|

|
SEMANA DE AUTOR
"Qué opio esperar. Con el pie izquierdo se rascó
la pierna derecha en un gesto que quería decir resignación.
Se llamaba Clara y ya estaba harta". La otra, la autora,
se llamaba Luisa Valenzuela, tenía veintitantos años,
y ese fue el modo en que eligió entrar a la literatura.
Su novela, Hay que sonreír, apareció en
1966, año de gracia de la literatura que sólo
en Cuba dio a la luz títulos como Paradiso
y el Cimarrón, y
|
|
fenómenos como la narrativa de la violencia y El Caimán
Barbudo. Después vino un volumen de cuentos, Los
heréticos, y más tarde una segunda novela:
El gato eficaz. Desde entonces, Luisa Valenzuela ha publicado
una docena de títulos que los traductores se han apresurado
en trasladar al inglés, alemán, francés,
portugués, holandés, japonés y croata.
Periodista
y viajera que se sumerge con igual vocación en la política
y el erotismo, Valenzuela ha debido soportar el acoso de condecoraciones
y títulos académicos, libros, revistas y simposios
dedicados a su obra. Centenares de artículos y reseñas
se han escrito, empeñados en demostrarnos lo que han
repetido a viva voz estudiosos y críticos de su obra:
que Luisa Valenzuela es una de las más sobresalientes
escritoras latinoamericanas de hoy. Esta semana es -en ese sentido-
redundante, otra forma de acoso que, sin embargo, suponemos
agregará algo a sus estudiosos y, sobre todo, a los lectores
que somos.
En
la fotografía más conocida de Luisa Valenzuela
-cuya reproducción fue, desde el principio, una tentación
que no pudimos eludir- se le ve sosteniendo la silueta de la
cabeza de un gato que le cubre parcialmente el rostro. Ambos,
el gato y ella, nos miran. Resulta inquietante darnos cuenta
de que sólo hay tres ojos, porque uno de los de ella
mira a través del ojo derecho del felino. Esa mirada
ambigua y compartida parece sintetizar el mundo de Luisa Valenzuela.
Descubrir a la escritora oculta en esa extraña esfinge
de rostro gatuno, es el propósito mayor de estas páginas
y de estas jornadas.
|