Los invitamos entonces a
activar un diálogo múltiple, tan variado en texturas,
tonos y colores como los teatros y las dramaturgias a los que ustedes
dan vida en este Mayo Teatral.
Raquel Carrió: Versiones
y subversiones se ajusta mucho al trabajo que en el Teatro Buendía
hemos hecho durante varios años. Bacantes no es el primer
espectáculo que surge como parte de un proceso investigativo
en el cual el texto es un punto de partida de investigación,
y para la creación, de lo que se ha llamado una escritura escénica:
lo que se va construyendo sobre el escenario, el texto del espectáculo,
y en el cual no intervienen solamente el dramaturgo, el asesor, el
dramaturgista --que en este caso soy yo-- o el director, sino todo
el colectivo, y los actores de una manera muy palpable.
Bacantes continúa el tipo de trabajo que se ha venido
haciendo desde la formación del Buendía en 1986, con
un grupo de graduados de actuación del Instituto Superior de
Arte. Flora Lauten, la directora, y yo hemos sido profesoras del ISA
durante muchos años. Flora imparte actuación y dirección,
y yo, dramaturgia e investigación teatral; y desde el principio
nos planteamos como un problema muy esencial la relación entre
texto y escena. En parte porque Flora viene del mundo de la escena;
había sido actriz y directora; en cambio, mis estudios eran
básicamente literarios. Flora traía experiencias de
otros grupos: Teatro Estudio, Teatro Escambray y allí estudia
cómo construir un texto escénico. A mí me fascinaba
eso, y empezamos a trabajar de esta manera. Hay espectáculos
como Las perlas de tu boca, Las ruinas circulares, La cándida
Eréndira, y Otra tempestad, en los que siempre partimos
de un texto o de varios: dramáticos, poéticos, narrativos,
de cualquier tipo, porque para mí la dramaturgia es algo que
está entre la investigación y la escena. Quizá
me lo planteo así por ser profesora de investigación
teatral y de dramaturgia. Para mí un texto no es solamente
un texto literario, un texto puede ser muchas cosas, puede ser un
texto musical, una investigación musical, pueden ser textos
literarios, plásticos, musicales, cualquier tipo de textualidad,
un conjunto de signos que le crean a uno sistemas de referencia. Bacantes
fue, al menos para mí, que me encargo de la parte relacionada
con los materiales literarios, históricos, testimoniales, bastante
compleja porque es un texto alejado en el tiempo. En Otra tempestad
nos habíamos planteado un encuentro entre obras shakespeareanas
y textos no siempre escritos, la tradición oral de la cultura
yorubá y arará en el Caribe y concretamente en Cuba.
Eso generó un complejidad en la investigación.
Cuando trabajamos Réquiem por Yarini investigamos cómo
los mitos viven en el imaginario del actor y del espectador, porque
uno no sabe cómo sucede. Uno sabe que viven en el imaginario,
pero no qué forma tienen, y justamente la investigación
fue darle forma a estas ideas. Bacantes implicaba trabajar
con un texto muy alejado en el tiempo y en el espacio, el mundo de
Eurípides. Un texto como este resulta muy difícil de
leer. No es como Edipo rey o Medea, mitos más
reconocibles en la tradición cultural. Bacantes es un
texto más impenetrable, con muchas lagunas; se sabe que es
uno de los textos más misteriosos de toda la cultura clásica
griega. Casi todas sus traducciones son desde el punto de vista teatral,
abominables. Trabajamos con dos traducciones al castellano y una en
inglés, y el texto seguía siendo todavía ilegible
para un espectador contemporáneo.
Nos importa mucho la contemporaneidad del relato. ¿Por qué
hacemos versiones en el Buendía? Justamente los clásicos
lo son porque en su momento supieron ser contemporáneos, por
eso pienso que cuando uno tome un clásico, sea cubano o de
cualquier otra cultura, sepa acercarlo a su realidad y encontrar los
puntos de contacto que pueda tener con el espectador que está
aquí y ahora, en el teatro. Hay obras que son más fáciles
de acercar pero hay mundos más difíciles. Nos resultó
importante el tema del exilio, las migraciones. Es de las cosas más
fuertes que nos ha pasado. Siempre digo que cuando se plantea investigar
la cultura latinoamericana y caribeña se están investigando
todas las culturas, porque efectivamente a América Latina y
el Caribe llegan prácticamente todas las culturas. Y de hecho
está planteándose una investigación necesariamente
intercultural e intertextual por la naturaleza misma de la cultura
del área.
El tema que podía crearnos algún vínculo con
el texto de Eurípides es justamente el tema del exilio y las
migraciones. El siglo XX ha sido, a causa de las guerras, un siglo
de continuas migraciones, de continuos exilios. Flora y yo tuvimos
una mirada muy convergente: el desgarramiento que un individuo sufre
cuando tiene que abandonar su tierra. Cuál es la relación
de un individuo con su tierra, la verdadera, no la que culturalmente
se puede imponer. Realmente qué relación tiene un ser
humano con su tierra, sus tradiciones, sus costumbres, qué
puede hacer a un individuo abandonarlas, y qué puede significar
esto para un grupo humano.
A partir de ahí los temas de la guerra, sobre cómo la
guerra puede destruir un país, una ciudad (aquí la ciudad
está tomada como lo estaba la isla en Otra tempestad:
un espacio que contiene un grupo humano para analizarlo en profundidad).
Cuando me enfrenté a la escritura del texto me costaba mucho
trabajo crear una "escritura contemporánea" a partir
de un texto tan antiguo. Empecé investigando los mitos particulares
que contenía el texto y cómo podía "traerlos"
a la actualidad. Me di cuenta que no podía "arreglar"
escenas, que de ninguna forma podía rescribir ese texto; sino
que tenía que escribir un texto nuevo. Flora dice que yo caí
en una especie de trance y creo que sí; verdaderamente tuve
que caer en una especie de trance para poder producir un texto que,
si bien trabaja los mitos fundamentales de la obra de Eurípides,
está siempre reflexionando acerca de temas que nos son cercanos
como cubanos, como latinoamericanos: los temas del poder, la guerra,
los exilios, las migraciones, la transgresión humana.
Al inicio escribí un texto para el trabajo de la directora
con los actores. Empezaron entonces a investigarse --a través
del cuerpo, de la voz, de la memoria del actor-- cada una de estas
pequeñas escenas que llamamos "escenarios" y que
son el punto de partida para las improvisaciones. Después,
el trabajo de dramaturgia consiste en ir ordenando todo lo que los
actores y el director producen. Una vez que se somete la partitura
a este trabajo, la cantidad de improvisaciones puede ser tremenda.
Cuando uno investiga un tema y trabaja cualquier texto, reflexiona
sobre su propia realidad, sobre su propia cultura y sobre su propia
contemporaneidad. Pero aparecía en términos de temas:
la relación del poder, la seducción, el fenómeno
del exilio y la tierra. Desde el punto de vista de la investigación
son válidos pero de ahí a que sean carne y sangre...
Pero en el área de la investigación uno descubre cosas
que no sabe qué son. Al final nos dimos cuenta que el espectáculo
metaforiza algo, y es nuestra propia situación como grupo.
Yo escribo en el programa que una acción vertebra el espectáculo:
sembrar. Y es que se han ido muchas personas durante los quince años
de Buendía. Ya muchos han fundado su propio grupo. Buendía
no sólo ha formado actores sino directores. Algunos actores
se han ido a trabajar a otros países, a otros grupos, o a otros
medios.
El elemento de la siembra es bien importante desde el punto de vista
subtextual porque todo el mundo piensa que Dionisio es el dios del
vino, de la embriaguez y de la orgía (pero básicamente
el culto dionisíaco está relacionado con el sentido
de la fertilidad, y con una ley bien antigua pero muy relacionada
con el mundo contemporáneo que es que en la vida hay que renovarlo
todo: el ciclo es vida, muerte y regeneración).
El grupo tenía la necesidad de no morir, Flora personalmente
como directora, todos, teníamos la necesidad de no quedarnos
estancados, porque en la medida en que un grupo ya tiene algunos años
corre el riesgo de repetirse, si ya se encontraron fórmulas
dramatúrgicas eficaces. Nuestras cartas estarían claras,
hemos encontrado una dramaturgia, una escritura escénica, en
la que están presentes la versión y la subversión;
la tentación sería repetir fórmulas, pero eso
no nos interesaba. Esa necesidad de renovación fue lo que posibilitó
darle a ese texto y al sentido último del texto de Eurípides,
la esencia del culto dionisíaco, la necesidad de la renovación
más allá de la muerte, el sentido que tiene para nosotros
volver a sembrar la semilla.
El objetivo último es ver cómo uno encuentra un sentido
de vida y no se detiene ahí, porque el sentido de hace quince
años no le sirve para ahora, no cabe la menor duda. En este
espectáculo nosotros hemos trabajado mucho la ritualidad, ese
es el ritual. El sentido ritual que puede tener este espectáculo
es que nosotros mismos necesitábamos no morir como grupo, como
necesitamos no morir como cultura, como necesitamos no morir como
ciudad, y no morir como país. Trabajamos de una manera que
muchas veces no es consciente sobre esa necesidad de sobrevivencia
que tiene nuestra cultura, que tiene nuestro país, que tiene
nuestra época, y que tiene nuestro teatro. A pesar de la dificultad
y más allá del viento, los exilios, las migraciones,
las contradicciones, sembramos una y otra vez la tierra nuestra, para
no perder nunca la semilla que nos permita seguir creciendo.
Bacantes fue una experiencia corpórea. Yo tenía
una idea de final y estábamos de acuerdo: ellos se iban al
destierro con una tristeza enorme. La obra comienza donde termina,
en el momento en que ellos se van al exilio y empiezan a evocar toda
la vida anterior que los ha llevado a esta situación; y al
final la obra vuelve al punto de partida, justamente para privilegiar
el tema de la reflexión sobre la tierra y el exilio. También
el sentido inicial era que efectivamente esta gente tenía que
abandonar su tierra a partir de toda la transgresión que les
había ocasionado la vida en la ciudad y que era algo muy doloroso.
Pero lo que yo no sabía era que en el momento de empezar a
escribir, algo dentro de mí dijo: yo quiero escribir que no
tengo que abandonar mi tierra, aunque esté sometido a todas
las devastaciones y a todos los conflictos, yo quiero defender mi
tierra. Flora y yo nos dijimos: este es el final, la defensa de nuestro
pedacito, de lo que nos ha tocado, nuestro sentido en la vida, defender
esa iglesia ortodoxa donde radica Buendía, donde hay arena,
soga y madera, donde están todas estas dificultades, pero donde
queremos seguir creando belleza, donde uno tiene derecho a defender
su tierrita que es el teatro, que es la ciudad de uno, que es el país
de uno y que es la cultura de uno.
Flora Lauten: Uno de los temas
principales del espectáculo, las migraciones y exilios, se
hace evidente al interior de Buendía. Actores que ya eran emblema
del grupo, con un sentido, no solamente en el cuerpo, en el alma,
sino en su cerebro, que tenían una manera de investigar, un
día no estuvieron más. Quedaban tres actores conmigo.
Tenía dos alternativas, decirme: "Bueno Flora, retírate
ya, cumpliste sesenta años, una edad venerable. Haz otras cosas",
o "Empieza de cero". En esos días había un
huracán, marejadas muy fuertes. Yo vivo frente al mar y, de
pronto, Yemayá me tiró frente a la casa un árbol
seco. Me pregunté si sería una analogía de lo
que ya soy, o si era un mensaje, un elemento para empezar a trabajar.
Y Bacantes empieza por este árbol seco.
Abrí una convocatoria. Elegí once actores, algunos no
tenían estudios de actuación, eran de grupos de aficionados,
habían trabajado en otros grupos con otras búsquedas
y sentidos totalmente distintos a los de Buendía.
Comencé por lo elemental, que es crear en el actor la certeza
de que el trabajo del teatro es artesanal. Como no tenía elementos
para empezar a trabajar, y lo que vendían en las tiendas eran
sogas, compré sogas. Y las destripamos, comenzamos a crear
con la soga polainas, pelucas, vestuario, y eso fue creando un sentido
que puede parecer elemental, pero no lo es tanto. Todos los días
llegábamos al teatro, hacíamos nuestro taller con la
soga. Después creé un altar, porque también pienso
que en el teatro hay factores indispensables como lo ritual, la fe
en algo especial, y el altar tenía como condición que
los actores tenían que traerle un regalo que tuviera que ver
con la cultura griega. Muchos de estos once actores no se habían
leído nunca a Eurípides, y eso los llevó a ir
a los libros, las bibliotecas, a empezar a investigar quiénes
eran los dioses del Olimpo. Todos los días aparecían
distintos dioses, distintas ninfas, distintos sátiros. Empezamos
a improvisar qué es un sátiro, qué es una ninfa,
qué es un dios, quién es Semele, quién es Dionisio.
Abrimos una investigación sonora con elementos como la piedra,
la arena y el agua. Y empezaron a hacerse improvisaciones sonoras
en este sentido. Se improvisaba sobre poemas de Safo, y lentamente
comenzó a salir este tejido de acciones y movimientos, de carne,
para los personajes que iban creando la dramaturgia de este espectáculo.
Al final se hizo un entrenamiento con ellos, de la piedra al actor,
(esa piedra que ustedes están trayendo al altar tiene una historia,
cuál es, cómo es la historia, cómo se traduce
en una acción, cuál es el sentimiento qué esconde
esa piedra, por qué matan las hermanas a Semele). Una serie
de preguntas elementales eran necesarias para que el texto dejara
de ser literatura y fuera carne.
Cristóbal Peláez:
Nosotros no tenemos una conceptualización muy definida sobre
la dramaturgia. Hay algo en el oficio nuestro que es muy triste y
muy violento: el hecho de mantener el interés de alguien en
lo que hacemos, una especie de compromiso constante. Por eso se habla
mucho de que el santo patrón del dramaturgo es Scherezada.
Tiene que mantener el interés porque en ello le va la vida.
Siempre que estamos haciendo teatro estamos pensando en eso: ahí
llega una jauría ávida que dice "diviértame,
manténgame interesado durante una hora y media o dos horas.
Usted me tiene que mantener despierto muy interesado y yo constantemente,
minuto a minuto, estoy juzgando lo que usted hace". Nuestro trabajo
tiene algo de impersonal, algo de prostituta, hay que sacarle el orgasmo
al público, si no somos malos para el oficio. Una persona puede
estar durante dos, tres horas mirando el mar, tranquilamente, pero
cuando entra al teatro, a los diez minutos está exigiendo constantemente
ese interés, ese conocimiento. Otra dificultad es que cada
uno de los espectadores busca cosas diferentes, no podemos hablar
de una comunidad de intereses. Me acuerdo que cuando estrenamos hace
más de diez años O Marinheiro en Medellín,
a la primera función fueron sesenta personas que salieron muy
tristes sin aplaudir; al otro día fueron quince; al otro día
no fue absolutamente nadie; al siguiente día fueron cinco y
había un silencio total. El grupo decidió continuar
con la obra porque nos parecía que la temática, que
la poesía que había allí era importante para
nosotros mismos; nosotros no estábamos descontextualizados,
no creíamos que éramos distintos al resto de los mortales
y que de repente podría existir un yo universal.
Pienso que el primer compromiso del que ejecuta una obra es algo personal,
una manifestación de su universo; y en un segundo plano, el
espectador. No por aquella vieja cantaleta de hacer teatro de espaldas
al espectador. Recuerdo que el maestro Santiago García hizo
un chiste bastante bueno en el Festival de Cádiz después
que salió un grupo diciendo que no le interesaba ni contar
una historia ni el interés del público. Santiago le
respondió: "Presenten la obra en un parqueo de coches,
para que la vean los carros". El destinatario siempre es humano,
pero el modelo siempre tengo que ser yo. Se dice que Brecht cuando
escribía sus obras pensaba que el espectador era Karl Marx.
Matacandelas elige previamente al espectador, no pensando que la obra
va a ser un éxito, incluso nosotros siempre hemos partido de
fracasos. Todas las obras que hemos montado, inicialmente son fracasos.
Pinocho tiene cuatrocientas funciones, hoy se pasea a lo largo y ancho
de Colombia, pero cuando se estrenó la crítica se le
tiró encima diciendo que eso no era Pinocho, que era
una estafa presentar una obra en la que Pinocho sólo aparecía
a la media hora, cuando los niños iban a ver a Pinocho. La
defensa nuestra fue: "Cuando voy a ver Esperando a Godot
también quiero ver a Godot". Dijeron igual de Pinocho
enfermo, que era una imagen de debilidad, de un pueblo enfermo que
dábamos a los niños. A contrapelo de la convulsión
social que sucedió en Medellín, se hablaba que estábamos
de espaldas a la realidad, porque en medio de un país tan violento,
nuestro teatro no estaba reflejando la realidad. No nos interesaba
que el teatro suplantara al periódico El Tiempo, no
nos interesa suplantar a los noticieros de televisión.
La dramaturgia y el teatro son una forma de conocimiento específica.
El teatro no me puede remplazar a la televisión, no me puede
remplazar a la pintura, como forma de aprehensión de la realidad.
No me interesa ir al teatro a informarme sobre este huracán
que pasó por Cuba, cuántos muertos hubo, cuántas
ciudades devastadas, eso me lo informa mejor el Granma. No
voy al teatro a informarme. No voy al teatro a ver los textos, sino
los subtextos, como diría Stanislavski. No voy al teatro a
culturizarme, que me parece horrible. Cada vez que se menciona la
palabra cultura tiemblo, porque implica un grado de colonización:
yo soy culta y esta persona es un aborigen que no lo es, y tengo que
culturizarla. Eso de culturizar me parece bastante sospechoso. Hay
algo básico en el teatro que la mayor parte de las veces Matacandelas
no logra; se justifica en la medida en que lo logra con unos cuantos:
compartir un estremecimiento. Ver si es posible que esto que me estremeció
a mí, estremezca a los otros, esto que yo acabo de leer, de
ver, me estremece. ¿Es posible que también estremezca
al otro? Quiero compartir eso, pero hay gente que no. Y ahí
es donde no logro el objetivo, pero eso no es un fracaso. Al otro
le interesa otra cosa. A mí me interesa el teatro como embriaguez,
no como forma simple de adquirir información, no como una forma
de culturizarme, no como forma de aprender unas reglas, ni como un
sistema acumulativo en el plano del aprendizaje, me parece que en
ese plano no hay que aprender nada. Lo otro que habría que
hacer en ese sentido es en el plano poético. A mí lo
que me interesa es hacer una obra como la de Fernando Pessoa, no me
interesa la condición social de esos personajes, no me interesa
en qué época pasó. Además, no tendría
época, no me interesa la información que puede tener
esta obra sino en qué toca conmigo, en qué grado me
puede estremecer, porque si la obra de teatro no estremece, el objetivo
está absolutamente perdido. Voy a ver obras de teatro y a los
quince minutos me doy cuenta de que estoy perdiendo el tiempo. He
dicho: me hubiera leído una página de Federico Nietzche,
porque la obra me está dando algo que me parece muy escaso.
Una vez en Colombia montaron una obra con bombos y platillos, duraba
como dos horas, fue muy bien publicitada, comercial, digámoslo
así, con estrellas muy impactantes, y cuando terminó.
uno de los periodistas que contrataca directamente al espectador antes
de que salga del teatro, que no lo deja ni pensar le dijo: "¿Qué
opina de la obra?" y un espectador que se vio "cogido"
respondió: "Sí, yo estoy de acuerdo, hay que ahorrar
agua." ¿Por qué? Sí, la obra plantea que
el agua escasea, se convoca a muchos actores, y la moraleja es esa:
hay que ahorrar agua.
Yo creo que el teatro por su naturaleza tiene que ser indefinible.
No puedo entrar a una obra de teatro a sacar una conclusión.
Era lo que nos pedían en algún momento en Colombia:
"Miren, el teatro de ustedes nunca muestra sicarios". "Están
en la televisión, en la prensa, los pueden localizar en cualquier
lado". "Ustedes no están reflejando la época".
A mí me interesa más reflejar a un ser humano. ¿Por
qué no hacer una bella historia de amor en Medellín?
El teatro de nosotros surge como respuesta a todas las coyunturas.
No es tratar de hacer un teatro universal sino de que plantee problemas
que siempre se quedan por no importantes, de últimos. El problema
es el misterio. A mí lo que me convoca del teatro es el misterio.
El problema coyuntural, el problema específico, del momento,
no me interesa porque pasa rápido, pero el problema existencial
del hombre me interesa muchísimo.
O Marinheiro surge como respuesta a algo que se estaba dando
en el teatro, que era un exceso de movimiento.
En Colombia hay un movimiento teatral muy vigoroso, hemos tenido unos
maestros, nuestros padres teatrales: Santiago García y Enrique
Buenaventura, pero de repente se han filtrado modas muy extrañas,
lecturas acartonadas: en un momento fue Bertolt Brecht, después,
Artaud, y los actores eran sometidos a un entrenamiento muy tenaz,
entrenamiento no, adiestramiento (se habla de adiestramiento, como
de perros policías), dar vueltas en el aire, pararse en las
pestañas; el teatro se comenzó a rebelar, los actores
se volvieron epilépticos, posesos, y resultó que la
palabra le estorbaba al teatro, porque el teatro había nacido
de la danza, y la palabra era una extranjera en el teatro. Nos preguntábamos
qué era el teatro.
Burda y groseramente montamos O Marinheiro, y suprimimos todo
movimiento, pusimos la palabra en primer plano. Obviamente esto provocó
rechazo, críticas, el público no iba, y se decía
además que no era teatro. Se escribía en la prensa:
esos antros oscuros de intelectualoides que pretenden a través
de un teatro seco y muerto llegar, cuando el teatro es movimiento,
es vida, es energía, es amor, y que nosotros parecíamos
muertos en escena. En 1911 Fernado Pessoa cruzaba cartas con un muchachito,
un niño prácticamente, Mario Sá Carneiro y hablaban
de un teatro que suprimiera al actor, porque el actor era un invasor
del escenario, un ser muy vulgar que había invadido la escena
y la había poblado de chistecitos y bobadas, y era hora de
darle dignidad al escenario, era hora que la poesía recuperara
el escenario. Al actor había que suprimirlo definitivamente,
decía Pessoa, porque es un extranjero en el teatro, eso se
escribían ellos. Ese intento simbolista quedó en eso,
porque sabemos que el actor es el teatro.
Raúl Martín:
Cuando uno ve algo que está subvirtiendo esquemas, rompiendo
cánones y escandalizando identifica el sentido del teatro,
porque ni como creador ni como espectador me interesa ver en escena
la transcripción del texto. Siempre escucho cuando el público
sale de El enano en la botella o de Los siervos: "Esto
es subversivo". Y me alegro. El teatro es la subversión.
Si no es subversivo no es teatro. Ocurre que generalmente la gente
va al teatro a ver las obras de los directores y no de los autores,
las obras de las obras. Y se crea una especie de conspiración
entre la versión del director y el público. El fenómeno
de conspiración y subversión en el teatro es fuerte,
es vivo. Las migraciones --de las que hablaron Flora Lauten y Raquel
Carrió-- son un fenómeno del teatro, de la naturaleza
misma del teatro. Mantener las obras en repertorio significa cambiar
elencos, y montar las obras con nuevos actores; eso hay que asumirlo
no como problema sino como ventaja. El éxodo de actores da
mucha fuerza para seguir creando, deviene en un resultado artístico
mejor, uno resiste más. Es una meta ("hay cada palabrita",
como dice el enano). A veces esas migraciones lejos de criticarlas
hay que agradecerlas. Yo les agradezco a los actores que ya no están
en mi grupo lo que soy.
Teresa Ralli: Nuestro director,
Miguel Rubio, nos acusa a los actores de Yuyachkani de que queremos
poner en el escenario todo lo que hemos encontrado. Y siempre estamos
en combate, discutiendo: nosotros tratando de incluir todo el material,
y él tratando permanentemente de sacarlo. En el grupo nos inventamos
términos para poder orientar nuestro trabajo, uno de ellos
fue "la acumulación sensible", y otro, "el actor
múltiple". El primero nos ayuda a organizar el proceso
que cada actor lleva hacia el momento de la resolución dramática,
(no está de más decir que somos un grupo sobre este
planeta que todavía persiste en creer que podemos inventar
nuestra dramaturgia y nuestros propios lenguajes, aunque esto no excluye
nutrirnos de textos, de literatura teatral.
En Antígona mi acumulación sensible empieza muchos
años antes de que decidiéramos empezar el montaje, quizá
en los 80, cuando se inicia el periodo de violencia en el Perú.
Entramos a una exposición de fotos en Lima, dos de ellas se
me quedaron grabadas en el cerebro y en el alma. Una era en blanco
y negro, con la imagen de las arquerías de la Plaza de Armas
de la ciudad de Ayacucho. Caía un sol a plomo, y se veía
un figura como una exhalación, de mujer vestida de negro casi
a punto de ser invisible y yo dije: esa es Antígona.
La otra foto había sido tomada en el aire, era un grupo de
soldados que estaban entrenando, saltando y todos tenían el
torso desnudo, embarrados de sangre, de perros que habían matado
para fortalecer el entrenamiento. Esas fotos se me quedaron impregnadas
en el alma. Pasaron los años y yo fui llenando cuadernos con
la hipotética creación de Antígona que no aparecía,
pensando en esta mujer. Nunca me había puesto a estudiarla
pero ella siempre estuvo en mi imaginario teatral; es una de las obras
que los actores conocemos y leemos en algún momento, un personaje
que viene, pero yo no la conocía en realidad.
En mi país la guerra interna fue avanzando, fue creciendo,
llegó un momento en que sentí que en todo el Perú
había muchas Antígonas anónimas, caminando, tocando
puertas, tomando la palabra sin ser oídas, buscando los cuerpos
de sus familiares para darles justa sepultura. Y nos dimos cuenta
que era el momento de empezar el trabajo sobre esta historia que ya
estábamos viviendo. A fines del año 96 sucedió
algo muy cerca de mi vida que pasó a formar parte de mi proceso
de acumulación sensible: yo vivía en la misma calle
de la casa del Embajador de Japón; y un día un grupo
del movimiento revolucionario Tupac Amaru tomó esa casa y se
dio inicio al asedio de los asaltantes, que implicó toda la
cuadra. Viví una de las experiencias más duras, pude
ver todo el proceso, la dureza del inicio, el olvido, el comportamiento
de la dictadura, de ese personaje que se llama Fujimori y de los que
estaban a su alrededor. Fueron detalles cotidianos en la televisión,
en la esquina, mi cuerpo registrando el silencio, el asedio, tenía
que mostrar el salvoconducto para llegar a la esquina de mi casa y
poder salir, dejar que me revisaran la bolsa más allá,
escuchar los cantos de la gente encerrada en la casa en las mañanas.
Ver llegar a los familiares de todos los que estaban en esa casa y
a todo el Perú, hasta finalmente el bombardeo final, la muerte
de todos ellos, el llanto.
Miguel tenía un salvoconducto para entrar a mi casa y empezamos
a trabajar Antígona en la sala de mi casa, mientras sucedía
esto, a media cuadra. Esta fue otra fuente que alimentó mi
propio proceso de acumulación sensible. Luego, me sumergí
en el estudio de lo que era Antígona, las tres tragedias
tebanas, Sófocles. Fue un descubrimiento brutal de lo que era
el poder de la palabra. Siento que en Yuyachkani hemos trabajado con
la palabra, le hemos dado su espacio, así como al cuerpo, en
la construcción de nuestro lenguaje. Pero el descubrimiento
de esa estructura sonora de la palabra puesta en el papel, del poder
de cuatro sílabas juntas sonando de determinada manera, para
mí fue muy impactante. Entro no sólo en la comprensión
de un texto de hace dos mil quinientos años --lo que había
dicho Creonte era como si hubiera sido escrito para mi país
en aquel año-- sino en sonarlo, pasarlo por mi boca, hacer
que vibrara. Fue también otra fuente en el proceso de construcción
de la dramaturgia: mi propio entrenamiento como actriz.
Siempre uno de los soportes de la acumulación sensible en el
grupo es el entrenamiento de los actores. Hemos descubierto que cada
proceso de creación nos pide un entrenamiento diferente y nos
obliga a abandonar todo lo que teníamos para entrar a otro
camino. Eso sucedió también con Antígona:
mi cuerpo y mi entrenamiento me pedían actuar en dos espacios,
uno era el rigor y la sobriedad del Teatro No, que yo estaba investigando
en esa época con un maestro japonés que estaba en Lima.
Me di cuenta que tenía que trabajar sobre eso para encontrar
una corporeidad en el lenguaje del espacio escénico, y empecé
con ese entrenamiento sobrio, de líneas, frío aparentemente,
pero fuego por dentro, muy económico en el espacio. Y paralelamente,
empecé a investigar con los animales, porque sentía
que esta historia era también terriblemente visceral, muy animal.
Estas fuentes confluyeron poco a poco en el espacio escénico
para ayudarme a encontrar, en primer lugar, un diálogo con
el director y luego, juntos, un lenguaje para montar esta historia
tan complicada.
Cuando empecé a estudiar a Sófocles, me decía:
¿por qué tengo que hacer un unipersonal si aquí
hay un universo de seres que piden a gritos hablar? Había días
en que le decía a Miguel ¿por qué no compartir
con el resto del grupo este espectáculo? Luego, la lógica
de la creación y sentirlo todo a través de mi cuerpo
me llevó a pensar que así como yo me sentía,
sola, desamparada en el escenario, escuchando voces de tantos seres,
así también estaba Antígona, completamente sola
y abandonada; y así estaba las mujeres en mi país, solas,
abandonadas y no oídas. Entonces se convirtió en una
metáfora muy significativa encontrarme en esa soledad en el
escenario; de pronto tuvo un sentido contar yo sola esa historia.
Otro elemento muy importante que se filtró dentro de mí,
y formó parte de este tejido fue la conversación con
esposas y madres de los desaparecidos, que tienen en el Perú
hasta el día de hoy una organización que las agrupa.
Nosotros las invitamos a la casa de Yuyachkani. Yo me sentaba en el
escenario y le contaba a cada mujer la historia de Antígona,
le hablaba sobre aquella mujer que había existido hace dos
mil quinientos años. Luego le pedía que pasara delante
y me contara su historia. Escuchamos a muchas y yo vi muchos cuerpos
y muchas manos y ojos contarme su historia. A todas les dijimos que
aunque no pusiéramos sus nombres en la obra ni contáramos
lo que nos decían, sus testimonios iban a formar parte de todo
un río secreto, de la historia que yo actuaba desde el escenario;
y que quizá contando una historia de hace dos mil quinientos
años, íbamos a entender por qué estábamos
viviendo una tan parecida.
Otro elemento muy importante fue el juego y diálogo con los
objetos en el proceso de creación. Durante el proceso siempre
nos llenamos de objetos; para mí son muy importantes porque
me despiertan imágenes en el cuerpo. Veo cosas y las llevo
al escenario, me acompañan, también a mis compañeros.
Tenía objetos que eran como fetiches para mí: un copón,
cincuenta metros de una gasa preciosa que para mí era la simbología
de un envoltorio, de un fardo --todos los días traía
mi gasa y preparaba las cosas para cuando Miguel viniera dijera: "eso
puede ser". Y él venía y lo quitaba. Para acercarme
a los personajes, también utilicé algunos elementos:
para Tiresias traje unos zapatos talla 44, lentes ahumados, y unas
hombreras gigantes para corporeizar la imagen de una especie de guerrero
que atraviesa el tiempo. Porque Tiresias lo sabe todo pero nunca puede
hacer nada. Pese a que los objetos me despertaron muchas fantasías
e imágenes, fueron quedando en el camino, hasta que sólo
uno permaneció y cobró sentido. Siempre estuvo conmigo
y Miguel ni lo miraba, hasta que entró, de costado al final
del espectáculo.
Cuando habíamos acumulado muchas historias nos encontramos
con el poeta José Watanabe, que fue una aparición maravillosa.
Él es uno de los poetas más importante en nuestro país.
Él llegó, miró todo el material y leyó
lo que yo había escrito --porque Miguel me mandaba tareas,
y yo tenía versiones de cadenas de acciones, de la historia
de Antígona, de las versiones de Sofócles. Este
material lo entregamos a José y empezamos a conversar sobre
un lenguaje para contar la historia. Hicimos primero una cadena de
eventos en unas tarjetas que me servían para improvisar hasta
que él nos propuso escribir poemas en vez de teatro. Yo me
aterré: "¿cómo podía decir cincuenta
o sesenta poemas si estaba componiendo imágenes, escenas?"
Pero todo empezó a marchar, a confluir y Miguel compuso lo
que fue finalmente el espectáculo.
He aquí las fuentes que alimentaron mi manera de crear el espectáculo,
nuestra manera. Fue una conversación. Siento que la base de
la dramaturgia del actor está en el cuerpo, aunque uno tenga
cualquier manera de entrenar. Entrenamiento es una palabra que ha
pasado por tantas miradas, se le ha tratado de poner con tantos nombres.
Yo siento que uno entrena para ponerse hábil. El músico
practica con su instrumento, entrena para obtener una habilidad, pero
los actores lo hacemos para tirarnos al vacío, para enfrentar
el riesgo, no para estar seguros sino para despertar todos los mundos,
los universos que podemos tener guardados dentro.
Ahora cuando leemos sobre la teoría del ADN, sé que
tengo mis ancestros y todo esto dentro de mí está latente.
Los seres humanos estamos esperando despertar, los actores tenemos
ese privilegio. Y con esos mundos interiores lanzarnos al vacío.
Creo que esa es la base de la dramaturgia del actor: estar dispuesto,
para componer en el espacio las partituras, y encontrarse en un diálogo
con el resto de los actores y junto a ellos dialogar con el tercero
que está al frente. Son tres puntos de partida: el primero
es el individuo --si sé de dónde parto puedo dialogar
con mis compañeros y con el que está enfrente--, el
otro es la mirada interior --para saber qué está pasando
adentro, cómo son mis procesos internos, mis estados, mi emoción--,
y la mirada distante, la mirada exterior: saber que la luz se prende,
que el público esta ahí, que está sintiéndome,
que yo lo llevo por un camino, y que en algún momento terminará
el espectáculo. Sobre esto se teje toda la otra información,
la dramaturgia del espectáculo, el diálogo con el director,
los elementos de la lógica y la sensibilidad.
Waddys Jáquez: Junto
a la actriz Mariluz Acosta he trabajado en Nueva York durante los
últimos ocho años. El grupo Del Trapo surge a partir
como una necesidad de exponer verdades que por muchos años
habían estado escondidas debajo de las alcantarillas de la
ciudad de Nueva York. Las historias de terror estaban en las calles.
No estábamos buscándolas en libros, sino en la gente,
en las esquinas, y llegó un momento en que nos olvidamos de
buscarlas: las historias venían día tras día,
solas. De esa manera surgió el primer espectáculo del
grupo: Yerbamala, que contaba la historia de dos amigos, uno de la
urbe y otro de la ciudad de Santo Domingo. De más está
decir que cuando pones en la palestra pública o en evidencia
los problemas de la emigración, las voces de inconformidad,
las puertas se trancan.
Nosotros trabajamos la idea de que el emigrante tenga una voz, para
que la historia del emigrante cuente y, sin olvidar el trabajo del
cuerpo, la historia llegue al interior de la gente y la haga reflexionar.
Es un reto inmenso porque esa historia puede llegar al corazón
mío y no al corazón de la gente necesariamente. Pero
estábamos bregando con un mundo que creíamos conocer
y no era verdad. A raíz de las investigaciones, de hablar con
la gente, de ir a los submundos, hemos comenzado a vivir y crear lo
que hemos llamado un cuerpo físico alerta, un cuerpo sensible,
no sólo al movimiento, y a las estructuras del movimiento,
sino un cuerpo alerta interna y externamente. Durante la búsqueda
de ese cuerpo llegaron historias que se comenzaron a contar a través
de improvisaciones, y los nombres empezaron a llegar en cada esquina,
y las dos cosas comenzaron a ponerse juntas.
Cuando decidimos montar Pargo, los pecados permitidos, tuve
que entrenar solo porque Mariluz debió viajar por cinco meses
a la República Dominicana, sin pensar que esta obra iba a ser
un unipersonal. Yo quería integrarla a ella; pero cuando regresa
le muestro el material, y le pareció que era para una sola
persona. Hochi Asiático, el artista plástico que trabajó
toda la parte visual, la proporción de los cuerpos, coincidió
con Mariluz, sin saber nada de antemano. Me asusté mucho, ya
no era una cuestión de cómo un solo actor podría
hacer físicamente estos cuatro personajes, a nivel de entrenamiento,
de locomoción, sino en el proceso de la voz, que evidentemente
iba a marcar a cada uno.
Pargo fue concebido así. Una de las cosas que me ayudó
fue haber vivido durante cuatro años en la calle 42, una calle
de prostitución durante muchos años en los Estados Unidos.
Para mí no eran desconocidos ni el transexual, ni el chulo,
sólo tenía que entrar a explorar en este mundo.
Entrené con la voz para encontrar la de cada personaje, real,
para que cuando se oyera se supiera que era de él, aunque no
lo vieras. Fue lo más difícil, no solamente utilizar
los resonadores, ni la proyección, o el aire, sino la verdad
que encierra cada matiz vocal. Después de un proceso bastante
arduo conseguí siete voces. Y esas no eran. Finalmente teníamos
el trabajo físico, el entrenamiento de la voz y el texto; sólo
faltaba juntarlos. Mezclar. Y esa mezcla dio a luz a Pargo,
los pecados permitidos.
La verdad central de todo el espectáculo es que compete a los
emigrantes, a los que tienen en su familia emigrantes, que somos definitivamente
todos. Queríamos que llegara a la sensibilidad de la gente.
Cuando presentamos Pargo por primera vez, una señora
se me acercó al camerino y me dijo: "después de
hoy yo nunca voy a ser igual". Luego de veinte funciones me di
cuenta de que la obra tiene la capacidad de retratar a la gente, de
retratar la emigración y esos cuatro personajes marginados
--no sólo por su estilo de vida sino por su condición
de emigrantes-- fueron capaces de conmover a una señora de
su casa, que quizá nunca había conocido a una transexual.
Abelardo Estorino: Escribir
teatro consiste en encontrar la forma de expresar una idea o contar
una historia mediante el diálogo de varios personajes. Cualquiera
que oiga esta sentencia pensará que soy un teórico de
la dramaturgia o un dramaturgo devenido profesor. Nada más
lejos de lo que realmente soy. Me hice autor a machetazos: leyendo
teatro noche y día, viendo todas las puestas en escena que
estaban a mi alcance, aprendiendo de memoria manuales para principiantes
o ensayos tan profundos que casi no entendía. Asistí
a talleres de dirección, de actuación, conversé
con amigos de más experiencia, asistí a ensayos, y para
terminar con esta enumeración diré que sólo haciendo
lo que me interesaba hacer y dejando de lado, para dolor de mi familia,
la carrera que había estudiado y el pueblo donde había
nacido, hice amistad con aquellos de quienes podría sacar un
poco de conocimiento sobre lo que realmente me interesaba en la vida,
dos puntos y escribo con mayúsculas: El Teatro.
Es verdad que ya casi nadie habla de forma y contenido. En los años
60 recuerdo que se usaba mucho en Cuba. Ahora se da por hecho que
la forma sola no existe, pero se tiene el embrión de una idea,
la sinopsis de una historia, tal vez algún personaje que hemos
conocido y al que poniéndole algunos detalles extraídos
de personas que nos rodean, características de nuestros familiares,
o utilizando la imagen total de amigos sencillos o estrafalarios puede
producir un impacto en el escenario. ¿Y cómo hacerlo
vivir?
Mi acercamiento al teatro fue a través del texto y estoy acostumbrado
a crear en soledad. Escribir es un acto, al menos para mí,
que debo hacer encerrado en un cuarto, como sucede con la masturbación.
(Pero debo estar equivocado porque dicen que los franceses acostumbran
a sentarse en un café y escriben un tratado de filosofía,
y si es en el Café de Flore, resulta más profundo).
Aunque la Novena Sinfonía (la de Beethoven, claro) es coral,
no puedo imaginarme al músico rodeado de instrumentistas y
cantantes pidiéndoles que prueben los compases que acaban de
ocurrírsele, o que improvisen algunas armonías sobre
el poema de Schiller. Por eso me encierro.
Digo esto porque, buenas o malas, nunca me faltan ideas para escribir
una obra. Tengo montones de papelitos con notas. Sólo me falta
encontrar qué forma les doy. A veces está definido el
número de personajes o una idea precisa de la situación
pero no puedo imaginar cómo se verá en el escenario,
por dónde comenzar ni cómo desarrollarla, y otras interrogantes
que me impiden escribir las primeras palabras en la página
en blanco.
Durante este Mayo Teatral se presenta El baile y la tomaré
como referencia. Surgió así: me interesaba escribir
sobre uno de los conflictos que más afecta a la sociedad cubana
en estos momentos: la división de la familia. Conozco madres
que extrañan a sus hijos, novias que anhelan encontrarse con
sus amantes, compañeros de estudio que no han vuelto a verse.
Andan por los Estados Unidos. Pero no sólo allí, también
pueden vivir en Venezuela, Chile, o hasta en un país tan lejano
como Rusia. Ahora ha vuelto a llamarse así. Yo mismo: en mi
familia somos siete hermanos, cuatro vivimos aquí, los otros
tres viven afuera (término que usamos mucho) o en la otra orilla,
se dice en el ambiente intelectual. Quería utilizar el personaje
más patético que sufre este conflicto: una madre que
se ha quedado sola, en una vieja casa llena de recuerdos, perteneciente
a una familia de tradición criolla. Y esta mujer no acaba de
obtener una visa para visitar a sus hijos.
Contado así resulta simple, porque es simple. Un solo conflicto,
algo que sólo tiene importancia en el presente. Le agregué
motivaciones, vivencias, contradicciones, llené esa casa en
ruinas de fantasmas y quería que resultaran tan reales (teatralmente)
como la misma mujer que los evoca.
Tal vez deba hacer un paréntesis para decir que nunca estoy
satisfecho con los trabajos terminados. Preparo muy bien todas mis
notas antes de comenzar a escribir. Lleno libretas con datos, biografías
de los personajes, árboles genealógicos. Me propongo
metas muy altas. Los modelos que escojo son grandes cimas de la dramaturgia
universal. No me conformo con menos de Sófocles, Shakespeare,
Calderón, y si pienso en la novela tengo como guía a
Proust o Rulfo. Joyce está más allá de mis posibilidades
para saquearlo. Por lo tanto el trabajo de pre-escritura es largo,
lleno de sorpresas, cuando leyendo una novela de Saramago o un artículo
sobre dramaturgia en una revista especializada, encuentro un dato
que me aclara la posibilidad de resolver una escena, o volviendo a
leer una obra cuya estructura me impactó en un momento, descubro
que ya no significa lo mismo para mí y debo dejarla a un lado.
Casi siempre trato de ser parte de la historia o de la situación
para sentirme involucrado y utilizar cuestiones que me preocupan;
y se las endilgo al destino de un personaje o a su manera de ver el
mundo. Los críticos (debo aclarar que no tengo ningún
problema con los críticos: al igual que yo aspiro a la libertad
de decir lo que pienso, ellos tienen la libertad de decir lo que piensan
de mi manera de pensar)... los críticos, digo, escriben y opinan
que el autor habla por boca de los personajes. No imagino de qué
otra manera pueden hablar los personajes si el autor no les da voz;
al menos texto. La voz la ponen los actores. Por supuesto el autor
tiene razones y voz para hablar por la víctima y el verdugo,
el rey y el bufón, el marido y el amante.
El autor debe tener dentro de sí una multitud. Esto me da también
la oportunidad de usar con frecuencia la llamada intertextualidad;
apropiación, dicen los pintores. Desde mis primeras obras,
digamos Los mangos de Caín , utilizo versículos de La
Biblia, aprovechando el tema, pero sobre todo en los últimos
tiempos mis obras están llenas de citas de Shakespeare, Lorca
o Virgilio Piñera. En El baile lo hago a menudo y me permite
un distanciamiento o un aparte, en los momentos en que los personajes
se miran a sí mismos como entes de ficción.
Con el origen de El baile sucedió algo muy concreto,
podría decirse trivial. Adria Santana, actriz con la que trabajo
hace treinta años, ha estado presentando un monólogo
que escribí hace más de una década y recorriendo
escenarios por el mundo cuando se trata de utilizar el pequeño
formato. Quise salvarla de la condena de repetir durante tanto tiempo
el mismo texto, y me propuse escribirle uno nuevo. Con lo cual pretendo
decir que una obra puede surgir de un concepto filosófico,
una imagen visual, un recuerdo y también de una necesidad práctica
o económica. Todo estriba en cómo se trabaje después.
Descubrí que en mis obras anteriores siempre había monólogos
en los que los personajes contaban sus sentimientos más hondos
o confesaban sus razones más frívolas para amar a quien
amaban, o cómo habían engendrado el odio que los hacía
hablar del personaje odiado entre espumarajos de rabia. Caín
interpela a la serpiente en un largo monólogo, Esteban cuenta
su niñez y el dolor de su cojera en una larga confesión
a su hermano, La Otra de Ni un sí ni un no se lamenta largamente
de tener unas grandes nalgas que la han hecho sufrir porque todos
la miran como un objeto sexual, mientras El Padre en esa misma obra
confiesa a su hijo antes de morir que su vida ha sido una mentira.
Podría citar otros ejemplos, pero los que no conocen mis obras
pensarán que hablo de sucesos de otra galaxia y bostezarán
cortésmente con la mano sobre la boca. Escribo monólogos
para mis personajes, eso es todo.
Apoyándome en esa habilidad, empecé a imaginar El
baile (o El collar) como un monólogo para una actriz, o
el monólogo para la actriz, porque estaba trabajando para ella.
A medida que el material se enriquecía, la situación
se complicaba con una historia que tenía en cuenta sucesos
de casi un siglo. Quería en principio que se apoyara en los
sucesos más importantes ocurridos desde el triunfo de la Revolución,
y aparecían nuevas situaciones conflictivas y más personajes
referidos. Después resultó imposible convertir aquel
material en un monólogo, o al menos era un propósito
artificial o un empeño en constreñir a esa forma una
historia que la desbordaba, y así el propio material fue encontrando
otros personajes, su forma y preparé una nueva estructura.
Hay dos circunstancias en mi vida que me llevan a pensar en términos
plásticos en el momento de trabajar con formas. Primero, cierta
aptitud que me llevó a ganarme la vida dibujando anuncios para
la televisión en una agencia publicitaria, mientras estudiaba
en la Universidad una carrera tan lejana al teatro como la Odontología.
Eso demuestra que mi vida adulta comenzó con una equivocación,
pero no me importa, también Chejov y Carrión empezaron
equivocados. La otra circunstancia es mi amistad con Raúl Martínez,
a quien vi durante más de cuarenta años pararse frente
a un lienzo en blanco, e ir componiendo formas y modificando un espacio
que hasta ese momento era una superficie inerte. Y él lo llenaba
de dinamismo y poesía.
Pues yo, para El baile, dibujé sobre una hoja de papel
cuadrados que indican un monólogo y dentro de él aparece
una forma que representa el monólogo de otro personaje. Esas
formas se unen a otras semejantes por medio de una flecha o cualquier
otra figura geométrica más dinámica, que significa
una escena donde los personajes dialogan, y de ese diálogo
surge a su vez un nuevo monólogo y la repetición con
variaciones de este juego formal representará gráficamente
la trama que describe las peripecias de esa mujer. Ella vive en una
casa lamentable, aunque conserva parte de su antiguo esplendor, y
en una noche de lluvia, en medio de un apagón, espera llamadas
de teléfono que le permitirán enderezar su vida, y mientras
transcurre la obra, recuerda sucesos que marcaron su existencia. A
partir de su memoria, la obra se traslada en el tiempo y el espacio
de manera arbitraria, sin secuencias lógicas, y asistimos a
la presencia, real para ella, de un marido que la amó con gran
devoción y ella desdeñó, mientras vive con la
ilusión de un amante perdido que apenas recordará la
pasión que despertó.
Pero hay algo más. Desde 1980, con Ni un sí ni un no,
el teatro me interesa no sólo para usarlo como medio expresivo,
sino también como tema en sí de las obras que escribo.
Necesito entender cómo la imaginación crea la obra,
de dónde surgen los personajes, cómo se comportan y
he descubierto que eso conlleva un conflicto y por lo tanto resulta
un material dramatizable. De una u otra manera las piezas escritas
después de esa fecha juegan con ese recurso que han llamado
teatro dentro del teatro. Pirandelliano, dicen, cuando quieren clasificarme
y en realidad partí de Brecht, al considerar el escenario sólo
como eso: el escenario, y no la ilusión de un lugar real, donde
contaremos una historia de ficción que nos ayudará,
tal vez, a conocernos un poco más. En las dos obras sobre el
poeta Milanés, el personaje de El mendigo, creación
del propio poeta, adopta el papel de guía y lo lleva en un
viaje que quise recordara el de Dante, con el fin de analizar si dedicar
su vida a la creación artística tuvo algún sentido.
En Parece blanca, los personajes de la novela representan sus
conflictos sabiéndose personajes de ficción e incapaces
de cambiar lo que el novelista ha considerado su destino. En El
baile traté de dar un paso más allá: hacer
que las criaturas sean sus propios creadores, se bauticen a sí
mismos, discutan sus posibilidades de actuar de una u otra manera,
usen la imaginación y la fantasía del arte para transformar
su destino.
No logré lo que me proponía, lo sé. Al menos
hasta el punto en que me lo había propuesto en las notas recogidas
sobre el carácter, antecedentes y otras cuestiones referentes
a los personajes. Utilicé el fluir de la memoria, el monólogo
interior o cualquier otro nombre apropiado --acuñado de la
novelística de principios del siglo XX-- para hacer que la
acción surgiera de los recuerdos y fantasías de la protagonista;
y me esforcé por analizar dentro de mí cómo había
concebido la idea de los personajes. Cómo podrían ellos,
mis criaturas, pincelada a pincelada, (ahora una sonrisa, después
la forma de sentarse, un gesto repetido de maneras diferentes), llegar
a ser frente al otro, para aparecer gradualmente, como ocurre con
el ectoplasma que rodea a las almas en pena, según dicen.
Hay algo que mi doble función de dramaturgo y director me ha
enseñado: modificar mis conceptos rígidos de otro momento
y disfrutar al ver crecer en el salón de ensayos algo que era
una entelequia creada en mis días de encierro. El movimiento
en el espacio, los gestos nacidos de una improvisación, las
voces que los actores prestan a lo que era letra muerta en la página
del libreto, se convierten, en los momentos maravillosos en que el
teatro resuena como un hecho artístico; darles eso, la materialidad
del arte, su espiritualidad. Y nada tiene que ver con la vida cotidiana
y proporciona al espectador un momento misterioso que toca lo más
profundo de su ser, sin una explicación teórica, pero
con una desconocida sensación que perdura como si hubiéramos
tocado un momento oculto de la verdad.
Confío en la fuerza del arte para modificar al hombre (y a
la mujer, claro). No me acusen de machista. Modificarlo a muy largo
plazo, más largo de lo que pensamos, porque Edipo rey fue escrito
hace ¿diez siglos, quince? y todavía cometemos los mismos
errores aunque no creamos en las esfinges. De manera prejuiciada,
lo admito, pienso que los seres incapaces de disfrutar una gran novela
o una sonata viven una vida más empobrecida.
Se me ocurre pensar que todo lo que he dicho son disparates, pero
hay algo que resulta siempre misterioso y me lleva a seguir escribiendo,
porque en algún momento me tocará la iluminación
que todos deseamos y la vida tendrá un sentido para mí.
Mientras tanto espero estar alguna vez situado en el Aleph,
donde concurren tantos caminos y energías que nos liberarán
de la angustia.
César Brie: Para saber
cómo se crea un actor-poeta basta escuchar lo que ha dicho
Teresa Ralli, de Yuyachkani. Una actriz que trabaja con lo suyo, lo
elabora, lo discute, el director le quita la mitad de esas ideas,
la otra mitad las deja, y van creando juntos no sólo un personaje
sino una visión, una dramaturgia.
Me siento raro, Las abarcas del tiempo la estrenamos en el
95, tiene casi siete años; estoy más cerca del proceso
de la última obra, La Ilíada, que tiene mucho
que ver con lo que contaron Raquel, Flora y Teresa acerca de investigar
los clásicos, y descubrir qué es lo actual, qué
es lo contemporáneo, cuál es el presente que vive en
los clásicos.
El último canto de La Ilíada habla de los desaparecidos,
de un padre que va rogarle al asesino que le devuelva el cuerpo del
hijo, cuenta exactamente lo mismo que ocurrió en la América
Latina de los años pasados. Lo curioso es que yo decidí
trabajar La Ilíada para enfrentar el tema de la violencia en
esa historia porque estoy convencido de que la violencia regresa.
Teresa Ralli se refería al Perú que está saliendo
de la violencia. Creo que esta especie de democracia basada en la
corrupción, el robo y la injusticia crea todos los presupuestos
para que regrese la violencia, más desesperada, porque ni siquiera
está soportada por una esperanza, es la violencia de quien
no sabe cómo reaccionar. Yo monté La Ilíada
por eso, es un alegato contra la violencia.
Las palabras tienen un valor relativo cuando hablamos de teatro, porque
si vienen de una persona uno sabe lo que significan; si vienen de
otra, significa algo con lo que uno no está de acuerdo. Cuando
Cristóbal Peláez contó que Pessoa pensaba que
el actor era un intruso, un invasor, estuve totalmente de acuerdo.
Actores que hacen chistes, que repiten algunas cosas, la mayoría
son intrusos. Lo ideal sería que esos actores se fueran, que
abandonaran el teatro y regresaran bajo la forma de los poetas. Entonces
estos actores sí iban a poder existir. De hecho el teatro contemporáneo
se ha encargado de sacar de escena cierto tipo de ideas --o dejarlas
en escenas de ciertos ámbitos del teatro comercial, el teatro
digestivo que no tiene que ver exactamente con lo comercial-- y recrear,
para que vuelva a entrar en escena el actor bajo la bestia del poeta.
La vanguardia se encuentra siempre en estas cosas.
Eduardo de Filippo, el actor italiano que mejor ha representado la
tradición del gran teatro napolitano, el teatro costumbrista,
decía que cuando un actor entra en escena viene de lejos. Y
Tadeusz Kantor, decía que cuando un actor entra en escena regresa
del exilio. Entienden algo muy parecido pero cada uno obviamente con
su estética. Las estéticas nos deben dividir, mientras
no nos divida la ética. Yo pienso que a los artistas de teatro
nos debe unir una ética común, y dividir estéticas
diferentes.
Mis compañeros a veces me critican cuando vamos a ver obras
y me preguntan: ¿cómo, te gustó eso? Porque soy
terriblemente severo, trabajo con el escalpelo para lograr una escena,
un instante de conmoción. Creo en la conmoción; sin
embargo me gusta todo lo que veo, me gusta todo el teatro que yo nunca
haría, me encanta. Hubo un momento en mi vida, cuando era más
joven, que creía que podía enseñar, ahora que
soy más viejo y estaría en condiciones de transmitir
algo, me siento cada vez más incapaz, y sobre todo me siento
cada vez más incapacitado de poder decir frente a una obra
de arte de otro: yo lo haría así. Jamás. Nunca
más me pasa por la cabeza. Yo asisto y trato de entender la
conmoción que está detrás y muchas veces eso
me seduce. Me digo ¡qué bien que ellos hacen estas cosas
que han querido hacer!
El teatro se divide entre el teatro que está bien hecho y el
teatro que está mal hecho, como ocurre en todas las artes.
Conviven fantasmas diferentes, objetivos diferentes y visiones diferentes,
por suerte, porque si no estuviéramos aburridos con las mismas
estrellitas, toditas iguales. Sería un cielo cuadriculado.
No nos podríamos orientar, no habría estrella polar,
ni habría cruz del sur. Por suerte somos tan diferentes, nos
ponemos problemas tan distintos y los enfrentamos con cuerpo, formas
y ambiciones variadas. Eso es lo que hace enriquecedor al teatro.
Abelardo Estorino ha dicho algo muy importante: el teatro, el arte
contemporáneo no puede existir si no existe dentro de la misma
obra una reflexión sobre sí mismo. Todo el arte contemporáneo,
además de enfrentar problemas y argumentos que nos interesan,
debe tocar la visión del teatro que el artista tiene; de algún
modo debe estar enunciada, debe estar declarada, o rozar la obra.
El teatro es indemne a esa reflexión sobre sí mismo.
Yo creo que esa es una de las cosas que caracteriza el siglo XX.
Hay un regreso a Antígona, Las Bacantes, La Ilíada.
Se regresa a los clásicos que fueron actuales en su tiempo.
Este fue un periodo en los albores de la humanidad durante el cual
los griegos tuvieron la fortuna de ver diáfanamente el mundo,
en toda su crueldad, conservaron en sí la experiencia de la
victoria y la derrota, la tragedia y la gloria. Ambas cosas generaron
estos temas que nos vuelven a tocar porque están presentes
en nuestra vida. Tuvieron una ventaja: no tenían tantos siglos
detrás, aparecieron por primera vez y no contaron con los dieciocho,
veinte, veinticinco siglos con los que nosotros tenemos que contar
cuando escribimos. Creo que debemos considerar si escribir clásicos,
o rescribir e inventar todo, como decía Artaud: "si se
quemó la biblioteca de Alejandría no hay problema, vamos
a rescribir todos esos textos". Eso es necesario.
Las abarcas del tiempo, hecha hace siete años, fue nuestro
primer drama. Habíamos montado dos farsas, una de ellas Ubú
en Bolivia, una adaptación de Alfred Jarry y Colón,
que era una sátira sobre el descubrimiento de América.
Las abarcas... es una tragicomedia. Yo no concibo ni en los
dramas más truculentos la ausencia de humor. Si no nos reímos
de nosotros mismos, si no hay crueldad hacia nosotros mismos, si nos
volvemos solemnes, estamos fritos. Si levantamos el dedo hay que cortarlo
con la tijerita, ese dedito que señala. Hay que reírse
de uno mismo.
Cuando un espectador se ríe, se abre y es ahí cuando
uno lo ensarta, lo agarra desprevenido y puede conmoverlo. Cuando
digo conmoción, hablo de ese terreno donde la cabeza y el corazón
se encuentran. No hablo de emoción o raciocinio por separado.
Esa especie de estremecimiento es lo que me interesa.
El desinterés por el público (que no comparto) tiene
una razón de ser, un motivo. En ciertas realidades, ciudades,
en ciertas metrópolis, los artistas no logran pensar en un
público porque son una minoría. Una minoría que
quiere expresarse, que quiere decir algo. Uno quiere dirigirse a sus
similares. El problema de la universalidad tal vez consiste en poder
comunicarse con los diferentes, con algo más amplio. Pero la
idea de público se ha fragmentado y creo que es de donde viene
el desinterés del artista --que muchas veces no se ve en la
obra. Esa pose es tal vez una reacción al teatro comercial:
los chistes verdes, las chicas en pelotas, ese tipo de operaciones
que conocemos muy bien, que vemos en la calle Corrientes de Buenos
Aires: las vedettes y el actor intruso que Pessoa quería que
desapareciera.
Las abarcas del tiempo fue la primera obra seria que enfrentamos,
la pudimos hacer porque ya habíamos creado un público.
La primera vez que actué en Bolivia hace once años,
en un teatro para setecientas personas, había dieciocho espectadores,
de ellos cinco amigos y seis críticos. Eran siete espectadores
verdaderos. Luego, junto a un crítico tuve una especie de conferencia
--a mí me habían anunciado en la televisión,
en artículos periodísticos, tuve una prensa fantástica,
pero no vino nadie. El crítico me decía: ¿cómo
le fue? (muy irónico: que un boliviano pueda burlarse de un
argentino es fabuloso, nos vengamos con el fútbol). Yo contesté
que estaba feliz, porque peor no era posible. Ahora sé dónde
estoy, sé que no hay público, sé que no hay un
teatro que interesa a la gente, la gente está en otro lado
y allí tenemos que ir.
Cuando estrenamos Las abarcas... teníamos el teatro lleno,
había revendedores, o sea, en cuatro años de trabajo
algo había cambiado, habíamos creado un público,
la mayoría era gente muy joven. Pudimos permitirnos después
de haber creado dos farsas, "darles con el hacha". En el
cono sur era evidente que se hablaba de superar ese periodo de la
dictadura, de superar todos esos dolores, de crear en el arte cosas
nuevas. Se confundía el olvido necesario para seguir adelante
con la remoción, con remover, con no haber dicho nunca qué
fue lo que ocurrió, con la impunidad no sólo de los
culpables, sino de pensamiento, de seguir adelante pisoteando una
generación destrozada, destruida. Los más afortunados,
condenados al exilio interior con sus bocas cerradas, los menos afortunados,
a desaparecer.
Yo quería enfrentar la memoria de Bolivia, el mundo andino,
pero me di cuenta que no tenía todos los elementos teóricos
e intelectuales para hacerlo. Decidí enfrentarlo desde su bisagra:
la mina. Ese punto de contacto entre el campo y la ciudad. Todo campesino
antes de llegar a la ciudad va a la mina. Ese es el lugar donde se
proletariza, busca algo dentro de la tierra, enfrenta todos sus mitos:
lucu pacha, como se dice en quechua, el mundo de adentro. Pacha significa
dentro. Lucu, lo que es profundo. Un lugar que no es el Infierno,
aunque así se traduce en términos cristianos. El lugar
adecuado.
Me ayudaron dos antropólogos amigos, esa gente que camina sobre
un terreno muy duro para dejar huellas. Fueron para mí dos
próceres del teatro en América Latina: Gabriel Martínez,
que falleció hace un año, y Verónica Cereceda.
Ellos fundaron el gran teatro chileno en la Universidad de Concepción
en los años 50. Desencantados con el teatro político
abandonaron su carpa, el caleuche, tomado del mito mapuche, este barco
de muertos que llega a orillas del Mar Pacífico en el sur de
Chile. Ambos hacían teatro con esta carpa por todo el país,
después que Allende perdió las elecciones anteriores
a las que ganaría. Se fueron a Bolivia y se pusieron a hacer
teatro con campesinos. Ellos fueron mis maestros espirituales. Cuando
les conté una primera historia, me dijeron que era pésima,
que con esa visión del mundo andino íbamos a ser vistos
como brutos.
Luego volví con otra que existe en alguna comunidad: El amigo
de un muerto no entra al país de los muertos como nosotros
contamos, sino que finge ser el muerto, se va y regresa en la madrugada
con los vestidos del muerto y es tratado como el muerto durante ese
día por la viuda, los padres y los amigos. Entonces en la noche
decide partir. Le hacen la cacharpaya, la fiesta con lágrimas,
la fiesta del dolor, como dicen los bolivianos, "vamos a quitarnos
las penas". Festejamos pero nos quitamos algo, una espina, un
clavo, un puñal. Al día siguiente le dicen a este amigo:
"¿Sabés lo que te has perdido? Ayer estuvo Juan
y vos no estabas". Este es el ritual del cual yo tomé
el punto de partida para viajar a la tierra de los muertos. Un viaje
que es en realidad a la historia de Bolivia, a su pasado.
Tenía que encontrar paradigmas y me encerré en el Archivo
Nacional de Sucre --uno de los más bellos que hay en América
Latina-- y empecé a buscar historias, documentos. Dos meses
de lectura me dieron pistas. Por ejemplo, de Huamán Poma quedó
una frase. Busqué la historia de Tomás Katari, el indígena
libertario que se fue a pie desde Bolivia hasta Buenos Aires a reclamar
credenciales porque era cacique. Llegó casi desnudo delante
del Virrey. Ejerció justicia y obviamente fue asesinado por
los españoles. Busqué la historia del Padre Espinal,
un sacerdote, crítico de cine, por eso siempre habla de una
película en el espectáculo. Una de las críticas
que tomé del Padre Espinal es de un filme sueco de adolescentes.
Imaginé que el Padre, quien además era un hombre muy
casto, estaba enamorado platónicamente de una actriz.
Aparecen otros personajes que fui definiendo, entre ellos, dos reinas
de belleza muertas en la carretera. Bolivia está llena de reinas
de belleza: del maíz, de la zafra, de la res, del agua caliente,
del agua fría. Esas dos reinas muertas se pelean porque no
saben que están muertas. Un predicador evangelista; Bolivia
está llena de sectas que introducen sentimientos de culpa,
de una forma más militante que los curas católicos el
reino de Dios, del más allá, y de aguantar la desesperanza
en este reino de más acá. Hice esta especie de vendedor
espiritual, del Deus Cola.
Enfrentamos el tema de la muerte con dos sistemas de trabajo: uno
de improvisación y otro, de creación de imágenes.
Organizamos el material: los actores improvisaban y creaban mientras
yo estaba en el Archivo. Luego, al día siguiente, me lo mostraban.
Una vez por semana sintetizábamos lo recopilado y nos quedábamos
con material en bruto. Al mismo tiempo que ellos trabajaban sobre
imágenes de la muerte, yo les hacía preguntas concretas:
cómo iluminar, cómo usar el fuego, y ellos respondían
con acciones, con imágenes que íbamos guardando.
Yo escribía los textos y fui dando roles. Decidí que
los más jóvenes, Gonzalo y Lucas, interpretaran al muerto
y al amigo. Algunas escenas nacieron antes que el texto. Otras a partir
de él.
Es así como trabajamos.
Tenemos una regla: nunca enamorarse de las ideas. Las ideas no valen
nada. No cuestan mucho esfuerzo, pero hay que tenerlas. Cambio muchas
cosas en dependencia de lo que opinen los actores. Escribo cinco o
diez veces, pero me siento feliz porque sé que lo que deba
decir el actor lo va a decir bien, porque le escribo lo que él
quiere decir. Obviamente también hay cosas que yo quiero decir
y hay que decirlas.
En el proceso soy un aduanero, de esos que están en la frontera
y preguntan ¿qué lleva usted?. Uno los odia porque tiene
que vaciar la bolsa y debe estar pendiente del regalito que se rompe,
o tiene que esconder algo de contrabando. Hago muchas preguntas y
las respuestas son a veces más ricas que las que yo podría
dar a los actores. Un día, mientras construíamos el
final de Las abarcas... María Teresa dal Pero me pregunta:
¿y si el muerto se desesperara? Entonces me pregunté
el por qué. Y me dije: porque quiere estar vivo. Por una vez
se desespera. Le pregunté lo mismo a ellos para que me respondieran
con imágenes. Teresa mostró la imagen del personaje
ambiguo de Muerte-Relator --me interesa este tipo de símbolo
ambiguo en el teatro porque toca la cabeza del público-- tirando
del muerto con dos cuerdas.
Gonzalo Callejas no pudo mostrar la suya ese día porque debía
ir a Sucre a buscar el material. Volvió con una bolsa y en
la noche se presentó: un actor tocaba una guitarra para crear
ambiente y él estaba sentado, con un traje de yeso, un plato
de yeso y una cuchara de yeso comenzó a decir cosas. Cuando
empezó a moverse, del traje se le caían pedazos. Me
daba la sensación de que en el momento que el muerto deseaba
estar vivo era cuando se comenzaba a pudrir, a descomponer. Yo dije:
¡Aquí está la imagen! Y la combiné con
la de la Muerte que lo arrastra como si fuera un caballo. Para añadir
un poco más de dramatismo hice pasar a la esposa del muerto.
Ella lo está soñando y él quiere alcanzarla,
tocarla, pero se hace pedazos.
Esto es a lo que yo llamo un actor-poeta. Mis actores han creado las
imágenes. Yo sólo he debido componerlas, coserlas. Mi
trabajo fue hacer la pregunta, que en este caso la hizo una actriz,
y después yo me quedo con todo el mérito porque soy
el autor. Es inútil pensar que el texto antecede o viene después
de la escena. La escena es un enorme campo de interrogación.
Cualquier cosa que tiremos a escena, ella nos la devuelve bajo formas
insospechadas. La capacidad nuestra de asombrarnos es fundamental,
y es el diálogo entre texto y escena lo que hace que vibre.
De ahí surgen la mayoría de las obras de teatro.
Radhamés Polanco: Perrerías
no es una obra al uso, como se escriben las obras de teatro, sino
un texto muy abierto, con un estilo de prosa más parecido al
cuento o la novela que a una obra de teatro en términos formales.
Eso le dio la posibilidad a Carlota Carretero, su directora, de construir
una obra bastante personal, que se enfrenta casi siempre con los puntos
de vista de la autora del texto, la dramaturga dominicana Chiqui Vicioso.
Para Chiqui la historia fue siempre más bonita, tierna, y Carretero,
que tiene una experiencia como actriz de veinticinco años,
con toda "esa maldad" de la gente de teatro, ese veneno
que se le mete a uno, acabó poniendo en escena una historia
de muerte y asesinato. Yo que había seguido las pistas de la
autora, había visto al principio mi personaje como un galán
y no como un hombre cruel. Pero estaba siendo dirigido y tuve que
acoplarme. Casi siempre los actores a los que he dirigido han hecho
lo que he pensado. Yo soy el escultor y ellos son barro apenas. Los
inmovilizo y transformo. Por eso en las discusiones con Carlota acabé
haciendo lo que ella quería: fuerte, asesino, malcriado, malapalabroso.
Pero Chiqui pensaba que le habían maleado su obra.
Siempre me habían tocado personajes muy ácidos. Todos
los que hacemos de malos y feos queremos hacer en algún momento
de galán --aunque sea de galán feo pero de alma bellísima.
Pero no lo logré. Carlota destrozó la obra, es su versión,
y organizó el rompecabezas con otra estructura más onírica.
Entre escena y escena la directora introdujo un sueño, que
narra ciertos encuentros de los personajes en otros lugares, hasta
construir el desastre final donde el Tíguere mata a la escritora.
Gonzalo Callejas: Crónica
de una muerte anunciada es una adaptación de la novela
de Gabriel García Márquez. Al inicio fue un ejercicio
de voz. Cambié los nombres y los apellidos de los personajes
por otros más tradicionales de Bolivia, para que la gente se
identificara con ellos y con lo que sucede. Algunos tienen que ver
con La Biblia, Jesús por ejemplo, que también es un
nombre cualquiera.
Después de las primeras presentaciones se me ocurrió
hacerlo en lugares que no son precisamente teatros sino comunidades
de Bolivia en las que sólo se habla el quechua, y también
en cantinas, cumpleaños y para algunos familiares. Eso me dio
mucho, me dio la posibilidad de improvisar con algunos personajes.
Yo no hice mucho dramatúrgicamente porque el texto de por sí
está hecho. Sólo le puse un poco de música y
voces a los personajes.
Alejandro Aguilar:
Son cada vez más difusas las fronteras entre la danza, a la
manera como la concibe Marianela Boán, nuestra directora y
coreógrafa, y el teatro. Esto es algo que muchos teatristas
no se muestran dispuestos a reconocer aún.
Lamentablemente, Marianela no está hoy aquí, pues se
encuentra en Quito participando como maestra de un taller internacional
de danza-teatro convocado por la EITALC. Y vaya ironía, porque
precisamente quería decirles que, lo que nos acerca, no es
exactamente lo que se ha dado en llamar danza-teatro sino lo que Marianela
concibe como danza contaminada.
Para ella, la dramaturgia entendida como lo que sostiene y aglutina
a todos los elementos puestos en juego, es lo que decide en el proceso
de creación, la naturaleza y el modo de convivencia de todos
los elementos. Sin considerarse una discípula de Eugenio Barba,
se apropia de su concepto de dramaturgia como "trabajo de las
acciones", entendidas estas como todo lo que interviene en una
puesta en escena, desde la acción dramática propiamente,
a la luz, el vestuario, la utilería, el lenguaje de movimiento,
el lenguaje actoral, etc. Y asume decididamente la idea de la existencia
de dos tramas, la simultánea y la concatenada, que conforman
ese tejido que es la dramaturgia.
Chorus perpetuus es el resultado más reciente del proceso
de investigación y desarrollo de "su" danza contaminada,
punto culminante de lo que ha venido haciéndose por casi quince
años en DanzAbierta; y que tuvo como antecedentes inmediatos
muy significativos El pez de la torre nada en el asfalto y El árbol
y el camino. Chorus... es una obra en la que seis intérpretes
en escena, sin más elemento que unas bandas elásticas
rojas que los obligan a estar unidos, y la iluminación, conforman
todo el espectáculo. No hay bailarines cantando ni cantantes
actuando. El proceso buscó integrar estos tres elementos en
un solo lenguaje y en un mismo nivel de importancia. Entonces, ¿se
trata de una obra musical? ¿de una obra teatral? ¿será
danza de movimiento puro? No. Es danza contaminada.
Chorus perpetuus surgió de la búsqueda de más
de un año sobre las limitaciones y ataduras externas e internas
del ser humano. Al inicio, se optó por un trabajo en el que
participaba una muchacha con limitaciones físico-motoras que
sería la protagonista de la obra, confrontando a seis bailarines
profesionales en una indagación sobre los handicaps físicos,
espirituales, sociales... Transcurrieron muchos meses de trabajo durante
los cuales varios creadores de distintas disciplinas artísticas
presenciaron ensayos, opinaron, propusieron, tal como acostumbra hacer
Marianela en su afán de desarrollar un proceso de creación
colectiva e interdisciplinario, en el cual colaboran no sólo
los intérpretes/bailarines de la compañía, sino
artistas de otras disciplinas... Pues bien, el trabajo estaba ya a
punto de considerarse listo. Había suscitado opiniones muy
positivas entre los invitados a los ensayos; algunas incluso muy emotivas
como las de nuestro entrañable amigo dominicano Freddy Ginebra.
Pero sabíamos que en toda la idea del espectáculo había
algo que no encajaba... Lo sentía Marianela como coreógrafa...
los bailarines no se entregaban a fondo... algo indicaba que íbamos
por un camino equivocado. Se hizo claro entonces que se estaba usando
el handicap físico, la historia de esa muchacha, como pretexto
para hablar de otro asunto más grave, de impacto social y universal,
como lo es la relación individuo-sociedad, libertad-opresión.
Cuando fuimos capaces de reconocer esto, desechamos todo el trabajo
hecho hasta ese momento, decidimos ir hasta las últimas consecuencias
y apareció la idea del coro, que es en sí misma una
imagen esencial de ese conflicto. El coro genera una voz única
integrada por muchas voces diferentes. Allí estaba la clave.
Cinco meses después, luego de un entrenamiento coral intenso
(tres horas diarias) que les permitiera cantar, no como bailarines
sino como cantantes profesionales de un coro; se estrenaba la obra.