Deborah Colker: la danza es la imagen
del movimiento
Denise Assis, Ida Vicenzia,
Pedro Ivo Vianna y Sérgio Fonta
A nadie debe engañar el
aire angelical que el cabello fino y auténticamente rubio da
a la coreógrafa y bailarina Deborah Colker. La piel de melocotón
y la figura delgada contribuyen a la imagen engañosa de que
estamos delante de una persona suave. Quien la ha visto en escena
estirando su cuerpo en movimientos casi acrobáticos, al acercársele
se sorprende por el contraste. Para quienes no la conocen -y no saben
lo que se están perdiendo-- es preciso una llamada de alerta:
la mujer pequeña le imprime a su conversación el vigor
que exhibe en el escenario, y pone en las palabras y en el ritmo con
que emprende su vida una fuerza que en nada concuerda con su menudez.
A los cuarentiún años, esta carioca madre de Clara,
de dieciocho años, y de Miguel, de quince, dirige con rígida
disciplina la compañía que lleva su nombre. Apoyada
por el empresario, productor y marido João Elias, Deborah tiene
en su elenco bailarines brasileños de varios estados, un ruso
y una uruguaya, y enfrenta esa diversidad con profesionalismo, exige
horarios y dedicación. Impone a todos clases de ballet clásico,
a pesar de que su danza nada tiene que ver con "puntas",
ni con las zapatillas que son agonía y soporte para quien encara
El lago de los cisnes. Filma y asiste a todos los ensayos para
observar fallas y aciertos. Deborah traslada al diálogo la
obsesión por lo que hace. No es extraño que apoye lo
que afirma batiendo los pies o haciendo crujir los dedos.
Es más fácil entender porqué espectáculos
como Vulcao, Velox, Casa, y ahora 4 x 4 se basan en
la repetición de gestos del día a día, en la
ocupación de los espacios y en imágenes en movimiento.
Para Deborah lo cotidiano es la danza y poco importa que esté
en casa cuidando de sus cinco perros y de las compras del mes, o en
la escena. Su gesto resulta siempre en una coreografía pues,
como apunta, su trabajo es extremadamente autobiográfico.
-- ¿Usted cree que la Compañía
de Danza Deborah Colker modificó el concepto de danza contemporánea
brasileña?
-- Creo que esa valoración deben hacerla otros. Comencé
a fines del 93 o inicios del 94. La compañía tiene nueve
años y es un tiempo corto para hablar históricamente,
porque esa es una pregunta histórica. Sólo la historia
dirá. Al mismo tiempo, creo que puedo decir que sí.
En el inicio las personas no me conocían, no sabían
que cuando fundé la compañía llevaba quince años
dando clases de danza contemporánea. Ya había hecho
un montón de piezas como directora de movimiento y como coreógrafa.
De entonces acá vengo afirmando un lenguaje y un pensamiento
del movimiento de la danza.
--Todo inicio es difícil.
¿Cómo fue el suyo?
-- Oía comentarios de todo tipo: "Qué muchacha
es esa, ¿cayó en un paracaídas? Eso no va a durar..."
En el 94 hice Vulcão y en el 94 Velox. Por eso
no puedo dejar de responder la pregunta anterior, porque con Velox
el público de teatro empezó a ir a ver danza, un público
que casi no iba al teatro ni para ver teatro. Entonces hubo en cambio
que pudiera decirse que fue histórico.
-- ¿Fue a partir de Velox
que usted despegó?
-- Puedo decir que sí, porque cuando yo lo estrené en
el Teatro Carlos Gomes, quien lo dirigía era mi querido Aderbal
(Freire Filho). En esa época yo ensayaba y él decía:
"Deborah, haz dos semanas". Y yo le respondía: "Aderbal,
estoy ensayando hace diez meses, soy de esta ciudad y quiero tres
semanas. Si no me las das, no lo hago". La discusión era...
Él quería protegerme, temía que no fuéramos
a tener público. Nos dio tres semanas e hicimos cinco, después
volvimos y Aderbal me dice: "Hace mucho tiempo no veía
una efervescencia así, una vitalidad tal con un espectáculo".
Fue un acontecimiento.
-- Velox exploraba bastante los
movimientos, estaba hecho en una pared. ¿Cree que el público
se identificó con él por haber esa proximidad con los
ejercicios físicos, con el deporte?
-- Con Velox la gente decía: "Muy bien, ella hace
un espectáculo con paredes. Vamos a ver el próximo."
Y ahí vino Rota, que fue muy bueno. Era el de la rueda,
que combina el universo clásico con lo contemporáneo,
después de Rota vino Mix, después Casa.
-- Esa trayectoria consolidó
su danza...
-- No lo sé. No me incomoda si tengo que matar un león
por día porque tengo mucha energía, pero en verdad cuando
estoy metida en un proceso de trabajo de compañía, de
lenguaje, de repertorio, mi preocupación no es acertar o errar.
Mi preocupación es el público. Hago un espectáculo
para las personas: arquitectos, periodistas, guardias de seguridad,
enfermeras, bailarines, empleadas domésticas, secretarias.
Creo que así tiene que ser, para una audiencia ecléctica,
porque Brasil es un país que danza de norte a sur y de este
a oeste, y que se debe ejercitar, se debe trabajar y hacer danza para
muchos y por muchos.
-- Su danza tiene que ver con los
movimientos del día a día, ¿cómo surge
la coreografía?
-- El día a día es mi impulso, mi corazón. Hay
coreógrafos que se inspiran en la música. Algunos en
el movimiento, y otros en la literatura. Hay personas como yo que
parten de ideas y de conexiones con el mundo contemporáneo.
Lo que me fascina es tener alguna idea, algún asunto que discutir.
Las ideas y el pensamiento son muy importantes para mí. Yo
parto de ellos. En 4x4, mi nuevo montaje, quiero hablar sobre artes
plásticas y, al mismo tiempo, discutir la relación entre
movimiento y espacio. Comienzo a pensar en eso obsesivamente, apasionadamente,
y es eso lo que me va sugiriendo el repertorio de movimientos y ...
voy a discutir o no. Eso me lleva a la plástica, a la música.
-- Pero esa idea no es aún
el espectáculo...
-- No, es el punto central, como si fuese un corazoncito de sol que
va a hacer: vuuupt. Las ideas que he tenido hasta hoy no son románticas
ni depresivas, son las que yo respiro. Por ejemplo, Velox se
conecta con el deporte. Rota con los parques de diversiones,
con los adolescentes. Lo que inclusive refleja una cuestión
latente: ¿es arte o diversión? ¿El arte es para
pensar o para sentir y pensar? ¿Cómo se establece esa
comunicación? Mis espectáculos proponen una discusión
estética. Para cada uno lanzo millones de preguntas.
-- Usted dice que si danza no es
romántica y que quiere hablar de lo contemporáneo. ¿Sus
bailarines lo entienden?
-- Todos los días les digo que estén conectados con
el mundo, que vayan al cine, que lean libros y periódicos.
Creo que el bailarín tiene que estar mucho tiempo trancado
en la sala de clases, pero también necesita entender que el
mundo no es sólo ese espacio. No están desconectados.
Yo acostumbro a traer el mundo para adentro. Cuando traigo a Cildo
Meirelles, a Victor Arruda, a Chelpa Ferro, a Verna, a Gringo Cardia,
estoy haciendo eso, o sea que nosotros estábamos integrándonos
a través de ese trabajo con el mundo.1
-- ¿Diría que su
trabajo es también narrativo?
-- No, no tiene una historia, no tiene personajes; pero sí
tiene una dramaturgia, un camino. Es como un tren. Yo acostumbro a
decir: "nosotros cogimos un tren que va por un trillo. No se
puede descender y tomar un ómnibus o un avión, comenzaste
y tienes que llegar a algún lugar. Quieres decir algo. ¿Qué
es? ¿Sobre qué queremos hablar? ¿Cómo?
¿De qué color quiero decirlo? ¿Cuál es
la dinámica? Soy una persona que hace muchas preguntas. Llevamos
un año y nueve meses trabajando en este espectáculo.
Es así, un proceso de depuración, en el que se levanta
un repertorio de movimiento, de ideas, de pensamientos y se mezclan.
-- ¿Usted acostumbra a diseñar
su coreografía? De la soledad al escenario ¿cuál
es el proceso?
-- Yo diseño. A veces hago un story board. Trabajo mucho
con frases de movimiento. En 4x4, por ejemplo, comencé
con dieciocho frases de movimiento. Entonces traigo esas frases y
en ellas la música.
-- ¿De dónde surgen
las frases?
-- En el periodo en que estaba haciendo Casa, yo estaba viajando
mucho y pensaba en la historia de la arquitectura de la casa y la
relación del espacio con el movimiento. Creo que la danza nada
más es la imagen del movimiento. Imagen en movimiento. Me quedé
con eso en la cabeza mientras presentaba el espectáculo y veía
exposiciones. Fui a la Bienal de Sao Paulo y conocí el trabajo
de Antônio Manuel, llamado Fantasma, que es lindo, con
carbones colgando. ¡Escenográfico! Luego viajé
a Nueva York, porque íbamos a presentarnos allá y tenía
que dar entrevistas. En el museo Guggenheim había una exposición
de un italiano llamado Francesco Clemente, maravilloso, y decidí
trabajar la plástica. En el 2000 monté en Teatro Municipal
fragmentos de todos los espectáculos de la Compañía.
Cuando terminó empecé a hacer frases coreográficas
pero todavía el trabajo no estaba claro en mi cabeza. Entonces
comencé a trabajar con improvisaciones que también uso
mucho. Sólo que ellas ya traen frases de movimiento, ya dicen
más o menos cuál es el asunto que queremos tratar. De
ahí comienzo a proponer a los bailarines las improvisaciones
y es excelente, porque ellos crean cosas de su propio universo.
-- ¿Esas improvisaciones
"dirigidas" desembocan en el trabajo final?
-- El proceso creativo es parte de mí. Comienzo a hablar a
los bailarines sobre esas ideas y a trabajar las improvisaciones.
Eso se va multiplicando, va creciendo y lo voy mezclando todo. En
4x4, por ejemplo, experimenté mucho, trabajé
con cajas, con botellas... Hubo una época en que quería
trabajar con péndulos y cuerdas. El proceso de experimentación
es largo, es como un laboratorio científico.
-- ¿Y dónde entra
la música?
-- La música es super importante y es gracioso porque en el
nuevo espectáculo yo misma hago música. Estudié
piano diez años pero lo dejé por un tiempo. Ahora se
me metió en la cabeza que quería un piano en vivo y
decidí volver a estudiar. No sabía si lo conseguiría
o no, pero ya tengo la certeza de lo que quiero conseguir. Es difícil
tener tiempo para estudiar. En ese retorno trabajé con los
preludios de Debussy, la sinfonías de Bach, pasé por
Mozart y ahí escogí una sonata suya. Entonces a veces
la música viene por su propia fuerza y se impone.
-- ¿Piensa en la reacción
del público al escoger una banda sonora?
-- En casa, a la hora de la comida -que es el momento más importante
de una casa, cuando todos se reúnen-- descubrí un disco
compacto con un cuarteto de Mendelsson y dije: "quiero bailar
esa música". Berna Ceppas, que trabaja conmigo decía:
"Qué formalidad la tuya. Ya tienes definida una música
y por encima clásica, erudita. Ahora la cogiste con ese negocio
erudito". Pero cuando me empeño en una cosa es que tiene
razón de ser. Intento cambiar y no lo consigo. Juego democráticamente
hasta cierto punto. Cuando me empeño en algo no es en vano.
Esa música le dio una enorme popularidad a Casa. Y es
linda, fue el momento más bonito del espectáculo.
-- ¿No temió distanciarse mucho de su estilo al usar
un clásico?
-- Mi padre estudió violín mucho tiempo y entonces todavía
estaba vivo. Yo le decía: "papá soy una persona
a la que le gusta tanto comunicarse, pero ese cuarteto es muy difícil,
intimista. Creo que las personas no lo van a conseguir..." Sin
embargo, la primera vez que oí esa música me emocioné.
Y él me decía para confirmar mi intuición que
recordara que Mendelsson compuso la marcha nupcial. Es una ignorancia
creer que él es clásico. Su música ha atravesado
siglos y se convirtió en la marcha nupcial que ha llegado hasta
hoy. Eso sí, es un clásico. Un tipo que atraviesa la
barrera del tiempo. La música a veces viene como un rayo. Y
entonces es imposible, ninguna idea consigue derrumbarla. Al contrario,
se abrazan, se mezclan.
-- ¿Cuál es la influencia
de Graciela Figueiroa en su trabajo y en su vida?
-- Todas las influencias del mundo. Decidí hacer danza contemporánea
por ella. Cuando niña hice ballet de la misma manera que estudiaba
piano y jugaba voleibol. Al final de la adolescencia tuve un año
difícil y lo dejé todo. Fue un caos para mí y
para las personas a mi alrededor, que tenían expectativas en
relación con lo que yo hacía, porque lo hacía
con mucho placer. Lo que me sacó de la crisis fue la danza.
Hice zapateado, jazz, danza moderna, y volví a hacer ballet
clásico. Tenía tres o cinco clases por día porque
si hay que meterse me meto a fondo. En medio de eso conocí
a Graciela y cuando la vi por primera vez me detuve y me dije "eso
es lo que quiero". No sabía lo que era, no me interesaba
si era danza contemporánea o que nombre tenía. Lo que
me interesaba era ella: aquella fuerza salvaje, aquella inteligencia
y vitalidad. Y es gracioso porque ella es mi opuesto, es la persona
más tímida del mundo.
-- ¿Cómo fue su encuentro con ella?
-- Graciela no era muy conocida por el público pero sí
por el medio artístico. Fue ella quien trajo la danza contemporánea
a Río de Janeiro. Trajo el sistema y el pensamiento, que son
bastante recientes. Klaus y Angel Viana, que hacían danza moderna
en esa época, la trajeron en el 76, y como los dos eran personas
abiertas, interesadas en los cambios, trajeron aquella persona que
tenía una vibración increíble. Cuando la conocí
quedé boquiabierta. Un mes después estaba bailando con
ella en su grupo, viviendo con ella... cuando ella viajaba a Uruguay
yo la sustituía en sus clases. Fueron algunos años,
hasta el 87. Ella vio a mis dos hijos nacer y es la madrina de mi
hija. Aprendí mucho con su grupo de danza Coringa: que nunca
debo perder de vista la energía, la pulsación y la experimentación.
Se puede ser super profesional pero no se puede perder la experimentación,
el riesgo, y la vocación de investigar. Con ellos aprendí
mucho de lo que yo quiero preservar. En los 80 el grupo Coringa tuvo
una importancia increíble.
-- ¿Cómo fue el proceso
de iniciar su propia compañía?
-- Cuando creé la compañía quería que
fuese profesional. Era muy importante para mí. En 1987 dejé
de danzar porque no quería continuar de una manera que consideraba
indigna: ensayar doce meses y al final presentarse con la propia ropa,
pedir por el amor de Dios para lograr entrar a un teatro y hacer una
temporada. Ya tenía hijos, y la danza era mi profesión,
ya trabajaba como coreógrafa. Decidí entonces durante
diez años dedicarme a la coreografía y a la dirección
de movimiento. Trabajé con un montón de gente que también
fue muy importante para mí. Entré en el mundo del show
business, del cine, del teatro. Recuerdo que al final del grupo, yo
luchaba mucho porque creía que teníamos que ganar dinero
con lo que hacíamos. Yo creo, también, que el espectáculo
quedaba por debajo de la capacidad de aquellas personas. No estoy
criticando de ningún modo a Coringa. Agradezco la suerte de
haber estado en aquel momento, en aquel lugar, de haber pasado lo
que pasé, sin lo que no sería quien soy. Fue una época
romántica donde varios grupos vivieron eso. Asdrúbal
Trouxe o Trombone fue uno de aquellos. Eran grupos que se hicieron
junto con el Circo Voador y que eran experimentales y de vanguardia.
-- ¿Su compañía
puede ser considerada de vanguardia?
-- Creo que tuvo ese papel pero no soy quien tiene que decirlo. La
compañía surgió para estrenar en el Carlton Dance.
Fuimos unas de las escogidas pero el evento fue cancelado, perdimos
el patrocinio del Forum y me quedé dos meses sin dormir, sin
dinero, sin tener para dónde ir. Entonces reuní a todo
el mundo y les pregunté si querían continuar porque
habría espectáculo con o sin Carlton. Pedí un
préstamo para poderle pagar a todo el mundo. Porque juré
que sólo tenía sentido crear una compañía
si era de esa manera. En contrapartida, llegaban tarde a mi ensayo.
Del 94 para acá la exigencia cambió. Ganamos el Premio
Laurence Olivier. Somos patrocinados por la BR Distribuidora. Siempre
digo que no tenemos compromiso con nada, que tenemos responsabilidades.
Porque compromiso parece que implica que usted se tiene que vestir
de algún modo particular y el compromiso tiene que ser con
uno mismo: ser una persona íntegra artísticamente, ser
fiel a aquello que usted cree que éticamente es ser íntegro.
Al mismo tiempo hay que tener responsabilidades con el público,
con su patrocinador, con su país, con el mundo, con la danza.
-- ¿Cómo comenzó
su relación con el teatro?
-- Al final de mi participación en Coringa, en 1984, cuando
la compañía comenzaba, hice mi primera pieza. En el
elenco estaban Dina Sfat, Thelma Reston, Hélio Ary y José
Mayer, con dirección de Domingos Oliveira. Desde entonces y
durante diez años trabajé mucho con el teatro. Soy una
persona criada dentro del teatro. Dina Sfat fue la primera persona
con quien trabajé. Se imaginan trabajar con aquel cañón,
con aquel poder. Ahí o desistía de la profesión
o aprendía. Hubo episodios muy especiales en mi vida y Dina
participó de uno de ellos. Estaba terminando mi primera clase
en el desaparecido Teatro Teresa Rachel, cuando ella me dice: "¿Dónde
vas, Deborah? ¿Terminaste la clase y no te vas a quedar para
ver la expresión corporal de los actores?" Fue así
que empecé a trabajar en la preparación corporal de
los actores y también el proceso de cambio del nombre de mi
función, de preparación corporal para dirección
del cuerpo, y luego dirección del movimiento. Quien me hizo
firmar por primera vez como directora de movimiento fue Ulysses Cruz
en La ronda, en el 88. Nadie lo hacía en Brasil. Trabajé
con Aderbal y con Antonio Abujamra, en fin, tengo mucho que agradecerle
al teatro. Si no tuviese en las costillas treinticinco piezas como
directora de movimiento, no sería lo que soy. Nada en la vida
es en vano.
-- ¿Cómo ve la mano
de obra en la danza brasileña?
-- Todavía no tenemos una tradición mínima. A
pesar de que algunos no estén de acuerdo, creo que Graciela
trajo la danza contemporánea para Brasil, para Río de
Janeiro. Eso significa que comenzamos en el 76 ó 77. Todavía
no da ni para contar una historia, imagínate formar bailarines.
Aún no tenemos a alguien que lleve veinte años bailando.
La formación de bailarines es defectuosa y complicada. Son
varios los problemas: vivimos en el Tercer Mundo, con problemas culturales,
donde la danza es considerada arte de elite y para pocos, tenemos
dificultades para encontrar bailarines hombres pues todavía
se cree que el niño que baila va a ser un desviado. Además
de eso tenemos problemas con la disciplina y la información.
Pero creo que estamos construyendo historia.
-- ¿Cuáles son las
exigencias para formar parte de su compañía?
-- Exijo un mínimo de técnica clásica. El bailarín
necesita, por lo menos, cinco años de ballet; las mujeres diez.
Hay mucha diferencia entre el patrón de las mujeres y el de
los hombres. En la compañía asumo esas diversidades.
Tengo un bailarín negro, Jefferson, que comenzó a trabajar
conmigo incluso antes de que la compañía fuera creada.
Es un tipo que yo crié, que nunca había dado clases
de danza en la vida y hoy es una de nuestras estrellas, un ejemplo
para la gente de la calle. Él pasó mucho trabajo para
conseguir lo que tiene. El ballet clásico tiene una técnica
que fue hecha para un cuerpo blanco, no negro. Pero la técnica
de ballet se ha extendido y como es una técnica genial, igual
a quien no tiene cuerpo para él le va a gustar, porque perfecciona
el cuerpo, sofistica y es una "bellísima" gimnasia.
-- ¿Cuál es el origen
de su nombre?
-- Soy hija de los brasileñísimos Adolfo y Anita Colker
y nieta de cuatro abuelos rusos, judíos rusos. Inmigrantes
que llegaron aquí en una situación complicadísima,
sin hablar la lengua, y se casaron por conveniencia: eran judíos
huyendo de la guerra. La actual conducta de Israel es horrible. Soy
judía, adoro ser judía. Adoro la mezcla, las culturas
diferentes, mirar para el grupo y ver que existe un tipo de Olaria,
un suburbio de Río, una muchacha de Chile, otro de Petrópolis,
también de Río, una rusa, otro de Pernambuco, un blanco,
un negro... Las mixturas son ricas. Y si Brasil tiene algo fascinante
son esas mezclas. El negro que se volvió moreno, mulato, amarillo...
Eso es buenísimo ... porque la raza pura ya pasó. Es
una tontería... Una raza pura que sea capaz de tornar al mundo
puro... La pureza está en las mixturas, en la libertad de que
todas las personas tengan oportunidad de existir en este mundo.
-- ¿Cuál es la sensación
de estar abriendo camino en la danza?
-- Tiene gracia que cuando yo digo que estamos escribiendo la historia
me suena como algo lento, y al contrario, es urgente. En verdad, el
hecho de que Brasil tenga quinientos años y no dos mil tiene
sus pro y sus contra. Trae cierta libertad, disponibilidad y una falta
de compromiso genial. Y, al mismo tiempo, ausencia de historia y de
formación. Es preciso poner atención y traer rápidamente
lo que nos falta. ¿Cómo? Hace cinco años la compañía
da clases de ballet clásico todos los días, porque es
fundamental construir una base técnica. Hoy nos da clases Tatiana
Leskova, que tiene setenta años. Al mismo tiempo, tengo otro
maestro de treinticinco...
-- ¿Cómo están
las incursiones de la compañía en el Mercosur?
-- Ya fuimos a Argentina y tuvimos un éxito maravilloso. A
fines de año visitaremos Perú. Fuimos tres veces a Colombia
y a Uruguay. Nuestro deseo es viajar por el mundo entero. Algunas
invitaciones aparecen, a otras les caemos detrás. Ya fuimos
a varios lugares de Europa, América del Norte y Asia y Oceanía.
La idea es el mundo. Sin megalomanía pero sin prejuicios. Ahora
nos vamos a China, Hong Kong, Macao...
Traducción del portugués
Luz Marina Pacheco
Notas
1 Cildo Meireles y Victor Arruda son reconocidos artistas plásticos.
Gringo Cardia es un premiado escenógrafo, artista gráfico,
director de arte y de videoclips, Chelpa Ferro es un grupo multimedia
de experimentación musical y visual. Berna Ceppas es director
musical. (N.de la R.)