Pedro Lemebel. En su mejor momento. El amargo, relamido y brillante frenesí  
  Carlos Monsiváis  
 


Pedro Lemebel es un fenómeno de la literatura latinoamericana de este tiempo. Uso el término fenómeno en su doble acepción: es un escritor original y un prosista notable y, para sus lectores, es un freak, alguien que llama la atención desde el aspecto y rechaza la normalización ofrecida. Un escritor y un freak indisolublemente unidos, los que están fuera, en la desolación y la energía de los que sólo se integran a su modo, en los márgenes que ya no tienen el peso arrasador de antaño. (Si algo, la obra de Lemebel es un rechazo del determinismo homófobo). A Lemebel le ponen sitio las miradas (las lecturas) de la admiración, el morbo, el regocijo de "los turistas de lo inconveniente", la extrañeza, la solidaridad, la normalidad de los que están al tanto de la globalización cultural, esa que para los gays se inició dramáticamente con los juicios de Oscar Wilde en 1895 y jubilosa y organizativamente con la revuelta de Stonewall en 1969.

Desde que se dio a conocer dentro y fuera de Chile con sus textos y las performances de las Yeguas del Apocalipsis, Lemebel se ha mostrado irreductible. ¿Qué le pueden argumentar de nuevo, qué le pueden decir que él no se haya dicho? ¿Cómo sorprender al que ha examinado con metáforas y "descaro" a una sociedad que sólo admitió la diversidad al sometérsele a la peor uniformidad? Al incapaz de engaño no se le vence con injurias y menos aún con expulsiones del Sancta Sanctorum de la decencia, que para Lemebel nada más es una institución patética del autoengaño. Muy probablemente diría: si creen que despreciando a los diferentes mejoran sus vidas, muy su gusto, si creen que marginando a los que no son como ustedes se incluyen en la primera fila, muy su ilusión. Él responde a los criterios estéticos y los comportamientos legales y legítimos de las minorías latinoamericanas emergentes que al ejercer sus derechos (civiles, humanos, sexuales) revisan de paso las prácticas y el sentido de la opresión y van a fondo: sólo secundariamente se les reprime por ser distintos; en primerísimo lugar se les acosa, maltrata, humilla e incluso asesina para que los verdugos conozcan la triste fábula de su importancia. (La crónica de Lemebel, sobre el incendio criminal de la discoteca en Valparaíso es excelente.)

Nuevos criterios estéticos...

Pienso ahora entre otros en el argentino Néstor Perlongher, el mexicano Joaquín Hurtado y, un tanto más a distancia, los cubanos Severo Sarduy y Reinaldo Arenas y el argentino Manuel Puig. Se trata de una literatura de la ira reinvidicatoria (Perlongher, Arenas, Hurtado), de la experimentación radical (Sarduy), de la incorporación festiva y victoriosa de la sensibilidad proscrita (Puig). En todos ellos lo gay no es la identidad artística, sino la actitud que al abordar con valor, insistencia y calidad un tema se deja ver como el movimiento de las conciencias que por valores compartidos y acumulación de obras dibuja una tendencia cultural. No hay literatura gay, sino una sensibilidad proscrita que ha de persistir mientras continúe la homofobia, y estos autores al asumir con talento y vehemencia sus voces únicas, le añaden una dimensión cultural y social a la América Latina.

Un poeta muy apreciado por Lemebel, Néstor Perlongher, describe el gueto:

Novedades de noche: satín terciopelo, modelando con flecos la moldura del anca, flatulencia de flujo, oscuro brillo. Resplandor respingado, caracoles de nylon que le esmaltaban de lamé el flaco de las orlas... Perdida en burlas, de macramé, lo que pendía en esas naderías, ruleros colibrí, lábil orzuelo, era el revuelvo de un codazo artero, en las calcomanías del satín, comido (masticación de flutes, de bollidos) . En Poemas completos, Seix Barral, 1997.

Estas mismas atmósferas lezamianas, transmitidas por Lemebel, son algo similar y muy opuesto. En Lemebel la intencionalidad barroca es menos drástica, menos enamorada de sus propios laberintos, igualmente vitriólica y compleja, igualmente abominadora del vacío, pero menos centrada en el deslumbramiento del vocabulario que en la forma exhaustiva. Así, Lemebel describe la intromisión del gueto en la ciudad, las reverberaciones de lo prohibido en lo permitido exactamente en momento en que los absolutos se desintegran:

"La calle sudaca y sus relumbres derribistas de neón neoyorquino se hermanan en la fiebre homoerótica que en su zigzagueo voluptuoso replantea el destino de su continuo güeviar. La maricada gitanea la vereda y deviene gesto, deviene beso, deviene ave, aletear de pestaña, ojeada nerviosa por el causeo de cuerpos masculinos, expuestos, marmoleados por la rigidez del sexo en la mezclilla que contiene sus presas. La ciudad, si no existe, la inventa el bambolear homosexuado que en el flirteo del amor erecto amapola su vicio. El plano de la city puede ser su página, su bitácora ardiente que en el callejear acezante se hace texto, testimonio documental, apunte iletrado que el tráfago consume" (de Loco afán).

En cada uno de sus textos, Lemebel se arriesga en el filo de la navaja entre el exceso gratuito y la cursilería y la genuina prosa poética y el exceso necesario. Sale indemne porque su oído literario de primer orden y porque su barroquismo, como en otro orden de cosas el de Perlongher, se desprenden orgánicamente del punto de vista otro, de la sensibilidad que atestigua las realidades sobre las que no le habían permitido opiniones o juicios. Esto es parte de lo que significa salir del clóset, asumir la condena que las palabras encierran (maricón, puto, pájaro, carne de sidario) e ir a su encuentro para desactivarlas, proclamar "las verdades de un amor verdadero" y, por si hiciera falta, probar lo fundamental: la carga exterminadora de las voces de la homofobia es la síntesis de la metamorfosis incesante; el dogma religioso se vuelve el prejuicio familiar y personal, el prejuicio se convierte en plataforma de la superioridad instantánea, la jactancia de ser más hombre (más ser humano, si queremos incluir la homofobia de las mujeres) deviene las sentencias prácticas y verbales que se abaten contra los que ni siquiera hablan desde el género debido.

Antes de señalar la militancia ostensible de la literatura de Lemebel, me detiene la reflexión de siempre: ¿se puede ser escritor y militante? En el caso de Lemebel, la respuesta viene del hecho prosístico: su militancia es indistinguible de la forma en que la expresa, no sólo es "comer rabia para no matar a todo el mundo", sino escuchar lo que él mismo va escribiendo, captar las melodías verbales con gran cuidado y cerciorarse de la relación profunda entre las ideas y las palabras que las describen con exactitud, entre las ideas y la libertad del cuerpo en el acto sexual, en las fiestas del deseo y el látex, de los baños de vapor y los registros sensibles de la oscuridad.


En Incontables, La esquina de mi corazón, De perlas y cicatrices y Loco afán, Pedro Lemebel expresa, en la forma inaugural de la tendencia a la que pertenece, lo que vive, lo que ve, lo que siente. A lo largo de la dictadura chilena, Lemebel mantuvo la mayor coherencia: fue exactamente como era, le añadió libertades a la comunidad con el solo recurso de ejercerlas. En su texto clásico "Manifiesto (Hablo por mi diferencia)", de septiembre de 1986, leído en un acto de izquierda en Santiago de Chile, Lemebel es muy claro:

Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer.

"Mi hombría es aceptarme diferente". Como por vez primera, Lemebel abandona el clóset (ese miedo a ser descubierto por los que de cualquier manera ya lo saben, ese continuo ajustarse a las posibilidades de resistencia, que cambian en cada persona) en la etapa marcada por el sida, en los años en que el VIH se revela como la gran prisión de la conducta, el despobladero de amigos y conocidos (y de los desconocidos que la solidaridad convierte en amigos íntimos). La paga del deseo es muerte. Como muchos otros escritores, como Paul Monette, el Severo Sarduy de "Pájaros en la playa", y el Reinaldo Arenas de "Antes que anochezca", Lemebel ve en el sida la formación de la mirada esencial de la especie condenada. Luego del sida no se vivirá como antes, porque el Antes, normado por la indiferencia o la inconsciencia, equivale a la pérdida de los sentidos. En su recreación del mundo del VIH, Lemebel se adentra en las crónicas modernistas y posmodernistas como un Julián del Casal o un Amado Nervo o un Enrique Gómez Carrillo que un siglo después, todavía atenido al culto de la prosodia y de la escritura cuidada y acicalada, está dispuesto a llamar las cosas por su nombre. Y desde esa conciencia del tema, de los condones como regalo de cumpleaños y del velorio que hay en todo carnaval (y a la inversa), Lemebel se adentra en los delirios del sida, la enfermedad que ha convocado el prejuicio y la madurez social como ningún otro.

El punto de partida de Lemebel es el lenguaje autodenigratorio que le va representando al lector un espejo de restauraciones (un marica resulta con frecuencia un ser épico, un enfermo de sida puede ser la metáfora hermosa de la devastación y la dignidad); Lemebel cuenta historias funerarias. Así, en uno de sus homenajes a los derruidos por la pandemia, "El último beso de Loba Lamar (Crespones de seda en mi despedida... por favor)", Lemebel regala la apariencia ruinosa y la presenta transfigurada.

"Para nosotros, las locas que compartíamos la pieza, la Loba tenía pacto con Satanás. ¿Cómo va a durar tanto? ¡Cómo se ve bonita a pesar que se deshoja de costras! ¿Cómo, cómo, cómo? Sin AZT, a puro pulso la linda, a puro ánimo la cola resiste tanto. Era el sol, el buen tiempo, el calor..."

Ir a fondo en la denigración de sí, verse en los términos que los demás utilizan. A partir de ese desafío, que La esquina de mi corazón inicia de modo deslumbrante, Lemebel acomoda sus jerarquías (los ejercicios de crítica y sinceridad a los que ajustar su visión del mundo), donde la franqueza sólo tiene sentido si el autor no contemporiza consigo mismo, y la hipocresía es siempre un daño moral y escritural. En la América Latina globalizada hasta donde es posible, los marginados, aisladamente o en conjunto, trazan otro mapa de lo real, ni opuesto ni complementario, que surge del nuevo gran proyecto: la unidad de lo diverso.

De Augusto D'Halmar a Salvador Novo, de César Moro a Xavier Villaurrutia, de Adolfo Caminho a Manuel Mujica Laínez, de José Lezama Lima a Virgilio Piñera, de Gastón Baquero a Elías Nandino, de Antón Arrufat a Luis Zapata, la literatura con temas y subtemas homofílicos se presenta como la heteredoxia sin moralejas. En esa movilización, con tanta frecuencia influida por el barroco, Pedro Lemebel es una de las voces más poderosas y menos sujetas a las disipaciones de la moda.

 
     
  Las estrategias escriturales de Pedro Lemebel  
  Raquel Olea  
 


En De perlas y cicatrices, tercer libro de Pedro Lemebel, el autor cumple el mandato que desde los escritos de conquista ordena al género de la crónica, ser fiel a la verdad: "no debe el cronista dejar de hacer su oficio", dice, desde esos tiempos el cronista De Herrera para marcar su diferencia con esos otros, los serviles y aduladores del poder. Oficio al que Lemebel ha otorgado propiedad de tono y estilo en su forma de producir una escritura que habla la actualidad. Circunscrita al ámbito de lo urbano en su primer libro, al de la enfermedad en el segundo y al "cancionero" de la historia en De perlas y cicatrices. (Cancionero era el nombre del microprograma radial "donde este puñado de crónicas se hicieron públicas en el goteo oral de su musicalizado relato", dice Lemebel en el prólogo). Actualidad procesada por una escritura que en su particular textura de trabajo en el lenguaje, articula, escenas, tráficos y aconteceres de los 25 años últimos. De perlas y cicatrices nombra la materia de este libro. La aparente contradicción de estas palabras, las yuxtapone en una figura de aposición que hace que la segunda palabra, cicatrices, caracterice, comente o explique a la primera. Crónicas de cicatrices explicadas por perlas. Pero tanto una como otra palabra, la perla y la cicatriz son producto de la misma operación defensiva de un cuerpo, produciendo con ella el efecto de una marca que quedará allí para siempre. Resultado de un daño en el cuerpo, la perla y la cicatriz perpetúan lo imborrable. Ambas son indicio. Signo. Santo y seña de una intervención extraña, huella encubierta de otra historia.


Perlas y cicatrices de escritura que Pedro Lemebel organiza en ocho capítulos. Los cuatro primeros, "sombrío fosforecer", "dulce veleidad", "de misses top, reinas lagartijas y otras acuarelas" y "sufro al pensar", pasan la lista a nombres y situaciones que se cierran en el capítulo "Relicario", intermedio visual en la lectura que reproduce imágenes perpetuadas por la fotografía de Álvaro Hoppe, las que exhiben escenas tomadas en las calles de Santiago. Los capítulos que re-abren la lectura después de Relicario, "río Rebelde" , "quiltra lunera", "relamido frenesí" y "soberbia calamidad, verde perejil", escriben escenas urbanas, situaciones vividas por las calles; la escritura ejerce el tráfico de los acontecimientos, el llevar y traer de un lugar a otro, el paseo de la escritura por los barrios, las poblaciones, las plazas de Santiago. Lemebel junta nombres, personajes, situaciones que las estratificaciones urbanas nunca juntarían. Las figuras de antítesis, de aposición de juego de contradicción funcionan como operación permanente de las crónicas de Lemebel. La forma de titularlas ejerce una política de hilado que añade algo al nombre al repetir la misma operación de insistencia en posponer a su título una cita musical, una frase explicativa, que condensa alguno de los sentidos propuestos por el texto, trazando un itinerario de lectura. La escritura se construye como ficción verosímil sobre personajes y situaciones ya conocidas, las que seguimos viendo y oyendo todos los días en la televisión, pero también sobre los otros, los que dejamos de ver para siempre. La secuencia alterna nombres perlados de los medios, la cultura y el éxito, con los otros, los clausurados de la historia oficial, los olvidados.

« CRONICAS PROBADAS »
En sus libros anteriores, La esquina es mi corazón, Loco afán, Lemebel recopiló -no todos- pero sí algunos textos ya publicados en periódicos o revistas (Página abierta, Punto final, La Nación). De perlas y cicatrices reincide en este gesto de dar a conocer textos ya conocidos, de hacerlos transitar de un medio a otro de la revista, del aislamiento de la página periodística al libro para configurar un cuerpo textual por una operación de acumulación. En esta oportunidad la totalidad del libro está constituida por "crónicas radiales", como se indica en portada (no en el título). La mención del origen pone en juego el doblez de registros que organiza este libro, oralidad y escritura como dos formas y situaciones comunicativas que operan efectos distintos. 71 crónicas que fueron escritas para ser habladas día a día como parte de la programación habitual de Radio Tierra. De perlas y cicatrices constituye la lectura de una escritura que ya fue hablada, ya oralizada en el registro de la voz de Lemebel. Como él escribe, "el gorgoreo de la emoción, el telón de fondo pintado por bolereados, rockeados o valseados contagios, se dispersó en el aire radial que aspiraron los oyentes". Entre la lectura y la escritura de estas crónicas media una audiencia. Por lo tanto la materia de este libro ya ha sido oída, ya dicha, ya sabida, ya está en el aire. Ya escuchadas, estas crónicas han tenido su efecto en el registro de "el adelanto panfleteado" de una oralidad procedente de una escritura que en su anticipo ya las había fijado. Dispersadas en el aire, ingresadas hoy a la circulación del mercado de los libros, prueban otro circuito con ese doble rango, determinado por el habla y su especifica forma de transmisión por la palabra que la forma y la deforma y por la publicación que la sanciona en la adscripción al género de la crónica. (A)probadas y sancionadas por una audiencia fiel, De perlas y cicatrices ingresa al circuito comercial de los libros con el recorrido de una palabra que (re)prueba la construcción de su público lector según las leyes de mercado.

« LA NOVELA DE CHILE »
El cronista inicia el texto con un epígrafe que modela la escritura en la enunciación de su ley: "golpe con golpe yo pago, beso con beso devuelvo, esa es la ley del amor que yo aprendí, que yo aprendí" (canta Lucho Barrios), ley que no se atiene a normativas e institucionalidades literarias sino que enuncia una política escritural del sentimiento. En su propia ley, la escritura de Lemebel empieza por cualquier parte, por el entremedio, "todo ocurre en el entremedio" dice Deleuze, poniendo en escena variados recursos para iniciar cada nuevo texto en estado de incerteza. A veces una pregunta indirecta abre la escritura a un relato impreciso, "Y por qué otra cosa sino por ventear la lengua en el cotorreo del domingo", se inicia la crónica "Un domingo de feria libre"; en otras, la pregunta se vuelve sospecha, como en "El test antidoping", donde dice "Será que para el Estado los ciudadanos siempre seremos cabros chicos", o en otros momentos la pregunta ironiza la reflexión que da inicio al relato, "quizás porque la realeza nunca anidó en estos peladeros"; señalando estrategias de escritura que van sopesando un texto que se vuelve sobre su propia palabra como test, ensayo que prueba lo que escribe para sancionarlo según su subjetividad de cronista. Lemebel trabaja insistentemente la operación de repetir el gesto que pone en acto una memoria que no es ni pura nostalgia, ni regocijo en el recuerdo, sino producción que revisa, pasa revista, cobra cuentas a espacios culturales, personajes y situaciones públicas que han encubierto su deuda pendiente con la historia, desde los tiempos de la dictadura militar. Implacable en su política del sentimiento, Lemebel los exhibe todos, uno sobre otro, rabia sobre tristeza, sobre impotencia, sobre reclamo, sobre humillación, construyendo su política del texto en el re-sentimiento de una escritura que cobra la cuenta por el lado de los perdedores. Resentimiento en Lemebel como política textual que transmuta en goce de la escritura el sentimiento de impotencia que le producen las inferiorizaciones a que le somete una sociedad que ubica lo gay, lo pobre, en el lugar de una minoría sin lugar en la distribución de bienes, en el festín de los consensos que denuncia. Escritura (re)sentida, en su producción de significaciones sociales, (re)cargada en su retórica engolosinada de adjetivaciones, sinonimias y usos desplazados de las sintácticas convencionales. Traficando información soterrada, enterrada en el callejeo de los saberes intrigantes, -copucheos, pelambres, corre ve y diles- intransitables en los circuitos oficiales, Lemebel hurga, desoculta e ingresa sin maquillaje en "esa faz agredida de una página de la novela de Chile", como escribe en "Los cinco minutos te hacen florecer Carmen Gloria Quintana" o "una página quemada en la feria del libro". La escritura de Lemebel escarba su materia donde la perla y la cicatriz operan como huella que el tiempo ha recubierto. Desde su específico lugar Lemebel se autoriza a hablar esa otra parte de la historia. De perlas y cicatrices cuentea y saca cuentas con el presente, ficcionalizado en un lenguaje que construye su estrategia política en la insistencia, la reiteración, la multiplicidad, que concita en la escritura otros dobleces de género, femenino, sentimental, policial, juvenil, histórico, popular; géneros con los que el boom de la "Nueva narrativa" no ha podido contar la historia, tampoco escribir la "novela de Chile". El género de la crónica nos muestra en las estrategias escriturales de Lemebel que una y otra, novela e historia se hacen (a) pedazos. En la ficción de su lenguaje Lemebel trama una y otra en hechos y relatos desperdigados. La lectura que construye se levanta contra las retóricas oficiales que han intentado hacerlo sólo "de perlas".

 
     
  Lemebel o el poder cognitivo de la metáfora  
  Yanko González  
 


Los caprichos de Lemebel han hecho posible que hoy me guarde como poeta y salga del armario como antropólogo. Por lo mismo, sé que Pedro, esta vez, espera más que un par de gárgaras lingüísticas, sino, la suspensión -que no supresión- de alguna duda sobre su propio ejercicio escritural. El año 1997 escribí lo que hasta ese momento era uno de los pocos trabajos en las lateras revistas "científicas" universitarias sobre la obra de Lemebel. El artículo, titulado "Loco Afán: una bella etnografía sobre el dolor marica", tenía la particularidad juguetona de imitar la escritura de Pedro, acercándose lo más posible a lo que me parecía un grueso aporte estético inscrito al interior de la crónica en Chile: la construcción de un nuevo alfabeto a partir de la adjetivación enrarecida, el hipérbaton, cientos de neologismos "emic" y una lucha frontal en contra de la economía del lenguaje. Aunque esta paráfrasis estética (o mimesis crítica) para hablar sobre el texto resultó una golosina para la criticona revisteril de la academia apoltronada -en esa onda iba el papers- la promesa del título se cumplió apenas.

Qué había de etnografía en la obra de Lemebel, particularmente en sus crónicas. O lo que es lo mismo, ¿cuánto de observación participante con pretensiones cognitivas había en sus escritos y qué espesor tenían sus aportes sobre la descripción de exóticas (sub)culturas subalternas para el consumo metropolitano? Pues bien, en esta página que me queda, y pasados casi 8 años y 3 minutos, quiero cumplir algo de la promesa de ese título a partir de Adiós Mariquita Linda.

La anécdota se la apropió Renato Rosaldo, pero en verdad, ese día, el turno diurno de mesero en un bareto primermundista, lo hacía yo. Lévi-Strauss ya cansino, acompañado por un ajado premio Nobel de física, entraron a echarse un agua entre una conferencia y otra. Me apuré a atenderlos cuando escucho al Nobel ningunear a Claudio: - ¿qué han descubierto los antropólogos? El autor de "lo crudo y lo cosido" -y del mejor epigrama de un antropólogo: "odio los viajes y los exploradores"- ganaba tiempo, mientras miraba con cara de asco la mugre de sus uñas. - Tú sabes -le dijo el físico- las propiedades o las leyes sobre otras culturas. ¿Te refieres a algo como E=mc2? Le dijo el estructuralista. Sí, le ametralleó el otro. -Bueno, no hemos descubierto leyes, pero existe algo que sabemos con seguridad: reconocemos una buena descripción cuando la vemos.

Este aserto, revela precisamente uno de los entuertos que ha enfrentado la antropología en estos últimos años. Primero qué distingue y valida esa descripción -lo que en nuestro gremio llamamos representación- como científica, válida, y para qué será usada. Segundo, ¿qué autoridad y autoría se atribuye el "nosotros" para describir al otro: ¿quién es el nativo? El entuerto es de larga data y ha sido resuelto a contrapelo y con heridos graves: finalmente la descripción etnográfica es un género literario y, lo que es peor para nuestro gremio, es un género contrahecho, ladronzuelo o mendicante de otros, especialmente -a mi entender-, de la crónica y, en América Latina, del muy castizo y basureado "costumbrismo". La antropología chilena ha chillado mucho con el temita, pero ha sido incapaz, más allá de contadas excepciones, de levantar aunque sea un conjunto referencial de textos clasicones escritos o visuales, sobre "sus otros", también clásicos -indígenas y rurales- que puedan tener la eficacia comunicativa y cognitiva de "El zorro de arriba y el zorro de abajo" de José María Arguedas. Entrampados en el discurso regulador remoto -típicamente la narración compungida en tercera persona- con unas ínfulas cientificistas que te cagas, no han hecho más que ahuyentar de sus lecturas al personal que, con esfuerzo, fotocopia sus "cositas".

(Des)enredado el problema, comprenderán mi temprano interés antropológico por la obra cronística de Lemebel. No es necesario tener un postdoctorado para entender que las más potentes descripciones e interpretaciones sobre las distintas alteridades que se han articulado en nuestro país provienen de géneros anteriores al etnográfico, de voyeurs autodidactas con plumas sin el corsé cientificista. Las ciencias sociales típicamente llama a estas fuentes "secundarias o terciarias", es decir, que sólo son capaces de testimoniar como los rescoldos del asado, lo que se ha construido -en palabras de Pedro, que ahora invento en su boca- con el "látigo acerado del método y su científico predecir". Por tanto, pasan a ser un decorado de los hallazgos principales. Si se filtraran por esas latas al menos dos párrafos de algún "costumbrista menor", vislumbraríamos de inmediato las fricciones y topologías culturales que estaban en juego, por ejemplo, a fines del siglo XIX entre el mundo rural y el urbano, narrados por Pedro Ruiz Aldea en 1862 en "los provincianos".

Pero acortemos el embrollo y digámoslo de una vez. Hay algo en la obra y la escritura de Pedro que constituye una anomalía, ya en la tradición literaria costumbrista del siglo XIX, ya en la cronística del siglo XX, ya en la escueta etnografía escrita en Chile: su condición de actor social gay, urbano-popular e ilustrado y -por si no fuera poco- "nativo" a la vez que voyeur. Todo ello convierte sus escritos en documentos excepcionales, no sólo como "fuentes" [datos secundarios], sino también, como trabajos analíticos de primer orden. Adiós Mariquita linda, con más soltura del yo y experimentalidad, sigue constituida por esa argamasa del mirón nativo que nos ventila mundos próximos con la dosis de extrañamiento necesaria para convertirlo en una sólida estética de la descripción… y de la interpretación.

A estas alturas sabemos de la ficción mediadora del método para objetivar la observación como verdadera, recayendo en la retórica y la persuasión argumental y estilística la función de construir ya no verdad, sino verosimilitud. Y Pedro, cumple de sobras con esta premisa: el poder cognitivo de la metáfora. En "el abismo iletrado de unos sonidos", por ejemplo, logra con eficacia situar la agonística entre oralidad y escritura. Diferencias, que como siempre, occidente y las clases dominantes transformaron en desigualdades. Al recorrer los pliegues del choque cultural entre conquistadores y originarios o entre elites ilustradas y bajo pueblo, ciertamente la oralidad aparece como una resistencia cultural que niega a domesticarse. Occidente, a través de su historiografía que ve el documento como "monumento" -base única "de lo que realmente ocurrió"- ha combatido la plasticidad de la oralidad, no sólo porque entraña el peligro de la subjetividad perpetua, lo evanescente e inestable, sino porque es incapaz de soportar verdad científica y mantiene una peligrosa alianza con la memoria, ese Pepe Grillo de la historia, respondón y subversivo, que democratiza el control y la fijación del recuerdo. ¿Se puede decir de otra manera? Sí, como Lemebel: "nuestro logo egocéntrico que cree almacenar su memoria en bibliotecas mudas, donde lo único que resuena es la palabra silencio". He ahí una metáfora trabajando.

Quizás, la particularidad etnográfica de Lemebel en este libro, es su desplazamiento hacia la síntesis: la descripción de la mano con un plan hermenéutico trazado. Varios corpus están teñido de este sincretismo, no sólo en "El alfabeto iletrado…", sino también y maravillosamente en "La momia del cerro El Plomo". Esta pieza constituye, sin duda, un ejercicio metodológico para la arqueología, a cuya meta -"sacarle el habla" a las cosas pasadas- mis colegas llegan con la misma dosis de imaginación, pero con sopor y escasa eficacia comunicativa. Si el autor no hubiera puesto a pie de página que era una interpretación libre de los hechos -sino, una especulación esclava de los mismos- y le hubiese agregado un turro de referencias bibliográficas a modo de joyas pedantes- el texto es un papers de divulgación científica mortal. He ahí el poder cognitivo de la metáfora (y bien lo sabe otro Pedro, el Mege, y sus lujos hermenéuticos sobre la textilería mapuche).

He majadereado poco, para llegar al harto y detenerme -en razón al tiempo- sólo en algunos corpus que en sus frecuencias, ayudan a resolver el pretencioso título de mi reseña crítica de 1997. Las tres crónicas que componen "pájaros que besan" (sumaría a ella "ojeras de trasnochado mirar") más allá de la calentura sexuada y sensualizada del negocio horizontal (Ok: vertical, oblicuo, etc.), se constituyen como una observación espesa sobre un sujeto joven plural, invisibilizado por la verborrea indagatoria de lo social, que ha construido un estereotipo de lo juvenil metropolitano y criminal ("joven-problema") articulado en torno a su revés: el joven reality-emprendedor, winner y del partido de los optimistas. La textualidad de Lemebel revela los dispositivos diferenciales en los que se asienta la condición juvenil en territorios y trayectorias biográficas diversas. Un inédito rapero de Llanquihue cesante -Wilson-; un joven rural vendedor de maní -José-; un chico obrero de la "contru"; otro militante y una horda de prostitutos púberes, complejizan la caricatura manoseada de las encuestas. Estos retazos de biografías juveniles en el Chile de hoy, resultan democratizadoras por la operatoria: el autor no viaja de la estructura social a los sujetos para explicarlos, sino, parte de la carne y sangre para otear espacios microscópicos de su vida cotidiana trenzados en el azar por la afectividad. A su vez, pone en circulación a actores omitidos desvelando una legitimidad identitaria equiparable a la de género, la étnica, o la de clase -la generacional-, lo que incide en la deconstrucción de los estereotipos.

La resolución etnográfica es desigual, pero tiene en "Eres mío, niña" una metáfora desenfadada para comprender algunas claves de las prácticas simbólicas hip-hoperas: no penetrando la tribu, sino dejándose penetrar, literalmente, por su informante y sus semas, quien le traduce los sticks grabados en el muro o le activa la genealogía rapera del jeans a medio culo o la zapatilla carcelaria sin cordones: "esos trailer de zapatillas que los chicos adoran como novias, sus queridas zapatillas que las cuidan como otro par de pies suplentes y son para ellos el andamio callejero que los transporta…". Y al ritmo de un scratch oral, termina co-produciendo una fresca rola sentimental, que el autor transcribe. Similar potencia cognitiva revela "Ojeras de trasnochado mirar" que compone en solo tres páginas casi una antropología diacrónica del comercio sexual adolescente Santiaguino, a partir de los ejes de clase, género y nación. Leer las transformaciones del intercambio pagado de fluidos y toques en estos espacios geoculturales, bajo la retina-memoria de Lemebel, resulta del todo beneficioso para amoblar la cabeza del lego: "los chicos de la plaza la saben todas, las conocen todas, las vivieron todas, subiendo y bajando de departamentos, donde el dejarse penetrar vale una chaqueta de mezclilla Levis. Total, ya pasó la época en que el activo montador, valía oro, cobraba en oro, se hacía pagar muy bien sus atributos erectos. Ahora, el cambalache neoliberal de los cuerpos prostitutos, relativizó el valor del falo diamante, por la plusvalía del orto masculino".

En medio de la obra aparece el riesgo: una serie de piezas gráficas que, bajo el título de "bésame otra vez forastero" encuentran su lugar como la contracara de la descripción anárquica, sembrando el ojo carboncillo u obturado -cual naturalista- en el paisaje humano viajado por dentro. Sin embargo, antes, una suerte de pequeña nouvelle -"Chalaco amor"-, aparentemente más cerca del yo que de los otros -y de los objetivos cognitivos del patiperreo etnográfico-, deja entrever un replanteo crítico del catequismo patrio a partir de coitos interrumpidos. El arranque de este texto es una intelección que augura un fiero proyecto escritural: la búsqueda de "identidades extranjeras" -"metecas"- cribadas y sufridas por el imaginario etnocéntrico del prejuicio y la arbitrariedad del "lugar" como dador de legitimidad xenófoba. Por cierto, otros textos circulan en la obra -cuestión, a parte son las tres noches (quiltra, payasa y coyote), que como dice mi hermano Arestizabal, son una "delicadeza de langosta"-, aunque sus pretensiones cognitivas son más débiles. En esta dirección, si bien el conjunto de Adiós Mariquita Linda, re-modula su afán etnográfico -clave, desde mi punto de vista en la obra de Pedro-, con un repertorio heterodoxo de "representaciones" a modo de salpicón de ojeadas, lo hace con la reflexividad interpretativa propia del que necesita saturarse de estudiar y representar al otro cultural, hasta llegar oír esa voz "a la que suele dársele el nombre de silencio". Situado en la historicidad, a Pedro se deberá recurrir como fuente primaria, cuya particularidad es la increíble capacidad de observación participante y cuyo mérito mayor -tan codiciado por la ciudad letrada- es el de decir por medio del decirse.

Leído en la presentación de Adiós Mariquita Linda, Universidad ARCIS, 14 de septiembre de 2005

 
     
  Otras opiniones  
 


Según la escritora chilena Soledad Bianchi, "Pedro Lemebel es un descubridor, posa su mirada en una realidad poco elaborada por las plumas de Chile -la identidad homosexual, la alternativa travestí, y sus complejidades-. Escribe para dar a conocer, sin remilgos ni temores; inventa, fantasea, exagera: entonces, la crónica se aproxima y se funde con la ficción, y se vuelve noticia, recado, chisme, de un antiguo "nuevo mundo": "nuevo" porque se simula desconocerlo, "nuevo" porque se silencia. Cada escrito de Loco afán es fragmento y unidad porque elabora un universo propio planteado desde la diferencia... Lemebel rehúye la solemnidad cuando combina y juega con la sátira, el sarcasmo, la ironía, el humor, y con pasión se niega al espectáculo, a la compasión y al aprovechamiento". Otro compatriota, Roberto Bolaño, afirma: "Nadie le saca más emociones a su español que Lemebel. Lemebel no necesita escribir poesía para ser el mejor poeta de mi generación. Nadie llega más hondo que Lemebel. Y encima, por si fuera poco, Lemebel es valiente, es decir sabe abrir los ojos en la oscuridad, en esos territorios en los que nadie se atreve a entrar ¿Que cómo supe todo eso? Fácil. Leyendo sus libros." Pedro Lemebel, "escritor cuchillo", que en Loco afán "enfoca el más encarnecido segmento homosexual: los travestis, los afeminados evidentes" (Martín Ruiz), que "ha hecho de su voz ventrílocua el habla del ciudadano marginado, y para muchos es el escritor actual más importante de Chile" (Carolina Ferreira) y que se autodefine como "maricón y pobre, mis dos títulos nobiliarios", además de "indio y malvendido", fue la inesperada estrella de la Feria de Guadalajara de México el año pasado: "El escritor más ovacionado" (José Miguel Izquierdo, El Mercurio); "Sin duda la estrella de la Feria, un autor inimitable, lleno de fuerza, sensibilidad e inteligencia" (René Naranjo, Las últimas Noticias).

 
  Nota de contraportada a Loco afán. Crónicas de sidario  
     
 

Pedro Lemebel es una leyenda viviente. Y también una de las "rarezas" mayores -porque su obra es relativamente poco conocida aún y porque su "rareza", en tanto escritura, es excelente, sustancial- de la literatura latinoamericana de estos tiempos. La imagen que fue llegando (al principio en cuentagotas, últimamente cada vez más fluida) de este escritor y artista visual chileno es la de un creador excéntrico. Un agitador furioso. Un rebelde lírico, travesti y militante que enfrentó la dictadura pinochetista a fuerza de ejercer su diferencia (política y sexual, ética y estética) y aún hoy arremete con sus libros contra las ideas conservadoras y todavía hegemónicas sobre lo normal, lo deseable, lo visible, lo que quisiéramos creer -y revelar- de nosotros mismos.
Todo eso es cierto, pero hay más. Al menos desde mediados de los años 80, cuando dejó de dar clases de arte en un secundario estatal y creó junto a Francisco Casas el colectivo de arte las Yeguas del Apocalipsis, y más tarde se dedicó de lleno a la escritura, Lemebel ocupa un lugar único, a la vez marginal y céntrico en su país. Y desde allí irradia su furor crítico, su escritura torrencial, más allá de las fronteras. Así lo demuestra, por caso, el hecho de que la influyente ensayista Jean Franco lo incluyera ya en 1994, junto a Carlos Monsiváis y Edgardo Rodríguez Juliá, entre los más destacados cronistas-testigos de la región.

 
  Flavia Costa, "La rabia es la tinta de mi escritura"  
 

 

 
  Las crónicas de Pedro Lemebel instauran un nuevo canon de lectura. Los signos ya no pueden ser leídos desde la sanción o de la norma. Lemebel interviene con la imagen grotesca, con la risa sin fin, la ridiculización y el manoseo de los fetiches. La abyección se instala y con ello vacila todo el campo de significaciones emanado desde los famosos patterns impuestos por nuestro espectáculo massmediático. Loco afán, La esquina es mi corazón y el recientemente aparecido De perlas y cicatrices han sido subtitulados "cronicas". Textos que se ubican dentro de la intencionalidad manifiesta de redimensionar el tiempo desde la perspectiva de un narrador en primera persona que intenta recrear la escena de lo real-original-verdadero. La crónica resulta de tal modo una escritura en la cual ocupan un sitio privilegiado tanto la memoria como la verdad. Pero Lemebel pareciera repulsar de la grandilocuencia de la memoria y la verdad, para convertirlas en recuerdos particulares y en verdades oblicuas, haciendo emerger con ello lo infinito de lo intrahistórico.  
  Patricia Espinoza, "Un mapa de la denuncia"