Otra metáfora para hablar
del teatro cubano
Norge Espinosa Mendoza
Guardo en mi memoria un sinfín
de imágenes teatrales. Rostros de actores, bailarines, dramaturgos,
directores, diseñadores que me acompañan desde que en
1992 obtuve mi modesto título de Profesor-Instructor de Teatro,
y comencé a intuir la responsabilidad que tal documento representaba
en mis manos. Avalado y no por ese pergamino, mezclado y no a esos
rostros que ahora recuerdo, he ido tejiendo mi pacto de fe con el
teatro cubano. Ahora que han transcurrido diez años justos
desde mi graduación y entrada profesional a la escena nacional,
he regresado de la novena edición del Festival que cada dos
años convoca en la ciudad de Camagüey a buena parte de
esas personas a las que tengo por mis contemporáneos. Un rostro
múltiple en un espejo fragmentado, pienso al verlos ante mí,
y trato de que esa metáfora, el espejo roto en cuyas astillas
nos reflejamos a la manera de un extraño calidoscopio, integre
una y otra faz para conformar una diversidad comunicante, un espacio
único y al mismo tiempo plural, ramificado, intenso, que pueda
reconocer como el espacio mío, el teatro mío, el teatro
de una Isla a la que me aferro persistentemente, mientras otros rostros
se desgajan de esa imagen imposible, que a fuerza de poesía,
fe teatral y memoria quiero tener conmigo.
En 1989, justo cuando empezaba mis estudios en la Escuela Nacional
de Arte, el panorama escénico nacional se disponía a
efectuar diversos cambios. Tras largas batallas, tibias o de alta
temperatura, los teatristas cubanos conseguían un síntoma
de libertad o al menos de flexibilidad largamente añorado:
el recién creado Consejo Nacional de las Artes Escénicas
implementaba la política de proyectos, que apoyaría
experiencias de pequeño o gran formato que pudieran existir
y coexistir con las compañías ya establecidas, a fin
de que los actores, directores o bailarines y coreógrafos lograsen
fundar núcleos independientes de acción, si bien controlados
por ese mismo órgano central. Fue el resultado de fenómenos
más o menos aislados, pero coincidentes en su intensidad y
exigencia de nuevas fórmulas: pienso en La cuarta pared,
de Víctor Varela, que desde la sala de su casa en 1988 removió
la memoria y el presente de aquel instante, en búsquedas de
una vanguardia que había sido asfixiada veinte años
atrás; pienso en funciones de Mi socio Manolo, texto
de 1971 escrito por Eugenio Hernández Espinosa que demoró
más de una década en representarse y lo consiguió
gracias a los empeños de Pedro Rentería en su mandato
al frente del Teatro Nacional. Y en el surgimiento de grupos liderados
por figuras claves de nuestra escena, desde Teatro Irrumpe de Roberto
Blanco o el Teatro Buscón de José Antonio Rodríguez,
hasta los focos de desequilibrio que dentro del grupo matriz que era
Teatro Estudio animó Vicente Revuelta. Vi algunos de esos montajes,
otros no: mi memoria teatral empieza su adultez con una temporada
brillante de Molinos de viento, del Teatro Escambray, en mi
natal Santa Clara, y algunas funciones ofrecidas allí también
a mediados de los 80 por los colectivos mencionados que giraron por
la Isla con El alboroto, de Goldoni, y Buscón busca
un Otelo. Estéticas que luchaban, a veces entre sí
mismas, por conquistar otras zonas de diálogo con el espectador,
abriendo un arco que pareció cerrarse al tiempo que reabrirse
con la fundación de los proyectos. El rostro único y
monolítico del teatro cubano, afirmado en los grupos madres
y de gran número de integrantes, se fragmentó en células
diversas, de las cuales se esperaba el alcance de nuevos estados y
potencialidades. Mi memoria y la memoria de mis contemporáneos
me permiten ahora saber cuánto de ello se cumplió y
cuánto se deshizo. El teatro cubano que hoy tenemos gracias
a esa acción es, ciertamente, un rostro diverso. Y aunque ello
añada una ventaja segura, no dejan de aparecer entre las normas
de esa pluralidad una serie de tensiones que al tiempo que lo alimentan,
amenazan con fragmentarlo. Y lo que es peor, en algunos casos, atomizarlo.
No creo, sin embargo, que la causa de ese peligro radique en la implementación
de la política misma de proyectos. Si lo que era una necesidad
lógica no pudo sostenerse luego tal y como se aspiraba en los
planteos originales de la idea, es algo que merece estudio detallado.
Los grupos que asumieron esas nuevas fórmulas y se quebraron
en aquel instante en distintos apartados, han logrado sobrevivir o
no en la medida en que han sabido afrontar la precariedad de un momento
preciso, signado por las carencias que el "período especial"
introdujo en Cuba a raíz de la caída del socialismo
real. La inoperancia de muchos de esos proyectos se debió más
(y aún se debe) a la falta de una guía precisa al frente
de esos núcleos, a la incapacidad de sus integrantes de generar
con solidez estéticas propias, y a la amenaza que sí
representó para muchos de esos grupos la deserción interna
de miembros que prefirieron buscar mejor puerto en el exilio, o cambiar
el escenario por las vías más inmediatas y menos dadas
a la investigación y al trabajo constante sobre las tablas,
que pueden ser la televisión o la radio, de mejores sueldos
y otras garantías. Cierto es que no todas las nuevas y viejas
agrupaciones (que pasan ya a ser más de la centena, un imposible
si no surrealista, al menos sí cubano, en tanto debe entenderse
que todas esas estructuras son subvencionadas por el Consejo Nacional),
han podido recibir lo que sus producciones exigen, pero ya Vivian
Martínez Tabares ha echado mano a una dicotomía que
explica la solución que los directores más agudos o
persistentes instauraron como fórmula ante esas urgencias:
"voluntad de hacer vs. precariedad". Los años 90
marcan la crisis de las grandes compañías, crisis que
sacaron a flote la no siempre firme cohesión de lo que alguna
vez quiso entenderse como un movimiento escénico nacional,
con la organicidad y lógica interacción entre sus partes
disímiles; al tiempo que las mentes más sagaces persistieron
en la defensa de sus postulados, alcanzando triunfos por encima de
estrecheces económicas y mentales en un batallar que los retroalimentaba.
El rostro despedazado que se ve en el espejo es el de esas contradicciones:
cuando a principios de la década se deshizo el núcleo
fundacional de Teatro Estudio, se produjo en nuestra escena algo que
de vez en vez he querido comparar, para señalar la fuerza de
su impacto, con la caída del muro de Berlín. Acaso exagero
(soy un hombre teatral, no puedo negarlo) pero el síntoma que
esa ruptura creaba dejaba un agujero negro en los referentes de nuestra
tradición, que, agravado por la pobreza material y espiritual
que la época introdujo en el país a niveles socioculturales
y económicos insospechados, sigue arrojando aún hoy
lamentables resultados. Lo que fuera el grupo escuela de Cuba se fracturó,
sin que ninguno de los núcleos resultantes haya podido, hasta
la fecha, igualar o superar lo que aquella agrupación, con
sus virtudes y defectos, representó antes de su quebrantamiento.
Los jóvenes actores y directores que entraban a las escuelas
de arte conmigo, o un poco más tarde, sufrirían la ausencia
de esos referentes de actuación y estéticas que convivían
bajo un mismo techo, teniendo que mantener firmes sus brújulas
para no perderse en la dispersión que contaminó líderes,
las pocas sedes teatrales --ahora obligadas a perder su nunca lograda
caracterización para repartirse durante los fines de semana
hoy a manos de un grupo que cultivaba, digamos, la comedia costumbrista,
y la semana siguiente, de una agrupación que solo manejaba
textos clásicos--, y la cartelera de una capital asediada además
por la falta de energía eléctrica y transporte urbano.
El éxodo o el silencio de algunos de nuestros mejores directores
no aportaría demasiada salud. Los jóvenes se vieron
prácticamente solos ante una historia teatral que les llegaba
fracturada y nunca del todo exactamente escrita. El arduo rol de sumarse
a ella al tiempo que trataban de salvar el inexacto manejo de algunas
armas imprescindibles, iba a proporcionarle a la década una
calidad de tensión que supo vivirse de un lado y otro del escenario
y la platea.
En esos mismos años 90, sin embargo, se producen focos de atención
sobre puestas y fenómenos que garantizan el modo en que determinados
colectivos, proyectos o como quiera llamárseles, se han hecho
de un espacio irrebatible a fuerza de tenacidad y terquedad franca;
mientras otros desaparecen o producen espectáculos de mediocre
fe de vida. Surgen núcleos como Teatro del Obstáculo,
que bajo la dirección de Víctor Varela crea Ópera
ciega, Segismundo ex marqués y El arca, en un avance
de progresiones que exige estudio detallado y sólo se detuvo
con la salida del director hacia Argentina. Flora Lauten consolida
sus fuentes de investigación en el Buendía, y produce
espectáculos emblemáticos, como La triste historia
de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y Otra
tempestad, que giran por el mundo y procuran una estética
de bases investigativas y color cubano innegable. Rompe la brecha
Teatro El Público, que aporta la lucidez restallante de su
trilogía de teatro norteamericano y confirma, con La niñita
querida, o Calígula, una postura de marcada esencia
transgresora hacia tabúes e hipocresías que rescriben
la tradición del teatro de arte al tiempo que enmarca un nuevo
reajuste con la tradición popular y festiva, asegurada en sus
casi superproducciones, de agresividad fastuosa en pleno "período
especial". Es el instante en que nuestro mayor dramaturgo vivo,
Abelardo Estorino, consigue que su palabra se libere desde los preceptos
de una poesía teatral que le permite releer su propia trayectoria,
y amplificarla en la mirada agónica de una Cuba que se desata
en Vagos rumores, y se vuelve lúdica y sensual en Parece
blanca. Alberto Pedro y Abilio Estévez son los nuevos dramaturgos
del momento, que asumen el espacio que dejan en blanco los novísimos
autores teatrales, recién salidos del Instituto Superior de
Arte, y que tras algunos experimentos de interés (Timeball,
de Joel Cano; Asno-asna, de Salvador Lemis; Cuánto
me das marinero, de Carmen Duarte...), también se esfuman
en un horizonte engañoso para algunos, y para otros promisorio.
Es el tiempo, además, en que fragmentos que fueron arrebatados
a nuestra memoria escénica vuelven a su lugar justo, y que
la tradición empieza a ser reencarnada no solo en los trabajos
vanguardistas de Víctor Varela, o en la vuelta obsesionada
y obsesionante al verbo dramático de Virgilio Piñera,
y en el gesto danzado y deconstructor con que Caridad Martínez,
Lídice Núñez, Rosario Cárdenas y sobre
todo Marianela Boán dialogaban con el legado del maestro Ramiro
Guerra; sino también en los noveles titiriteros, que desde
el Teatro de las Estaciones, El Trujamán, Eclipse, Pálpito
e incluso dentro de las compañías para niños
ya establecidas desde los 60, rescatan el nombre fundacional de los
hermanos Camejo para entenderse a sí mismos como prolongación
gozosa de sus conquistas. La interacción de esos colectivos
sigue fragmentando el viejo rostro único para permitir la consolidación
y cabida entre esos pedazos a grupos como Teatro D´Dos, Teatro
de La Luna, Espectro 11, Argos Teatro, Teatro A Cuestas, El Ciervo
Encantado, Teatro El Puente, Estudio Teatral de Santa Clara: hijos
de la eclosión de los 80 que alcanzó la década
siguiente, y otros que, con logros seguros en algunos montajes y en
otros avances parciales, tratan de solventar las carencias referativas
que ya mencioné, convirtiéndose a sí mismos en
proyectos de algún modo ansiosos de una metodología
que les conceda, sobre la marcha, solucionar varias de esas poquedades
elementales que enfrentan. Es también el tiempo, sin embargo,
en que no pocos autores teatrales se limitan a repetir viejos éxitos,
mientras directores de indudable prestigio se acomodan una y otra
vez en distintos remixes de sus grandes montajes; y que las ansias
económicas o el desenfocado trabajo de las instituciones permiten
a creadores extranjeros de menor o mayor prestigio dirigir en Cuba
a nuestros mejores intérpretes para versionar desde un pálido
color local textos clásicos con la ilusión de volverlos
exportables, obteniendo resultados artísticos generalmente
dudosos. Y la época en que se nota entre nosotros la ausencia
de un Teatro Musical, de un movimiento veraz hacia el desarrollo de
la pantomima y otras expresiones que no son abordadas ni por la crítica
(a ratos amenazada cuando no se conforma con ser apologética)
ni por la perseverancia que debiera confirmarse en las calidades de
sus defensores; mientras los humoristas crean un Centro Promotor que
alienta a sus miembros de todo el país y produce, desde un
desenfado näif, puestas que accionan como cápsulas de
provocación, y que reciclan las claves del Alhambra, el bufo
y la sátira social, para abordar temas de riesgo que el "teatro
serio" no parece dispuesto a asumir del todo francamente.
Ahora que esta década es cosa que entra a eso que la costumbre
suele llamar "pasado", y que tres direcciones sucesivas
del Consejo Nacional han afrontado lo que la política de proyectos
desató, quedan a la vista algunas preguntas esenciales que,
si bien no surgen siempre en relación directa con esa nueva
fórmula de producción, sí inciden tenazmente
en las mil y una expresiones que los fragmentos reflejados en el espejo
de mi metáfora ofrecen a quien en él se mire. La actualidad
y urgencia de esas interrogantes, algunas con varias décadas
de permanencia entre nosotros, marcan la posibilidad de que ese espejo
alcance a ser otra vez un rostro único, o que, como yo lo prefiriera,
consiga asumir todas y cada una de sus facetas en una imagen que como
el aleph borgiano, reúna la totalidad de cuantos en él
se asoman.
¿Cuál es el rostro, entonces, hoy, del teatro cubano?
Después de todo lo que mi memoria me deja mencionar, regresando
ahora mismo de una cita competitiva que cada dos años enfrenta
a los que se suponen sean los mejores montajes de cada bienio, y sacando
algunas cuentas (apresuradas y no) de esta década que puedo
testimoniar; diría que es un rostro pese a todo progresivo,
cambiante, necesitado con urgencia de un cardinal definidor y de una
coordenada exacta desde la cual mirarse y mirar mejor al mundo. Acto
difícil, en tanto el reconocimiento de sus diversidades hace
más problemática la atención a las necesidades
de todas y cada una de sus expresiones; pero impostergable, a fin
de no repetir en el nuevo decenio los errores que, aun siendo advertidos
y señalados, juegan piñerianamente al "eterno retorno".
Si algo queda claro, y es obvio, es que el futuro pertenece a esos
jóvenes. A esos jóvenes que a fines de los 80 se rebelaron
contra las grandes compañías y sus maestros, para ya
entender hoy que es la coexistencia con ellos, y la condición
problemática que este gesto encierra, lo que proporciona un
debate vivo a la escena cubana. A esos jóvenes que pugnan por
tener sedes propias (algunos ya las tienen y, sin embargo, no logran
articular propuestas superiores), y que insisten en el aprendizaje,
unos, desde fuentes foráneas que en varios casos devienen prisión;
y otros, desde la relectura de lo que sus antecesores fundaron en
una Isla donde conviven y en cuya circunstancia entienden que han
de reconocerse. A esos jóvenes que, en un momento determinado
exigieron desde las aulas una conciencia ética y crítica
al teatro que sus mayores entendieron como iconoclasta, y propugnaron
desde la dramaturgia fórmulas nada aristotélicas, no
siempre asumidas por las agrupaciones que ellos mismos animaron. A
esos jóvenes que en el propio festival camagüeyano, en
el Yorick --evento de pequeño formato creado por la Asociación
Hermanos Saíz y otros foros--, alcanzan a codearse con sus
contrarios y se preguntan si dentro de esa resabida diversidad son
aún una auténtica vanguardia, si alguna vez en verdad
lo fueron, si aún tienen tiempo real y energías para
fundarla.
Como la historia suele repetirse, el hastío que primó
en aquellas grandes compañías (la mayor parte de ellas
ya disueltas, en franco replanteo de sus bases, o reducidas a cadáveres
insepultos), también se dibuja en esos rostros recién
llegados, dinamitando la fe con que algunos persisten en sus rigurosos
entrenamientos y posibles espectáculos. La conciencia de un
espectador como elemento indispensable para el hecho teatral, ha logrado
que algunas de esas noveles agrupaciones abandonen la búsqueda
desde un concepto asfixiante de laboratorio, a fin de pervivir en
esa mirada ajena e invalorable. No todos han dado ese paso: aún
quedan quienes persisten desde el calco o el abroquelamiento. La ausencia
de textos recientes que produzcan una mirada aguda sobre las tensiones
de esas generaciones de artistas y espectadores, que apenas si debutan
en nuestro panorama escénico, colma de versiones y adaptaciones
de clásicos el mismo ámbito que antes fuera saturado
por visiones rápidas, efectivas algunas y muchas epidérmicas,
del universo estudiantil o juvenil. Esos directores avanzan hacia
fuentes narrativas o crean sus propios textos, o prefieren un Shakespeare
o un Calderón, acaso porque han entendido que tales nombres
legitiman un curriculum, pero en el salto hacia esas cimas descubren
las carencias de sus períodos de aprendizaje, pierden fuerza
en el trabajo con actores que no reciclan referencias precisas, descuidan
la dicción y los manejos grupales; generando un desasosiego
no siempre productivo y desestimando a ratos o de plano la información
acerca de qué escriben sus contemporáneos. La implementación
de otras voluntades promocionales, como la activada por la Fundación
Ludwig al abrir el desaprovechado Noveno Piso del Teatro Nacional,
les concedió un área de acción a explotar, que
permitió al público asomarse a esas estéticas,
pero que acabó derivando hacia un uso convencional del propio
espacio por la mayor parte de los creadores, y ahora mismo, a un silencio
que parece funcionar nuevamente como síntoma. La crítica,
desde sus pocos espacios en los medios, los sigue de modo puntual,
alentando sus acciones desde la asunción del riesgo, pero a
veces crea mitos de difícil cumplimiento: es quizás
poco creíble augurar de alguien que apenas ha firmado tres,
cuatro montajes, y tiene aún toda una vida por delante, que
ese será el protagonista teatral del nuevo siglo, descuidando
la posibilidad natural de errores futuros. Y claro, las víctimas
de esos augurios tremendistas suelen ser, son siempre, los propios
directores.
El porvenir de las agrupaciones hoy activas, amén del apoyo
institucional, insuficiente ya en algunos aspectos según el
interés de cada quien por insertarse en el mercado teatral
contemporáneo, depende asimismo de las autogestiones de cada
núcleo. Buendía, por ejemplo, ha logrado aplausos en
festivales prestigiosos gracias a una red de contactos que el grupo
alimenta y defiende. Otros, de menos capacidad promocional o que padecen
distintos obstáculos, salen menos al extranjero, con lo cual
pierden, entre otras posibilidades, la de confrontar con los nombres
de la vanguardia escénica contemporánea, rara vez presentes
en una Isla cuya cita bianual de teatro foráneo --el Festival
de Teatro de La Habana-- sigue colmada de artistas que se pagan su
propio pasaje y estadía, lo cual hace de la curaduría
del evento una suerte de broma amarga. Las alternativas desatadas
por Casa de las Américas con el Mayo Teatral optan por un índice
de riesgo que se afirma en la selectividad de sus propuestas, incómodas
o ganadoras de elogios rotundos, pero diferenciadas de la brumosa
invitación que trae a nuestras costas a ilustres desconocidos,
mezclados de vez en vez con nombres verdaderamente provechosos.
Los grupos nacionales, mientras, sobreviven entre una oleada de premios
que son, en su mayoría, cuando menos ya, actos anquilosados
de conmiseración colectiva; en un ámbito teatral que
dista de tener la riqueza de veinte años atrás y en
la cual esos galardones poco dicen, multiplicados en jurados de conformación
disímil y no siempre acertada. Valga apuntar que algunos de
los eventos más útiles de los muchos y demasiados que
hoy se producen aquí, son precisamente no competitivos, pero
sí poseedores de una imantación que asegura genuinos
crecimientos: el Taller Internacional de Títeres de Matanzas
y el ya citado Mayo Teatral.
Siendo menos obvio, acepto que ese futuro también corresponde
a los que ya no son tan jóvenes y pueden aún sumar nuevas
piezas a sus trayectorias, nuevos fragmentos al espejo múltiple
al cual me asomo en busca de una obsesión. De la confraternidad
explícita o implícita con los noveles, se alimentará
el teatro cubano que deseamos. Cuando, por ejemplo, en el escenario
de La Celestina, de Teatro El Público, confluyen distintas
generaciones de actores, se empieza a asumir una noción diferenciada
y crecida de lo que entendemos como interdiálogo en nuestro
devenir teatral. El fluir intenso de energías y métodos,
de aprendizaje y confirmación que provoca esa mezcla, asegura
un paso que no sólo puede brindar la escuela, sino que se sostiene
mediante el ejercicio manifiesto sobre las tablas. Los dramaturgos
consagrados se quejan de lo que ya era un lamento en sus maestros
y preconizan lo que también los nuevos autores teatrales manifestarán:
el disgusto que hacia sus obras parecen compartir los directores cubanos
del momento. Un disgusto justificado y no, que logra ser aplauso cuando
la obra finalmente estrenada añade a nuestro repertorio un
momento de seguro brillo, o acaba en decepción cuando las intenciones
se quedan en didactismo o arrebato de catarsis epidérmica.
Y es que quizás lo peor de nuestro momento teatral sea el que
sus tensiones se expresen generalmente de manera sorda, y no desde
la franqueza con la cual podría trabajarse hacia más
altos diálogos y acciones. Nuestros teatristas fingen abrazarse
cuando el momento inclina a ello, pero pocos acuden a la sede teatral
vecina a ver lo que otro creador lleva a la escena, o lo que escribe
aquel desesperado que no consigue ver representada su última
pieza. Como posible respuesta a esa preocupación recurrente,
se animan ahora seminarios de dramaturgia que ojalá proporcionen
los nuevos nombres, mientras que la Facultad de Artes Escénicas
del ISA no consigue implementar la interacción de sus hornadas
de autores escénicos con la praxis que debiera reclamarlos.
Los esfuerzos de la crítica por abrir una zona franca hacia
los errores de nuestro momento escénico han llegado a padecer
el recelo proveniente de varias de esas actitudes, y somos pocos los
que verdaderamente acudimos noche por noche a la función de
turno, con la esperanza de que nos sorprenda un nuevo actor, o de
que el maestro al que dábamos por muerto resucite algún
fragmento de su esplendor pasado. La institución rectora se
debate entre opiniones especializadas pero mediatizadas por el culto
a la hipersensibilidad de los más o menos consagrados, o la
casi imposible atención a todas las agrupaciones, al tiempo
que sus dirigentes no siempre tienen respuestas que, desde lo propiamente
artístico, eviten el derroche y la pompa, garantizando la jerarquización
de modos de hacer y de encuentros que a la postre resulten verdaderamente
justos y consigan llegar a áreas de promoción y crecimiento
palpables. Las iniciativas de la nueva dirección de la revista
tablas y la incipiente reanimación del Centro Nacional
de Investigaciones de las Artes Escénicas son hechos que merecen
no desfallecer. Vasos comunicantes, puentes, lazos, se extienden entre
unas y otras problemáticas, creando sobre el espejo un distinto
centellear, momentos de luz y sombra que también son los de
la vida en la Isla, una Isla que ahora se amplifica en sus contactos
con el teatro que hacen cubanos en otras orillas, pero que hasta ahora
valen más bien como contacto, y no siempre como logros artísticos
que hagan confluir, de forma rotunda, actores y directores de aquí
y de allá.
¿Y si mi memoria, tras estos breves e intensos diez años
me permitiera nombrar aquí, ahora, a manera de imperfecto catálogo,
cuáles son las imágenes que de esta década preservaré
conmigo; cuáles escogería? A riesgo de olvidar algunos,
pero ansioso de compartir con ese espectador que tal vez ahora inicia
el mismo recorrido que desde aquí me hace levantar mi mano
por el gesto incómodo, siempre recomenzado, que es el Teatro
Cubano, improviso esta relación. Y vienen a mi mente, en sucesión
rápida, como si volvieran desde el centro de ese espejo o aleph
aquí imaginado, estas imágenes. Recuerdo la composición
grupal que servía de pórtico a La cándida
Eréndira..., centralizada por Flora Lauten, en una calurosa
noche del Teatro Buendía. Recuerdo a Caterina Sobrino animándonos
a agitar banderitas de papel en una función de La niñita
querida; a Antonia Fernández cantando un bolero desgarrado
en Safo; a Zulema Clares en su última aparición
en el Baal que Carlos Celdrán dirigiera en el sótano
del Buendía mismo. Recuerdo a los bailarines de DanzAbierta,
caminando desnudos hacia mí, en una función perfecta
de El pez de la torre nada en el asfalto y luego hechos una
garganta única en Chorus perpetuus. A Vivian Acosta
como el fantasma teatral de Juana Borrero en La virgen triste.
Y a María Elena Diardes cargando un samovar mientras Eloy Ganuza,
Cristóbal González y Pedro Sicard decían diálogos
chejovianos en la enfebrecida atmósfera glasnost de A Moscú,
del Ballet Teatro de La Habana. A Waldo Franco como Virgilio Piñera
en Si vas a comer, espera por Virgilio. Al maestro Abelardo
Estorino subiendo de un salto al escenario para recibir los aplausos
infinitos que provocara en su estreno Parece blanca. A Teatro
D´Dos en su versión de La casa vieja, creyendo
"en lo que está vivo y cambia". A Alexis Díaz
de Villegas en El alma buena de Se-Chuán, El trac, Segismundo
ex marqués y La señorita Julia, quizá el
actor más completo de su generación. A Xiomara Palacio
y Mónica Guffanti, redivivas en La boda de Raúl
Martín. A la Berta Martínez que dirigiera Las Leandras,
tan a principios de los 90. Y al Roberto Blanco que, por las mismas
fechas, me enseñó en un ensayo cómo Un sueño
feliz podía nacer de nuevo de las manos de Abilio Estévez.
A la manada de Historia de un caba-yo, que sentí tan
cerca. A Roberto Bertrand gritando su "¡Todavía
estoy vivo!" en la escena final del Calígula de
Teatro El Público. A los titiriteros de La niña que
riega la albahaca y el príncipe preguntón, El
pez enamorado, Los pícaros burlados, El príncipe Blú
y Feo. Al dramaturgo Rafael González, la tarde en que leyó
para unos pocos su obra La paloma negra. A los espectadores
de Manteca, la pieza de Alberto Pedro, en la que Sergio Vitier
hacía la música en vivo de una función de media
tarde, para aprovechar la iluminación natural porque apenas
había luz eléctrica. A Grettel Trujillo, revelándose
en Las culpables, dirigida por Rolando Tarajano, y a Broselianda
Hernández sosteniendo la cabeza de Penteo en Bacantes,
otro empeño de Buendía. Al Bárbaro Marín
que se convertía en Benny Moré cuando representaba Delirio
habanero, con el Teatro Mío. A Déxter Cápiro
en la danza sinuosa que era su actuación en Los siervos.
A las inefables Auxilio y Socorro, traídas por Nelda Castillo
a su De donde son los cantantes. Recuerdo la tarde en que Antón
Arrufat exorcizaba su pieza Los siete contra Tebas, alzando
una edición que la devolvía del silencio que la hundió
en 1968. Y el José Jacinto Milanés de Alfredo Alonso
en Vagos rumores, otra vez junto a Adria Santana, otra vez
junto a Abelardo Estorino...
Seguramente olvido. Es inevitable. Algunos de esos rostros, de esos
grupos, ya no están, o no poseen hoy aquel lujo promisorio
que los ubicó en mi memoria. No recordar esos momentos de brillo,
sería indudablemente ser ingrato. Como también lo es
el no advertir cuántos otros momentos de atonía se produjeron
al mismo tiempo, cuántos colectivos repiten aún su retórica
manera de consumirse en la nada, desvariando entre repertorios y formas
interpretativas ya sobreseídas. Sé que en el espejo
en que ahora me miro, todos esos fragmentos mencionados se expanden
y se confunden con otros anteriores, y aun quizás con algunos
futuros. Sé que la voluntad de hacer es, contra toda contingencia,
la respuesta que los teatristas cubanos más lúcidos
poseen como arma. En alguno de esos fragmentos estoy yo mismo, como
espectador o parte de esos espectáculos y procesos. Quisiera
permanecer allí para ese tiempo que vendrá, en el cual
sospecho que seguiremos procurando algunas respuestas todavía
inalcanzables. No en balde el teatro es algo que muere todas las noches
y todas las noches renace. De ese espíritu de eterno recomienzo
nos alimentamos también en Cuba. Nuestras angustias y nuestras
alegrías parten de allí, en saberse compartidas con
el público que entra aún no sabemos en busca de qué,
de qué extraña artesanía en un tiempo donde la
multimedia hipnotiza a tantos. Parece que el espejo, fragmentado en
mil astillas que a pesar de todo insisten en mantenerse conectadas
de alguna tozuda manera, también hipnotiza y subyuga. Un espejo
puede ser también la máscara, rota y reconstruida noche
por noche, reducida a mil fragmentos tras cada función, con
la cual, persistentes, volvemos a salir una vez más a escena.