Festival Magdalena Pacífica:
Mujeres por el cambio en Colombia
Marlene Ramírez-Cancio
"Colombia condensa todos los
dramas de Occidente."
Patricia Ariza
Desde la superficie brillante de
mi programa del Magdalena Pacífica (Festival Internacional
de Teatro Contemporáneo de Mujeres), me miran los ojos negros
de una joven vestida al estilo de Frida Kahlo, con cejas anchas,
expresión seria y flores en el pelo. Me mira ahora como lo
hizo desde cada afiche, programa, camiseta y escarapela en Cali,
Colombia, por semana y media en el mes de septiembre pasado. Su
rostro estaba en todas partes: pegado en las ventanas de las tiendas,
en las esquinas de los teatros, en los postes de luz en las calles,
en las puertas de cristal del museo... Bajo la foto hay un nombre:
Melisa Contento. Recuerdo el momento en que, parada frente a uno
de los afiches más grandes del Festival, alguien nos contó
que Melisa Contento era una artista bogotana de rap, y que había
muerto en un accidente. Mirándola ahora, al regresar nuevamente
de Colombia con una sensación de urgencia por la violencia
que sufre el país, veo cómo -en un solo clic de la
cámara- esta foto captura, simultáneamente, dos cosas:
la expresión artística femenina y la muerte.
La conciencia de esos dos elementos estaba muy presente en el Festival
Magdalena Pacífica, al que asistí del 21 al 30 de
septiembre en Cali. Las mujeres del Teatro La Máscara (organizadoras
del Festival), decidieron enmarcar el evento como una reflexión
colectiva sobre la violencia en Colombia a través del teatro
femenino. Colombia lleva más de cincuenta años de
conflicto armado -los disturbios en las calles durante el llamado
"Bogotazo" destruyeron la capital en el 1948, y luego,
con el surgimiento de los grupos armados de oposición y contra-oposición,
la violencia alcanzó nuevas intensidades. Hoy día,
paramilitares, guerrillas, narcotraficantes y el ejército
matan a quienes ellos definan como colaboradores de su enemigo.
Se destruyen pueblos enteros. Los secuestros son habituales y no
se trata sólo de las famosas "pescas milagrosas"
y los secuestros políticos por parte de la guerrilla, sino
también de la delincuencia común, que ha adoptado
el secuestro como práctica estándar. Por miedo, muchas
personas de las ciudades ya no viajan por carretera ni van al campo,
y así, el país se va haciendo cada vez más
pequeño para sus habitantes, confinados a una ciudad y (tal
vez) al avión que de vez en cuando los transporta a otras,
igualmente cercadas. La violencia, y la amenaza diaria de la violencia,
ha llegado a formar parte de la vida cotidiana. Entre los últimos
puntajes de fútbol y los planos cerrados de los cuerpos de
las modelos en bikini, los noticieros acostumbran a mostrar escenas
ultra-explícitas de cuerpos baleados y sangrientos. Entre
la Selección Colombia y la Señorita Colombia, el cuerpo
lacerado de la nación se exhibe en plena luz. Por eso es
que las mujeres del Teatro La Máscara declaran que "es
esencial expresar nuestra preocupación por la situación
de violencia que se ha agudizado después de la ruptura del
proceso de paz y el avance de las ideas de enfrentamiento. Sabemos
hasta la saciedad el riesgo en que vivimos".1
ORIGEN Y METAS DEL MAGDALENA
PACÍFICA
A pesar de haber cumplido este año treinta de labores artísticas
en Cali, el trabajo del Teatro La Máscara -el grupo de teatro
femenino más antiguo (y uno de los únicos) en Colombia-
ha sido constantemente ignorado e "invisible". La violencia
y la crisis económica en el país, junto con el prejuicio
generalizado (o la falta de información) sobre lo que significa
el feminismo, han llenado de desafíos las últimas
tres décadas en las vidas de sus integrantes y de su directora
Lucy Bolaños. Como me dijo Pilar Restrepo, integrante fundadora
del grupo, "hay una falsa concepción del feminismo [en
Colombia], un encasillamiento. Las feministas siempre se acusan
de radicales, que odian a los hombres, que le quieren quitar el
poder, que no creen en la familia y en los valores morales. El término,
en vez de revolucionar, se ha convertido en un falso panfleto".2
Pero con mucho esfuerzo, determinación y pasión, el
grupo de estas pioneras del teatro de género ha sobrevivido.
Han seguido desarrollando su trabajo, no sólo en escena con
sus obras de creación colectiva, sino también ofreciendo
talleres a comunidades marginadas, creando y manteniendo vínculos
entre mujeres en distintos sectores, y participando activamente
en protestas por la paz, tal como el gran pasacalle este año
en Bogotá llamado "Las mujeres paz harán".
Desde el 1994, La Máscara ha presentado su trabajo en los
festivales de teatro internacionales del Magdalena Project (Red
Internacional de Mujeres en el Teatro Contemporáneo, con
base en Gales, Gran Bretaña), lo cual ha alimentado su compromiso
con el teatro de género y ha fortalecido su contacto con
otras mujeres, más allá de las fronteras nacionales.
Desde 1999, cuando el Magdalena Project perdió sus
subsidios, la organización de los festivales se ha tenido
que rotar entre los grupos participantes. Este año, fue Teatro
La Máscara el que se encargó de esta ardua labor.
Organizar este Festival les proporcionó la oportunidad de
explorar lo que para ellas es una preocupación urgente: repensar
el rol de la mujer en la construcción de la paz en Colombia.
Decidieron nombrarlo "Magdalena Pacífica" no sólo
por ser un festival del Magdalena Project llevado a la costa colombiana
del Mar Pacífico, sino también (en un bonito juego
de palabras) para expresar su deseo de que la tierra del Magdalena,
"río madre" de Colombia, pueda algún día
existir en una situación pacífica, sin guerra
y sin violencia. A través de la participación nacional
e internacional de mujeres artistas en el Magdalena Pacífica,
por lo tanto, querían unir a la ciudad de Cali en una celebración
común, para "proponer otras maneras de frenar las actitudes
de los violentos, [...] no con el enfrentamiento bélico,
sino mediante la reflexión cultural".3
Esta meta de "reflexión cultural" se manifestó
en diversas facetas del Festival, cuyo alcance fue tan amplio como
el deseo de comunicación de La Máscara, y se extendió
a áreas culturales más allá del ámbito
del teatro. En sólo diez días, hubo más de
setenta eventos en diversos lugares de la ciudad de Cali, que incluyeron
sesenta funciones de cuarenta grupos de teatro; eventos especiales
llamados "Voces de las Mujeres del Mundo por una Colombia Pacífica",
foros de discusión en los que se reunieron mujeres activistas,
políticas, periodistas, líderes sociales, académicas,
escritoras, economistas, etc.; lecturas de poesía; talleres
de teatro, canto y danza; proyecciones de videos; exposiciones de
pintura y fotografía; y, finalmente, los actos de inauguración
y de clausura, que consistieron en espectáculos de música
gratuitos y abiertos a la ciudad entera.
Para las organizadoras, una prioridad
importante era que el Festival generara el mayor número posible
de espectadores entre las diversas comunidades de Cali y que estos
tuvieran acceso a los eventos del Festival. Por ejemplo, dispusieron
de transporte y boletos para un grupo de madres jóvenes con
quienes trabaja el Teatro La Máscara, e invitaron a colegios
y universidades a llevar a sus alumnos a los eventos especiales
durante el día. También se pensó en el público
general caleño a la hora de crear los horarios: aunque hubo
unas pocas obras que se presentaron durante las horas de la tarde,
todas las demás fueron programadas alrededor de las siete
y treinta de la noche, ya que, como me dijo Pilar, "esa es
la hora que la gente acostumbra ir al teatro". Con tanta selección,
el tener que escoger uno de los diez espectáculos que había
por noche, todos a la misma hora, no fue nada fácil
A continuación haré un recuento de lo que alcancé
a ver.
LA PROGRAMACIÓN: BREVES
DESTAQUES
Al aire libre, fue la música rap que dio inicio al Festival.
Luego de un "ritual por la paz" presentado por las estadunidenses
del Velvet Heartist Troupe, las jóvenes caleñas de
La Colonia, un grupo de "hip-hop femenino con sentido
social", tomaron control del escenario con una explosión
de energía. Basada en sus experiencias de vida en el distrito
de Agua Blanca -conocido como uno de los barrios de estrato más
bajo de la ciudad- la música original de La Colonia contenía
letras fuertes que expresaban su visión particular del mundo,
siempre desde la perspectiva de la mujer, manifestando, entre otras
cosas, su deseo de que "quede atrás la idea del sex
symbol femenino". Con contundencia, con mucho corazón,
y con una presencia escénica que exigía respeto y
solidaridad, estas jóvenes tocaron los temas del embarazo,
el discrimen hacia la mujer, la desigualdad socioeconómica,
y el racismo, con frases poderosas que provocaron fuertes aplausos
del público, como: "si crees que se acabó la
esclavitud, mira a tu alrededor..." -todo al ritmo de rap,
con algunas intervenciones melódicas en varios de sus números.
Tuve la oportunidad de ver las siguientes obras teatrales: Casa
Matriz, texto de Diana Raznovich, dirigido por Diego Vélez
con el Teatro La Máscara; Corazón abierto,
creación colectiva de Nohora Ayala y Fanny Baena, Próxima
Estación, Colombia; Matando horas, texto del dramaturgo
español Rodrigo García, dirigido por la colombiana
Luz Marina Gil, de Trama Luna Teatro; Umbral, unipersonal
de la actriz, autora y directora argentina Cristina Castrillo, radicada
en Suiza, Teatro delle Radici; Rumores de guerra, autora
y directora Kathy Randels, Artspot Productions, de los Estados Unidos;
water[war]s - Guerras por el agua (creación colectiva
dirigida por Jill Greenhalgh, del Magdalena Project; Las sin
tierra 1.00: Siete intentos de cruzar el estrecho, concepto
y desarrollo de Mike Brookes, dirigida por Jill Greenhalgh, Nomad
Teatro; y El amante, de Marguerite Duras, dirigido por Birute
Marcinkeviciute, Compañía Nacional de Teatro de Lituania.
Reseñaré dos de estos espectáculos.
Un proyecto que merece especial atención es la performance
de creación colectiva water[war]s (Guerras por el agua),
dirigida por Jill Greenhalgh, fundadora del Magdalena Project. La
idea de water[war]s surgió en el 2000, a partir de
de una pregunta y una respuesta que persiguen a la directora: "¿Cuál
será el motivo de las guerras del próximo milenio?
No serán por tierra, ni por petróleo, ni por oro,
sino por agua". Desde el comienzo del proyecto, Greenhalgh
ha sido invitada a distintos países para crear versiones
de la performance con grupos de actrices locales. En un periodo
de trabajo muy corto (cuatro o cinco días) cada actriz escoge
un aspecto del tema del proyecto y desarrolla su propia imagen-secuencia,
que luego se integra y se combina con el trabajo de sus compañeras.
En Colombia, el colectivo fue conformado por ocho actrices colombianas
y dos mexicanas, sobre el tema de la escasez de agua en el planeta.
Greenhalgh eligió montar el espectáculo en una casa
desocupada, donde los espectadores deambulábamos en medio
de personajes que se movían en ciclos y nos arrastraban en
una combinación de voces, sonidos e imágenes por una
especie de laberinto. El resultado fue una galería viviente
de distintas texturas y temperaturas, comenzando con el hielo y
el frío de la entrada, pasando a través de la abundancia
de agua en el centro, hasta llegar a la sequía y el fuego
del patio de atrás. Y siempre en el trasfondo, una voz precisa
y constante, como una letanía, leyendo estadísticas
sobre el consumo excesivo de agua, la cantidad de agua que tiene
el cuerpo humano, o las proyecciones de escasez de agua potable.
Por su parte, Lucy Bolaños, del Teatro La Máscara,
y su hija Susana Uribe presentaron una excelente puesta en escena
de Casa Matriz, obra de la dramaturga argentina Diana Raznovich,
dirigida por Diego Vélez. Fue una obra ideal para este equipo
de madre e hija: escrita para dos actrices, la obra presenta la
historia de Bárbara, una mujer que está cumpliendo
treinta años (igual que el Teatro La Máscara) en busca
de una madre perfecta. Para celebrar su cumpleaños, Bárbara
decide comprarse un regalo muy costoso: contrata a una "madre
sustituta" de Casa Matriz, una agencia que se especializa
en proporcionarles a sus clientes madres-por-un-día, completamente
personalizadas, construidas detalle por detalle de acuerdo a las
necesidades emocionales de sus clientes. Pero Bárbara es
muy exigente, lo cual no le facilita el trabajo a la madre profesional,
obligada a cambiar constantemente de un rol a otro: pasa de ser
la madre fría, la madre abnegada, la madre alegre, la madre
diva y hasta la madre muerta. Las actuaciones de Bolaños
y Uribe transmitieron todo el humor, la ternura y la crítica
a los estereotipos femeninos que esta ingeniosa obra implica.
Este tipo de mirada crítica
a los patrones sociales desde la perspectiva de género es
una perspectiva que La Máscara siempre ha defendido en su
teatro, desde que iniciaron su trabajo con obras de Brecht sobre
la prostitución y el aborto. La obra de Diana Raznovich les
ha venido como anillo al dedo y, según me dijeron en una
entrevista, el público ha respondido con entusiasmo: la temporada
de apertura este año duró dos meses, un período
largo comparado con las temporadas de dos semanas que suelen hacer.
Esto es sumamente alentador, ya que conozco la historia de La Máscara
y sé toda la resistencia que han tenido que enfrentar, por
parte de colegas, del público, de los hombres y hasta de
las mismas mujeres. Yo no las había visto desde 1998. Al
regresar cuatro años después, vi que -aunque les va
mejor en muchos aspectos, incluyendo la expansión de la infraestructura
de su teatro con ayuda de una ONG alemana- hay algo que no ha cambiado:
la actitud de machismo (directo o indirecto) que las rodea. Llevaba
sólo tres días en Cali, y ya un director me había
llamado "neurótica", me había diagnosticado
"histeria" y me había acusado de "fascista",
porque aparentemente yo era demasiado "feminista" para
su gusto.
La primera noche del Magdalena Pacífica, dentro de la antesala
del teatro La Máscara, oí a un hombre echar un "chiste":
"¿Por qué las mujeres se casan de blanco?",
preguntó. "Para hacer juego con la nevera y la lavadora".
Unas noches después, estaba sentada en una mesa con un grupo.
Algunos de ellos eran artistas, otros estaban directamente envueltos
con el Festival. Entre risas, uno de ellos le dice a otro: "Oiga
hermano, pero qué redundancia esto del Magdalena Pacífica
Eso de 'mujeres en escena', ¿qué quiere decir? Pues,
¡'mujeres que la montan'! ¡Valga la redundancia!"
[montarla en Colombia quiere decir no sólo "poner en
escena" sino también "fastidiar"].
Si las mujeres que hacen teatro
no son sino mujeres que fastidian, pues espero que La Máscara
siga montándola, y montándola, y que inspiren a otras
mujeres y hombres a montársela también a los estereotipos
manoseados, que (aunque se escondan detrás del "humor
negro" que se supone ignoremos, porque es "sólo
un chiste") atrapan a tantas personas en jaulas rígidas
de identidades caducas...
LOS EVENTOS ESPECIALES
Los paneles de discusión fueron eventos verdaderamente especiales
para mí, ya que tuve el honor de escuchar las ideas y propuestas
de tantas mujeres activas en la vida cultural y las iniciativas
por la paz en Colombia. Una de ellas fue Patricia Ariza, directora
de la Corporación Colombiana de Teatro, actriz del Teatro
La Candelaria, colaboradora del Teatro La Máscara, y co-organizadora
del Festival Magdalena Pacífica. En su ponencia, Ariza hizo
hincapié en el número altísimo de personas
en Colombia que se encuentran con hambre, que viven debajo de los
niveles de miseria, y que son refugiados internos en su propio país.
"Colombia condensa todos los dramas de Occidente", dijo,
y "Occidente se está consumiendo en la exclusión".
Entre estos dramas se encuentra también el de las mujeres
activistas, a quienes, en su búsqueda de transformación,
les ha tocado vivir en ese espacio dificultoso "entre la casa
y la plaza". Concluyó que, por el momento, "tenemos
que vivir con esa contradicción", seguir en la búsqueda
de paz, e involucrarnos en proyectos concretos, como por ejemplo,
salvar el Río Amazonas, proyecto por el cual Ariza misma
ha venido luchando hace unos años.
Uniéndose a este llamado por la protección del medio
ambiente, Leonor Zalavata, líder indígena colombiana,
compartió con nosotros su teoría de la paz, que está
arraigada en la naturaleza. Su lucha principal es por los derechos
sociales y culturales de los indígenas, "porque quienes
sufrimos el rigor de la guerra somos nosotros" y además,
con la devastación de los recursos naturales y los cambios
a las reformas laborales, "nos están matando de todas
formas". Para ella es fundamental mantener la calma, ir a la
naturaleza a encontrarse a sí misma después de pasar
temporadas en la ciudad, porque, dijo en broma, "¿a
quién no le provoca coger a un funcionario de estos y ahorcarlo?"
Con esta energía alegre, nos dijo que lo esencial para su
comunidad es "no renunciar a las tradiciones indígenas,
[porque] es en el fortalecimiento de nuestro espíritu propio
que está la paz".
Ana Teresa Bernal, por su parte, activista y líder social
de la Red de Iniciativas por la Paz, comentó que con el reciente
cese de las negociaciones de paz bajo el gobierno de Uribe, "otra
vez reina una profunda confusión, como si volviéramos
a empezar". Les urgió a las personas presentes que se
comprometieran con las soluciones pacíficas, comenzando al
nivel individual, en el hogar, y que no le delegaran todo al gobierno,
que tanto insiste en el enfrentamiento. "No se puede hacer
la paz", concluyó, "con una lógica de guerra".
En ese mismo panel habló Vera Grabe, por dieciséis
años guerrillera del M19 y una de las principales figuras
en las negociaciones que llevaron a ese grupo a abandonar las armas.
Recientemente fue candidata a la vicepresidencia, junto al candidato
presidencial del Polo Democrático, Lucho Garzón. En
su ponencia, nos dijo: "Quienes hicimos la guerra conocemos
muy bien el valor de la paz". Para ella es fundamental ofrecer
alternativas de gobernación, en la que la participación
ciudadana ocupe un rol mucho más activo, creando junto al
gobierno las condiciones que posibiliten la paz. Basándose
en la historia de otros grandes movimientos culturales, añadió
que ese tipo de cambio sí es posible: "La gran revolución
del siglo pasado fue la revolución de las mujeres, y fue
una revolución pacífica". La revolución
de ahora -la transformación de la cultura de guerra de Colombia-
también podrá lograrse, sugirió, si el país
toma ese ejemplo de las mujeres para realizar sus metas, comenzando
desde la transformación personal y la pedagogía.
DEJANDO HUELLAS
El evento de clausura, también en el teatro al aire libre
Los Cristales, estaba lleno de gente. Se podían ver las siluetas
de las personas amontonadas hasta las gradas más altas del
lugar; recuerdo el rostro de Lucy Bolaños mirando la multitud,
que bailaba y aplaudía al son de la música que daba
fin a la celebración. Me alegré al verla sonreír
y absorber la magnitud de su logro, ya que ese había sido
un día particularmente difícil para ella: tanto Lucy
como Pilar habían recibido comentarios muy críticos
de varias de las participantes, a quienes les había parecido
que la versión del Magdalena por parte de La Máscara
había fallado al no enfocar que las artistas presentes compartieran
su trabajo entre ellas. En años anteriores, los festivales
habían sido más pequeños; el Magdalena Aotearoa
en Nueva Zelanda, por ejemplo, concluyó con la estadía
de las participantes juntas en una isla por tres días. El
Magdalena Pacífica, según algunas compañeras
del Magdalena Project, había sido demasiado ambicioso y esparcido;
y los foros y demás eventos especiales no tenían "nada
que ver" con el Magdalena Project.
Pero en una sociedad saturada de guerra como la de Colombia, estoy
convencida de que, por el contrario, todo tuvo que ver. El proyecto
teatral de las mujeres de La Máscara está inextricablemente
ligado al contexto social y político de Colombia: la violencia
es un asunto urgente, del aquí y el ahora, de la cual
las mujeres con anhelos de cambio no quieren ni pueden desvincularse.
Si ahora con el nuevo gobierno se han creado "redes de informantes"
civiles para delatarse los unos a los otros, ¿por qué
no crear redes de conciencia diferencial a través eventos
como este?
La meta de este Festival no era traer a las mujeres a un grupo cerrado,
sino abrirse a la ciudad entera, crear espacios de reflexión
sobre la violencia, alcanzar a las diversas comunidades, repensar
el rol de la mujer en la transformación del país,
imaginar alternativas distintas a las que los medios masivos y sus
imágenes sangrientas presentan a diario. El Magdalena Pacífica
fue una estrategia para actuar (dentro y fuera de los teatros)
hacia la paz, a través del arte, el pensamiento y la presencia
de las mujeres. Me parece fundamental entender que el mundo femenino
no es homogéneo, que las prioridades y metas de las mujeres
de un país no serán iguales a las de otras -y que
si las metas son distintas, las estrategias serán distintas
también. Hay que ser flexibles al negociar, a nivel transcultural,
las consignas de los feminismos (en plural). Yo sugeriría
que el Magdalena Pacífica, lejos de ser una "desviación"
del Magdalena Project, fue una extensión, una expansión,
y una re-significación positiva de este, en un contexto particular.
Mientras veía a Lucy observar al público la última
noche, podía sentir la huella que ella esperaba dejar en
la memoria social de su ciudad. Como había dicho Vera Grabe:
"La paz es una manera de ver el mundo; hay que cambiar la cultura
de violencia en este país, y eso tenemos que hacerlo todos
juntos". Imaginaba también la huella que todas esas
mujeres y hombres estarían dejando en La Máscara,
impulsándolas a continuar su trabajo teatral de género
desde el terreno de su propio feminismo.
Y a todo esto, por supuesto, la imagen enorme de Melisa Contento
en el trasfondo, mirando también en silencio, con sus ojos
impasibles, desde los afiches blancos del Festival. Si de su retrato
pudiera haber salido su voz de cantante, ¿con qué
palabras y en qué ritmo habría descrito lo que veía?
Notas
1 Teatro La Máscara: Comunicado de prensa, agosto 2002.
2 Entrevista realizada por la autora en 1998.
3 Ibid.