La crítica en tela de juicio.
¿Quién necesita al crítico?
Josette Féral
"Los críticos juzgan
la obra y no saben que son juzgados por ella"
Jean Cocteau
Domingo 12 de julio de 1998. Francia
y Brasil se enfrentan por la Copa Mundial de Fútbol. Francia
va ganando tres a cero. En algunos minutos terminará el partido.
Contra todos los pronósticos, contra todos los críticos
deportivos, por primera vez en su historia Francia gana el partido,
entrando así en el selecto grupo de ganadores de las copas
mundiales. La alegría popular no tiene precedentes: más
de un millón de personas se reúne en los Campos Elíseos.
Toda Francia se reconoce en ese equipo: azul, blanco, árabe,
negro.
Pero apenas terminado el partido, las cadenas de televisión
difunden la imagen de un colérico Aimé Jacquet, entrenador
del equipo francés. Su cólera no se debe al hecho de
haber ganado, de eso está encantado; su cólera se desencadena
contra los críticos, en particular contra los del diario L'Equipe,
el cotidiano deportivo que leen todos los aficionados. Durante los
dos años que duró el entrenamiento, los críticos
deportivos no dejaron de cuestionar cada uno de sus actos. Denunciaron
su incompetencia, lo mal que seleccionaba a los jugadores, sus técnicas
de entrenamiento... en resumen, para los críticos y los periodistas,
en particular los del diario L'Equipe, Aimé Jacquet
no tenía el nivel requerido. "Una pandilla de rufianes",
rugirá Jacquet la noche de la victoria, al referirse a los
críticos. Algunos días después reiterará
su opinión en términos igualmente fuertes: La Copa del
Mundo "debe ser la recompensa para quienes han trabajado duro
y no para quienes se aprovechan, esa gente que gravita alrededor del
fútbol profesional y que va a seguir aprovechándose".1
Por supuesto, "los que se aprovechan" son los críticos
y los periodistas. Durante dos años, Aimé Jacquet trató
de mantenerse alejado de ellos y durante los dos meses de juegos -en
octavos, cuartos de final, en semifinales y en la final-- se negó
a leer lo que escribían. Corrió un tupido velo sobre
los medios de difusión, alejado de la prensa escrita. Y finalmente,
el equipo de Francia ganó y esa victoria le dio la razón
al entrenador, a su trabajo, a sus selecciones. Invalidó lo
que pudieron pensar los críticos durante todos los entrenamientos
preliminares y los primeros partidos. Los hizo callar. Final de esta
historia.
Este pequeño desvío hacia el deporte nos presenta por
el camino más corto y de manera muy diáfana las posiciones
habituales de todo artista enfrentado a la crítica. El paralelo
acerca el deporte al arte. Afirma, o reafirma varios puntos: la convicción
de artistas (y deportistas) de que la acción ("quienes
han trabajado") es superior al comentario parásito de
los comentaristas ("los que van a seguir aprovechándose");
la distancia que opone a veces, por no decir con frecuencia, a los
críticos y al público;2 y por último, vuelve
a plantear la cuestión del papel del crítico: ¿debe
comentar, analizar, juzgar lo que somete a su mirada? ¿debe
tener empatía por el trabajo del artista (o del deportista)?
Por el contrario, ¿debe mantenerse ajeno a la empresa sin tratar
de comprender las etapas que se van desarrollando? ¿Se debe
contentar con analizar los resultados manteniéndose alejado
de la pelea, ser esa mirada "objetiva" que reivindica? o
¿debe tomar partido y arriesgarse a dar una opinión
forzosamente subjetiva? ¿Qué parte debe darle al análisis
detallado, preciso y qué parte a la crítica apasionada
y parcial?
Como ejemplo, la narración anterior es demasiado particular
y no puede aplicarse al mundo de las artes. En efecto, lo que hace
que las posiciones sean tan contrastadas es que en el caso del deporte,
al final, la victoria o la derrota deciden. Aimé Jacquet pudo
ser tan virulento porque el equipo de Francia ganó. Su victoria
le dio la razón, justificó sus métodos, sus estrategias.
Pudo hacer callar a la crítica porque ganó.
Sabemos que en el mundo del arte eso nunca ocurre: un director de
teatro nunca gana de manera tan espectacular. Incluso si el público
ovaciona de pie y sale entusiasmado del espectáculo, el crítico
no se emociona. Puede encontrar sospechosa esa adhesión sin
reservas, ese alborozo popular y explicarlo. Eso no le impide pensar
de otra manera. Un éxito popular no invalida nunca la crítica,
y Aimé Jacquet, incluso ganador en la esfera artística,
podría equivocarse. Por otra parte, un fracaso rotundo no impide
un éxito de crítica. Después de todo, el público
en general no suele conocer a los críticos... Por lo tanto,
tenemos derecho a preguntarnos ¿cuál es el papel del
crítico en la actualidad y qué papel puede desempeñar
todavía?
EL MEDIO ARTÍSTICO CONTRA
LA CRÍTICA
El 16 de septiembre de 1983 apareció en el diario Le Devoir
una crítica de Robert Lévesque, periodista a cargo de
la sección de teatro, sobre Visite Libre, de Michel
Faure, un espectáculo presentado en el Théâtre
de Quat'sous. El medio, siempre crítico con la crítica,
se ofusca por el artículo que considera violento e injustificado.
Decide boicotear el diario negándose a divulgar cualquier tipo
de publicidad en sus páginas, negándose a dar entradas
gratuitas al crítico y a conceder entrevistas. Ciento cincuentiséis
artistas y artesanos de la escena firman una petición en la
que denuncian las exacciones del crítico, su tono con frecuencia
virulento, sus críticas acerbas. El debate se torna hostil.
Todo el medio reacciona. El público interviene en el debate
y envía cartas de denuncia, en las que con frecuencia critica
duramente a los artistas. Algunos periodistas aprovechan la ocasión
para ajustar cuentas y la emprenden contra el medio teatral. Denuncian
la inseguridad visceral de los artistas, hablan de una "banda
de fanáticos", incluso denuncian la complacencia de los
críticos al dar una publicidad gratuita considerable, y en
ocasiones injustificada a los artistas, esos malcriados que no vacilan
en pedir ayuda pública pero no quieren rendir cuentas. El debate
alcanza a todos los críticos. Una de ellos, que acababa de
hacer una crítica de Las brujas de Salem, recibe por
correo una muñeca vudú atravesada de agujas.
El asunto terminaría por calmarse. En los teatros volvieron
a aparecer mejores sentimientos hacia los críticos, quienes,
por su parte, recuperaron un poco de su serenidad en ese debate donde
las pasiones se caldearon.3
Lo que pone de manifiesto esta crisis, cercana a un acting out
colectivo es, una vez más, el malestar general del medio artístico
ante la crítica teatral, tolerada pero no verdaderamente aceptada,
sobre todo cuando es negativa. El medio acepta a regañadientes
que el crítico se arrogue el derecho no sólo de juzgar,
sino de denunciar. En el fondo, alaba la crítica cuando es
positiva; la tolera cuando es neutra y la rechaza fuertemente cuando
es negativa.
TODO JUICIO SOBRE EL TEATRO NO
ES CONCLUYENTE
Estos ejemplos ponen de manifiesto que todo juicio sobre el teatro
-y sobre las artes en general- no es concluyente. En el fondo se trata
de dos cuestiones fundamentales: ¿Con qué derecho habla
el crítico de la obra artística? ¿a título
de qué? ¿en nombre de quien o de qué?; y ¿cómo
hablar de la obra artística? ¿qué decir? ¿cómo
traducir en palabras lo que compete a la acción?
Esto presupone una concordancia de definiciones sobre lo que se debe
entender por "crítica". Ahora bien, esa concordancia
es ilusoria. Abarca dos realidades diferentes según se hable
de la crítica como horizonte de espera o como práctica
de la vida cotidiana.
Digamos ante todo que la práctica artística, la práctica
de la crítica, al igual que la práctica de la teoría
son fundamentalmente tres modos de interpretación del mundo.
El artista traduce en su arte su visión del mundo, el crítico
traduce en palabras su visión del arte, y el teórico
traduce en palabras su visión de la práctica. Si decimos
que el arte es traducir las cosas estamos afirmando que toda forma
de arte es crítica, que da que pensar. Esta era la opinión
de Antoine Vitez cuando afirmaba que el director de teatro hacía
ante todo trabajo de traducción... Y era también la
visión de Aristóteles cuando afirmaba en La Poética
que el poeta "traduce las cosas en palabras".
Como en toda traducción, el problema que se plantea a la crítica
se refiere a la índole de la traducción que realiza.
¿Se tratará de una traducción fiel de la obra
de arte en forma de testimonio o de comentario sobre el quehacer del
artista? ¿El crítico trabajará entonces por empatía
con el artista, entrará en su universo, explorará su
proceso de trabajo, sus intenciones, subrayará sus objetivos
con independencia del resultado obtenido? El crítico hará
entonces un trabajo que se asemeja a una lectura tautológica
de la obra, presentará un espejo apenas deformante y sólo
será un eslabón más en la cadena que lleva la
obra de arte al público, prolongando los relevos de esa trayectoria
que va del artista al espectador.
Como cumple una función de cronista, comentarista o escriba,
se contentará con hacerse eco de las obras artísticas,
probablemente de manera esclarecedora pero por fuerza insuficiente.4
Convertido en vocero, su personalidad, su identidad se perderá
en la sombra de la actividad creadora que ha tratado de esclarecer.
Aunque necesario, ese trabajo del crítico no es por ello menos
limitado y podemos preguntarnos si esa es su verdadera función.
La segunda forma de traducir la obra de arte es la de una mirada crítica
más analítica y, por ende, necesariamente deformante.
¿Acaso podemos traducir sin traicionar?, se preguntan los especialistas
de la traducción. El problema se plantea por fuerza en el ámbito
de la crítica. Toda crítica es traición. Pero,
¿puede ser de otra forma? En el mundo de hoy, el crítico
no se puede contentar con recibir la obra de manera inocente. Para
darle sentido, la debe hacer funcionar en un todo más amplio:
debe hacer referencia a la evolución general del artista, inscribirla
en un movimiento estético, marcar su trayectoria en relación
con las corrientes dominantes. Debe rescribir la obra a su forma pero
mostrando su originalidad (o la ausencia de esta), haciéndola
dialogar con las demás obras, volviéndola a situar en
el desarrollo de la historia. Todo trabajo crítico que no lleve
a cabo esa labor de construcción analítica y teórica
se contenta con ser un reflejo bastante pálido de la realidad
artística. No cumple con su función.
Si la llevamos más lejos, como ocurre con mayor frecuencia
en la esfera de las artes plásticas que en la del teatro, esto
hace que el crítico imprima en el ámbito cultural que
ha decidido recorrer, las huellas correspondientes a movimientos,
tendencias, corrientes artísticas que trata de identificar
y en ocasiones nombrar, dándoles existencia a veces por las
lecturas y las observaciones que hace: pensamos en los escritos sobre
la pintura de Clément Greenberg, Rosenberg, e incluso en los
de Baudelaire o Diderot. Supieron, a su manera, hacer ver lo que los
artistas no reconocían en su propia práctica, situándolos
en los grandes movimientos estéticos que agitaban el mundo,
revelando corrientes que la historia recuperó después
como puntos de referencia para pensar en términos de historia
del arte.5
En la esfera del teatro, algunos investigadores han realizado ese
trabajo, aunque con menos amplitud que los dedicados a las artes plásticas.
Max Herman en Alemania, Jan Kott en Polonia, Martin Esslin en los
Estados Unidos y sobre todo Bernard Dort en Francia, son algunos ejemplos
de quienes han realizado ese trabajo de referencia y decodificación
de las obras teatrales, que permite leer la historia del teatro de
su tiempo, al percibir las novedades y al analizar todas las prácticas
de su época, integrándolas en la perspectiva más
amplia de un arte en particular: teatro, artes plásticas, música,
cine. Bernard Dort sigue siendo un modelo en su género: supo
unir agudeza de análisis, conocimientos profundos sobre teatro
y el deseo de pensar en función de la historia del arte y la
escritura. Sus análisis críticos, publicados a la vez
en periódicos y revistas especializadas, siguen siendo referencia
obligada. Esta victoria de la crítica sobre el tiempo es el
principal signo de su pertinencia.
De manera más modesta, otros críticos como Bonnie Marranca
o Theodore Shank supieron dar, cada uno por su parte, un nombre a
ciertas corrientes artísticas señalando ejes que fueron
retomados después para diseñar el mapa del teatro de
hoy: teatro de imágenes, teatro alternativo... Ese trabajo
de identificación permite elaborar la cartografía de
la práctica de nuestra época. Sin él, esta seguiría
siendo un mosaico donde la práctica de cada cual se yuxtapondría
a la de otros sin que surja de esa multiplicidad una lectura generalizadora
y necesaria en la que cada obra artística cobraría sentido
dentro un conjunto más amplio. Por lo tanto, es necesario que
el crítico de hoy piense en función del arte contemporáneo,
haga surgir conceptos nuevos, corrientes que permitirán que
todos tengan puntos de referencia y fabriquen la historia de una manifestación
artística.
De ello se desprende que para cumplir con esa trayectoria, las habilidades
del crítico de hoy difieren necesariamente de las de antes.
Requieren de un conocimiento teórico, estético y artístico
importantes. Por supuesto, también requieren que las aptitudes
del crítico difieran de las que se le suelen pedir. Tiene que
ser un analista y tener conocimientos especializados de la materia
de su elección.6 Dotado de una visión más amplia
que la del artista, preso en las redes de su propia forma, debe poder
elevarse por encima del ámbito cultural para poder analizarlo
con la debida distancia. Por ende, tiene que tener una visión.
"El crítico vivo es aquel que ya ha encontrado por sí
mismo lo que podría ser el teatro, observa Peter Brook, y que
tiene la audacia de impugnar esta fórmula cada vez que participa
en un acontecimiento".7
Esas nuevas necesidades de la crítica explican las razones
por las que hoy son más fáciles de cruzar los puentes
entre crítica periodística y crítica erudita.
En efecto, muchos investigadores se dedican a una u otra según
las necesidades de los órganos donde publican. La crítica
erudita ha perdido su soberbia y se ha vuelto menos esotérica;
y, por su parte, la crítica periodística aspira a ser
menos superficial. Esa es la imagen del crítico que se pudiera
desear. La realidad de la profesión es completamente diferente.
DESCRIBIR, INTERPRETAR, JUZGAR
En efecto, en la acepción común, un crítico es
aquella persona de quien se pretende que la lectura de las obras sea,
en principio, "iluminada", en el sentido que se le daba
a ese término en el siglo XVIII. No se trata de brindar una
lectura para cualquier ocasión, sino de dar una lectura documentada,
analítica, informada. Al actuar como primer filtro del espectáculo,
informa al espectador, aclara la obra, vuelve a situar rápidamente
el texto si fuera necesario, dice algunas palabras sobre la puesta
en escena, la interpretación de los actores, la escenografía.
De modo que realiza un primer trabajo de filtro. Para realizar esa
tarea tiene que tener discernimiento y posibilidad para especificar,
para nombrar las cosas. Por ello mismo, designa las obras que merecen
atención. Su trabajo suele detenerse ahí. Son raros
los casos en que profundiza más en el análisis, indicando
pistas, situando más detalladamente la obra en un contexto
histórico y estético más amplio.
Al escribir sobre su oficio de crítico, Solange Lévesque
observa que para ella se trataba de "recibir y analizar la obra
teatral utilizándose a sí misma como primer instrumento,
y dejándose vibrar de la manera más justa posible".8
La expresión parece bastante atinada según la opinión
más extendida. La autora subraya el principal peligro de la
crítica (y también su grandeza): hacer que sea tributaria
de la personalidad del crítico.
Concebida así, la crítica parece a veces inocua y de
una duración ilimitada. Como se consume rápidamente,
deja pocas huellas. Sólo es útil como reacción
epidérmica a un espectáculo en cartelera. El crítico
aparece ahí como el "perro guardián" de la
sociedad, encargado de manifestar su agrado o su desagrado, y por
ende, de servir indirectamente de diapasón para el resto del
público.
Pero puede hacer más. Si en la actualidad ya no hay que responder
a la pregunta "¿qué es el arte?", antaño
fundamental, puede abordar obras que se salgan del marco de lo conocido,
como enigmas, en las que siente que su análisis no agota el
sentido. Puede tratar de mostrarlas como obras abiertas, de abrirles
las puertas.
Al evitar los dos peligros que le acechan -dogmatismo e impresionismo-
puede aspirar a aprehender la causalidad entre la forma y el efecto
producido, entre la sensación, la emoción y lo que la
causa. Al hacerlo, la trayectoria del artista permite que el crítico
haga la suya, dejando marcas en la obra artística sin ocupar
su lugar u ocultarla. Tiene que encontrar un equilibrio difícil
entre la originalidad de su propia actividad de reflexión y
el respeto al trabajo del artista, esforzándose por dejar ver
la obra a través de sus palabras sin ocultarla u ocupar su
lugar.9
Esto exige tener un "pensamiento atlético" para que
el sentido aflore, hacer que las obras tengan significado más
allá de su primer e inmediato sentido, nombrar las formas para
que se les pueda "reconocer". En otras palabras, su actividad
puede y debe ser creadora al igual que la del artista. Los mejores
críticos son aquellos que ejercen un pensamiento personal,
que son creadores, investigadores, ensayistas. Al respecto, estoy
de acuerdo con Peter Brook.
Lamentablemente, esta visión idílica a menudo es falseada
por una realidad diferente y un ejercicio del poder que supera a la
vez al artista y al crítico.
UNA VARIADA GAMA DE PRÁCTICAS
E IDEAS
En efecto, la realidad de la práctica es otra cosa. Es bueno
señalar que la profesión de crítico oscila a
menudo entre el discurso complaciente y tautológico sobre la
obra de arte en el que se pone en escena el discurso de esa obra y
un discurso en el cual el crítico se erige juez y muestra su
opinión como un espectáculo, poniéndola en escena,
justificándola a veces en un proceso un poco apurado.
Pueden encontrarse varias razones para esto. Una de ellas, la más
importante, es que la crítica padece hoy en día de una
falta flagrante de referencias. Como no es una ciencia, no se ha podido
dotar de un mecanismo científico adecuado. Sigue siendo un
arte tributario del arte de escribir. Además, por lo general
se hace a imagen de los medios de difusión para los que va
destinada, los que no sólo le imponen su forma, su elección,
sino también sus contenido. Se adapta al mínimo común
denominador.
Esta forma de funcionamiento justifica la incompetencia artística
del crítico, y en tal condición se convierte en el espectador
básico al que supuestamente se dirige. Así, los medios
de difusión promueven a voluntad la indigencia de la crítica.
Por el poco espacio que se le concede, por los plazos breves que se
le imponen, se incita al crítico a no retrasarse en relación
con las obras, a evitar cualquier argumentación verdadera para
sustentar sus opiniones. De modo que se deja llevar por opiniones
emotivas (le gustó o no le gustó). No es nada sorprendente
que muchos críticos terminen por sustituir sus propios gustos,
sentimientos, emociones, por ponerse ante la obra a riesgo de ocultarla
completamente. Terminamos por verlos detrás de la crítica
en vez de a la obra. El crítico acaba siendo el espectáculo,
feliz por la ocasión que le brinda la obra artística
para ponerse en escena a sí mismo. Para comenzar, su popularidad
no la debe a su talento sino al medio que lo proyecta a la luz cada
vez que toma la palabra para hablar de una obra. Con mucha frecuencia
se arriesga poco en ese largo proceso.10
LA CRÍTICA COMO PODER
A esto se añade otro problema importante que no podemos ignorar.
La crítica es poder. El crítico disfruta, quiéralo
o no, de una posición de autoridad de la que al parecer abusa
en ocasiones. En efecto, si la crítica es intolerable para
el artista (sobre todo cuando es negativa), ello se debe a que forma
parte de un juego de poder cuyas fuerzas suelen ser desiguales. Si
directores como Robert Wilson, Peter Brook, Peter Sellars o Ariane
Mnouchkine pueden burlarse de la crítica, eso se debe a que
la dominan con todo el peso de su arte. Pueden ignorarla olímpicamente
sin que eso afecte su creación o su talento. Pero ese no es
el caso de la mayoría de los artistas. La crítica y
el crítico tienen una incidencia importante en la asistencia
del público, el financiamiento y las subvenciones de que disfrutan,
el reconocimiento del medio, hechos que nadie puede pasar por alto.
A esto se añade una correlación de fuerzas en la que
el artista está en desventaja y que afecta al número
de individuos a que llegan la crítica y el espectáculo.
Si algunos montajes de Mnouchkine alcanzan la cifra de casi doscientos
cincuenta mil espectadores (Los atridas, sus versiones de Shakespeare),
pocos artistas pueden decir lo mismo. En el mejor de los casos, esos
artistas llegan a unas cuantas decenas de miles de espectadores, en
lo que el crítico, por el poder de su órgano de difusión,
llega de entrada a varios cientos de miles de personas (diarios, televisión,
radio). En número de personas a las que llega el mensaje, el
peso del escrito es muchísimo mayor que el del espectáculo.
Ahora bien, ¿qué tiempo ha invertido el crítico
para hacer una crítica? Apenas unas horas, mientras que el
artista ha trabajado durante meses, incluso años. Es cierto
que el "tiempo no guarda relación con el trabajo",
pero es evidente que esta diferencia plantea un problema de ética.
Por otra parte, cuando la crítica no se concibe de forma creativa,
como tratamos de presentar anteriormente, se convierte en un ejercicio
superficial de digestión rápida de la obra artística.
A ese trabajo superficial nos convida nuestra sociedad, en particular
los medios de difusión que se han apoderado de las obras artísticas
como si fueran bienes de consumo, tan ávidos de acontecimientos
culturales como lo están de acontecimientos sociológicos
o políticos, para transformarlo todo en espectáculo.
La función crítica también ha cedido el lugar
a la función espectacular, convirtiéndose en espectáculo
en sí. Ya no se valorizan las obras, sino el propio crítico,
quien a menudo se sirve de ese terreno para ponerse en escena a sí
mismo. La propia obra de arte se pierde tras su valor como acontecimiento.
El último punto relacionado con el desequilibrio que se establece
entre el artista y el crítico es que este último no
tiene que rendir cuentas a nadie, aunque en ocasiones la parcialidad
de sus juicios autorizaría, incluso necesitaría, de
un derecho de réplica del que está privado el artista.
El crítico goza de cierta impunidad, con independencia de la
índole (o la violencia) de sus palabras.
Añadamos por último que la incidencia de la crítica
sobre la asistencia a espectáculos es más o menos grande
según los países, ciudades y casos. Es relativamente
débil cuando apunta a directores conocidos y poco disuasiva
en las ciudades donde hay una diversidad de órganos de prensa
que rara vez son de la misma opinión, se vuelve importante
cuando se refiere a compañías jóvenes o a directores
poco conocidos de la opinión pública. En estos últimos
casos la responsabilidad del crítico es grande.
UN ARTE AMENAZADO
A pesar del notable impacto que la crítica puede tener sobre
un espectáculo dado, hay que reconocer que sólo tiene
incidencia limitada sobre la evolución del arte, y con mayor
razón sobre la sociedad. De modo que su incidencia es limitada.
En nuestro mundo el espacio crítico se vuelve escaso. En efecto,
el arte de la crítica está amenazado por toda nuestra
cultura de masas, que la rechaza. Está amenazado por la era
de los medios de difusión en la medida en que sólo tiene
un impacto menor ante lo que esos medios pueden transmitir. Por otra
parte, la publicidad le hace competencia,11 al multiplicar las copias
de promoción en los diarios o por las entrevistas concedidas
por los artistas para anunciar y explicar sus actividades. Su campo
de acción se restringe considerablemente. De ahí la
necesidad de encontrarle un sentido nuevo, a falta de encontrarle
nuevas formas.
Además, ante la fragmentación, la parcelación
de las prácticas, la multiplicación que le impide al
crítico verlo todo, la crítica ha perdido la función
política y social que le daba sentido: la de formar el gusto
del público, de orientarlo, de canalizarlo. Como perdió
también su objetivo inicial -el que reivindicaban Diderot o
Baudelaire- de formar el gusto o incluso la opinión, de enseñar
a discernir, como pudiera pensarse que se hacía antaño,
la crítica se contenta hoy con añadir una individualidad
adicional, la del crítico, a todas las demás individualidades
que constituyen la trama de nuestras sociedades. De manera que concede
indebidamente un lugar exorbitante a la opinión de uno solo.
¿Qué le queda? En el mejor de los casos, añade
una solidaridad con el medio, con el público, con la sociedad
(Lucie Robert); convierte al crítico en el "cómplice
de la aventura teatral, el socio de la creación" (Pierre
Lavoie), induciendo a una "formación de la mirada".
Ese papel no es nada despreciable.
Lo que es más importante, la crítica añade espacio
a la obra, una distancia entre el espectáculo y el espectador,
entre la recepción y su elaboración conceptual. El crítico
analiza ese recorrido que va de la reacción epidérmica
(gusta o no gusta) a impresiones más profundas. Traza caminos,
hace vínculos. Inscribe la separación en el seno de
la experiencia estética. Afirma que toda obra artística
requiere reflexión, que no es simplemente un bien de consumo
inmediato y sin consecuencias, que forma parte de un conjunto social
y estético y de una colectividad. La actividad individual del
artista se une al colectivo. Vuelve colectivo lo que atañe
a lo particular. Aunque es producto de un individuo, se destina a
todos. La posición crítica se justifica porque va destinada
a la colectividad, quien le otorga al crítico autoridad para
que la represente, y este debe informar a la colectividad. Sin esa
misión social, la función del crítico sería
obscena, intolerable.
¿Hay crítica justa? Probablemente no. Gilles Sandier
reivindicaba el "derecho a la indignación". ¿Qué
hacer para que ese derecho no sea abusivo. Desde el punto de vista
del público, Sandier tiene razón. El crítico
debe desempeñar ese papel. Incluso es el único que puede
realizarlo. Desde el punto de vista del artista, esto es más
duro de aceptar. El artista tiene necesariamente que sentirse lesionado
por el procedimiento.
La dificultad estriba en las exigencias contradictorias que se imponen
al crítico, Ante todo, su arte es un "arte de combate",
según la expresión de Sandier, pero es también
un "arte de la solidaridad" con el medio artístico
amenazado en nuestras sociedades, un arte que siempre debe dar pruebas
de su necesidad. Es también un "arte del diálogo"
con la obra, con el artista, con el público. Es lo que permite
hacer colectivo lo que atañe a lo particular.
Aunque amenazado, el arte de la crítica no es por ello menos
esencial. Si continuamos realizándolo como lo hacemos en los
medios de difusión, pronto será una mera supervivencia
del pasado sin urgencia ni necesidad. A falta de encontrar nuevas
referencias en el mundo de hoy, estará llamado a desaparecer
o a sobrevivir como esos vestigios de otro mundo. Por ende, es necesario
que el crítico vuelva a asumir con urgencia su responsabilidad
social y su función estética. Al tiempo que utiliza
con circunspección su subjetividad y explora todo el espectro
del saber, que va de la reacción epidérmica frente a
los espectáculos hasta análisis más profundos,
es necesario que establezca el vínculo entre emoción
y conocimiento, con plena conciencia de que escribe la historia a
la vez que esboza el futuro.
Traducción del francés
Miryam López Suárez
Notas
1 Le Monde, sábado 18 de julio de 1998.
2 En el caso de la Copa Mundial, parece claro que el público
siempre tuvo fe en SU equipo, que fue la misma fe que tuvieron los
jugadores. Si el público está a favor y los críticos
están en contra, ¿en nombre de quién hablan
los críticos? ¿Acaso son apenas los representantes de
ellos mismos o hablan en nombre del público, ellos, quienes
se supone sean los "guardianes de la sociedad"?
3 Para una narración detallada de este acontecimiento, véase
Pierre Lavoie, "Aimer se faire haïr ou haïr se faire
aimer", in JEU, n. 31, 1984, pp. 5-13.
4 Esa era la política editorial de The Drama Review
en tiempos de Michael Kirby. Se eliminaba cualquier análisis
de los espectáculos, con el deseo ilusorio de estar lo más
cerca de la obra artística sin el filtro personal y deformante
de la mirada del analista.
5 También se equivocaron, por supuesto. Los escritos de Baudelaire
sobre ciertos pintores academicistas de su época, cuyos méritos
alababa (Bouguereau) no resistieron al tiempo. Sin embargo, el trabajo
de reflexión crítica que realizó Baudelaire es
un ejemplo notable de análisis y de lucidez críticos.
En la actualidad, la polémica iniciada por Jean Clair sobre
el arte contemporáneo es otro ejemplo del papel fundamental
que puede desempeñar el crítico a pesar de la parcialidad
que entraña ese tipo de combate.
6 En la esfera de los deportes, por ejemplo, los comentaristas son
ex atletas. Sin querer que los críticos de teatro sean artistas
retirados, es importante que sus conocimientos de la práctica
artística se apoyen en otra cosa diferente de su competencia
como espectador: necesitan tener buenos conocimientos de la dramaturgia,
de la práctica teatral en su conjunto y no sólo de manera
local sino fuera de las fronteras...
7 Peter Brook: L'espace vide, Seuil, París, (1968) 1977,
p. 53.
8 Solange Lévesque: "Portrait du critique en créateur",
JEU, n. 40, 1986, pp. 61-65.
9 Duchamp nos recuerda que el cuadro lo hacen quienes lo miran.
10 Aquí también debemos diferenciar matices y variaciones.
Si al parecer todos los críticos se agrupan bajo una sola bandera,
la realidad de lo que realizan difiere profundamente de uno a otro
según la personalidad de cada cual y sobre todo, según
el órgano de prensa para el que escriben. ¿Qué
relación hay entre los críticos de la televisión
y la radio y los que escriben en los diarios? Ninguna. Los primeros
suelen ser comentaristas pasivos de la actualidad teatral, los segundos
-según sea el caso-- tratan de buscar en el paisaje teatral
las actividades dignas de interés, las comentan y las analizan
tratando de informar al público.
De modo que habría que comenzar por diversificar un vocabulario
que daba la ilusoria impresión que todos los críticos
hacen el mismo trabajo con independencia del órgano de prensa
para el que se destina. Ahora bien, el crítico que escribe
en los diarios de gran circulación, el cronista que anima un
programa cultural en la televisión o la radio, el analista
que publica en revistas especializadas, el que se contenta con repetir
o brindar sus opiniones sobre la actividad cultural y artística
no tienen los mismos imperativos ni las mismas exigencias.
11 Véase al respecto lo que ha dicho Ariane Mnouchkine, quien
constata que cuando los críticos no hacen su trabajo y no hablan
rápidamente de un espectáculo, la compañía
tiene que realizar una campaña publicitaria que no había
previsto. Al parecer, ese fue el caso de su espectáculo titulado
Et soudain, des nuits d'éveil.